Se nos murió don Leandro de Borbón

Sí, se nos murió todos un poco, porque siempre que le llamábamos a su teléfono, estaba y respondía a nuestra llamada. Tenía una voz grave, marca de la casa, y una barba de constructor de barcos en botella. Se parecía mucho a su padre, el que fue rey de España Alfonso XII, abuelo de nuestro rey emérito Juan Carlos; bisabuelo, por lo tanto, de Felipe VI, nuestro rey de España, coronado hace ahora estos días dos años, que por cierto, todo hay que decirlo (aunque se sabe), lo esta haciendo muy bien.

Don Leandro, hijo no matrimonial de Alfonso XII, -según titula el diario ABC, que de estas cosas sabe; yo he sido muchos años jefe de reporteros allí- ha muerto a los 87 años en una residencia asilo de Madrid donde vivía los últimos años de una vida entre la tristeza y eso que llaman, por ejemplo en Juego de tronos, “la fuerza de la sangre”. Porque la suya era sangre de reyes, y además no tenía que demostrarlo ya. La propia Casa Real lo había reconocido años atrás en un comunicado digamos que oficial y definitivo.

Su madre fue una actriz de teatro muy buena de finales del siglo antepasado y principios del que se ha ido. Se llamaba Carmen Ruiz Moragas y era bella, muy  guapa, inteligente. De ella hay una numerosa colección fotográfica en álbumes y libros, y el rey Alfonso XII, no solo la amó, sino que de su amor compartido tuvo dos hijos con ella, don Leandro (porque el don no se lo quita nadie y menos yo que tenía por él una gran admiración y respeto) y una niña.

leandro

Nació este hombre, ya legendario, en el 29, y ya está en la tierra madrileña del cementerio de la Almudena, de donde una vez me dijo, triste, resignado, pero dignísimo:

-Siempre soñé con que el día que me fuera del mundo sería enterrado en el Panteón de Infantes de los hijos de Rey, aunque no hayan sido reconocidos por la Casa. Esta claro que iré, al final, a la fosa que me espera desde hace tiempo en el cementerio madrileño de la Almudena. Al fin y al cabo reposaré en tierra de España, mi tierra, la de mi  madre y la de mi padre, el Rey.

 Y así ha sido, una neumonía insistente se ha llevado a este personaje histórico, que al final vivía de una pensión de quinientos euros y con él su esposa.

Yo he tenido la suerte de hablar más de una vez con él, había leído los tres libros por él escritos, siempre, en todos, reclamando sobre todo, más que un sueldo, un sitio en el árbol azul de los Borbón. En el tiempo en que vivía su madre fue llamada incluso “La Borbona”. El padre de la actriz que llegó a interpretar en el teatro La malquerida, fue gobernador civil de Granada y su madre era una manchega de la sierra mineral del corazón de España. Tuvo doña Rosario Moragas una muy interesante vida intelectual. Estuvo además casada con el torero mexicano Rodolfo Gaona, que dice la historia de la época que la trató muy mal. Por lo visto el diestro fiel al romance trágico, bebía en demasía y cuando regresaba a casa al amanecer, despreciaba de “palabra y obra a su esposa”. Se escribió mucho de ella en su tiempo. Sufrió mucho, y en cuanto le fue posible apartó de su vida, incluso, el recuerdo del  toreo azteca. Don Leandro, lo contó más de una vez en sus libros y fuera de sus libros, hasta que la televisión descubrió su historia, y la enorme fuerza de su rostro, de parecido indiscutible con los Borbón, sin género de dudas.

No había más que verlo, alto, fuerte, con un punto de elegancia desfasada, pero que le iba muy bien. De todas formas, acepto ser lo que dice mi biografía y mi propia historia personal. Soy un bastardo, pero un bastardo, es en la vida y en le ley, el hijo, no reconocido, en matrimonio, por un  rey de España. Que sepamos, ni en su libro ni en su vivir, reivindicaba dinero, oro no, sí reconocimiento:

– Y lo que haya si es que hay aquello que me corresponda, no a mí, sino a los míos que vienen detrás.

Yo le saludaba siempre, y lo reconozco hoy, bajando levemente la cabeza. Era muy alto, apoyado siempre en un bastón. Corbata, traje de buen sastre, aquella barba, el ancho bigote, la barba derramada bajo la barbilla desnuda. Importante.

La actriz, que fue además, después de la muerte de su marido el torero, muy feminista antes que muchas otras, y contertulia, en el Lardy generalmente, donde se hacía y se hace, según los sabios del paladar “el mejor cocido madrileño” del mundo, con otro periodistas, y escritores contrarios a la corona de pensamiento. Por eso incluso a Carmen la llamaban “la republicana” y ella misma se sentía orgullosa del calificativo. Su amor con el Rey, un secreto a voces,  y lo conocía todo el mundo, por que don Alfonso tenía varias damas al mismo tiempo muy cerca de su alcoba. Siempre fuera de palacio, incluso se conoció en su día la puerta secreta por que la que siempre con la discreta compañía de alguno de sus buenos amigos escapaba en la noche de Madrid.

Lo cierto es que don Leandro creció, sin embargo, protegido por su padre en la distancia inmediata. Incluso con su madre vivió mucho tiempo en una elegante casa de campo cerca de la capital, donde se dice que a veces la Reina madre se acercaba a verlo jugar tras un velo que impedía ver sus lagrimas. Como un romance de amor, ciertamente. Doña Carmen murió de un cáncer de útero en Madrid cuando su hijo tenia siete años. Su tutor fue durante mucho tiempo el conde de los Andes.

Más o menos en silencio toda su vida, hasta que una hija de don Leandro apareció en las tardes de televisión. Por lo que se sabe, el no quería, pero aceptó que su hija no solo encontrara una manera de vivir, cobrando por su trabajo mediático, sino por que además reclamara para su padre el sitio que le correspondía en el árbol frondoso de los Borbones. Siempre fue llamado el Borbón, incluso cuando se hizo alférez de la milicia universitaria y hasta piloto de la guerra.

Y hasta hoy, por no hacer muy larga la historia ampliamente multiplicada en todos los medios estos días. Sus libros, sus leales, sus hijos y algunos muy cercanos que yo conozco, le trataron como alteza real. Su hermano de sangre, don Juan, conde de Barcelona, le tuvo cerca en mas de una ocasión. Yo le vi el día que el rey don Juan Carlos lloró en los funerales de su padre. Algún tiempo después, don Juan Carlos me abrazó en el curso de una ceremonia oficial y me dijo:

– Gracias por lo que has escrito sobre mi padre.

 Ahí sí que di el taconazo habitual en mí. Yo quería mucho, muchísimo, a don Juan, y se lo demostré muchas veces escribiéndolo. Sintiéndolo.

Como hoy recuerdo a este hombre con la historia en contra, que de alguna manera vuelvo a contar. Mi pésame a los suyos, su hija, valiente siempre en lo que a su padre se refería, que estos días estoy seguro de que volverá a  romper su silencio. A veces está por ahí la foto del saludo en un rastrillo de Madrid, al que siempre acude para ayudar con doña Pilar, que la recibe con familiaridad y respeto. Pero ella sola. Nunca, que sepamos, ha visitado a los Reyes, ni los que se fueron ni los que están. Sin embargo siempre, siempre, cuando de ellos comentaba es positivo, con un punto de amargura.

No pudo conseguir ser reconocido como Infante de España, que era su único deseo en el mundo y que, según el, “le correspondía”. Sí, el ostentar los apellidos de su padre y de su madre. “Leandro  de Borbón y Ruiz”. Dignificó el calificativo de bastardo, que está en tantas páginas de la historia de España. Ha muerto, pobre, a los 87 años, digamos que con lo puesto. Eso sí, al final del trayecto de su vida consiguió una corona. Se la enviaron los jóvenes Reyes de España a su entierro. Pero era una corona de flores.

Descanse en paz don Leandro, que desgraciadamente durante un tiempo no va a poder descansar.

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