Sangre de mi sangre

Es el título creo que de una vieja copla. O tal vez de uno de aquellos romances de oído, de tradición oral, digo, que te llegaban en la escena diaria, vital, de la cotidianidad. Formaba parte también nuestro título de hoy, de algo fundamental, la herencia del pueblo mismo, recibida día a día, insisto, en la que las palabras, los dichos, forman parte de la propia levadura de tu pan de cada día.

Era también en mis tiempos de pueblo, porque insisto que soy eso que se llama “un campesino ilustrado” como he dicho el otro día a un compañero de La Vanguardia que me ha llamado para que les diga alguna cosa, dado que ya uno pertenece a eso que se llama “el Sunset Boulevard que en España se llamó aquella película de Gloria Swason, a la que entrevisté en su día, El crepúsculo de los dioses.

O sea que es posible, muy posible, que alguna vez algún día, ya en los años del pantalón bombacho, servidor, lo confieso, le haya dicho al oído o por escrito, aunque escrito siempre queda, dura más, en una declaración de amor o lo que fuera:

– Tu ya sabes, niña, que tu ya eres sangre de mi propia sangre.

Al añadir propia, se hacía más rotundo, más profundo, quizá, más cierto.

Bueno, pues sangre de mi sangre hoy en el titular de este blog, ya casi de verano porque de la sangre, la verdadera, la que por las nuestras venas corre, circula, a veces se atasca, fluye, por nuestras ya viejas venas. Menos mal que la suya, la de mi lector es más joven y buena que la mía, que ya ni siquiera la puedo dar porque incluso perjudicaría, es posible, al receptor, el pobre.

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Lo que les quiero decir, y ya vale por el prologo largo, es que se necesita sangre. Sangre humana, digo, sangre nuestra, escribo. Con mayúscula y con minúscula. Yo, tengo el carnet y creo que diploma incluso de donante de sangre, no solo por la que en su tiempo di, a veces en la mili aquella, que nos daban a cambio de si se nos podía sacar sangre, sangre generosa siempre, un bocadillo, un chusco, indiscutible con un par de sardinas en aceite dentro. Una delicia doble si tenías en cuenta que además de aquel bocado sabroso y necesario, estábamos en la flor de la vida haciendo el caqui, porque habíamos hecho una gran obra, solidaria, necesaria, a costa de nuestra propia sangre incluso.

Este viejo druida, lo que hacía era además de eso, decirlo, gritarlo, en los escasos medios en los que me movía, aunque era lo que teníamos, por ejemplo, siempre, siempre, en un programa que hacía en el Ángel de la sonrisa, en la Cadena Ser, con Boby Deglane, el más grande, constantemente una vez por semana, pedíamos sangre, porque sangre se necesita siempre, siempre fue necesario pedir, porque es más la sangre que se derrama que la que se consigue. Ahora, piden que se necesita que usted o el otro, o la señora de la esquina, que está en la clínica esperando operación y necesita sangre de su tipo, de su número, la necesita ya. Ahora mismo, mañana como mucho.

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Yo la llevaba impresa en aquella especie de chapa de lo que sea inoxidable con la que acudíamos a las guerras lejanas, a los conflictos, a los terremotos, allí donde se vertía sangre y había que reponerla rápido, eso sí, por orden, a veces ni eso, sangre como fuera y después a ver las consecuencias. Yo he visto sangre artificial, en Sudáfrica, en casi la guerra de los Boers, de lo viejo que soy, y ya servía para algo. Ahora se mejora cada día, hay muchas personas desconocidas en ello, de esas que merecen sin que lo pida nadie el premio Nobel, como poco, de la Paz.

Pues mis lectores, perdón, mis lectoras y lectores, todos. Miren si pueden hacerlo, que no damos tiempo a reponer. Yo recuerdo ahora mismo que había una virgen que se llamaba de la Sangre más o menos por la campiña olivarera del sur, y que incluso llegué a conocer a una señora que tenía ese nombre, y que se llamaba así, Sangre, que era un nombre en sí fuerte, de romance, escalofriante. Pero que existía, dirigía una venta del camino cerca ya de Córdoba, y en ella paraba con frecuencia, el torero legendario Manolete; porque vendían unos pastelillos especiales que llegaron a llamarse manoletes y que eran una delicia. Estaban cerca de un pueblo que se llamaba Guarromán, que aunque en principio y a bote pronto, tiene un nombre discutible, en árabe, la vieja lengua, quiere decir “rio de las rosas”, que es completamente distinto. Incluso se llegó a decir que en aquella venta del camino de nombre tan humano, tenía citas amorosas de vez en cuando a la vuelta de las plazas de toros el grande Manolete, entre dos luces siempre, para que no se le viera ni entrar ni salir de la cita. Y se lo digo a ustedes porque yo he escrito un libro que se llamó La noche que mataron a Manolete, editado por Almuzara, del que ya quedan escasos ejemplares y en las librerías de viejo, con lo cual no suena lo que digo a publicidad.

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Así que ya les cuento, les aviso, les ruego, se necesita sangre para dar vida, para curar, para hacer que seres humanos que no conocemos la necesitan, para seguir vivos, incluso para que respondamos de verdad al sentimiento de que somos, por lo menos, prójimos. O por si esa que hoy das, quién sabe si no te puede servir a ti mismo o a alguien de los tuyos que tenga la misma numeración y calidad.

La mía ni me acuerdo, pero estoy en las páginas de los donantes de sangre. Ahora ni me atrevo a mostrar mis viejas venas, hilos temblorosos de cuando cada día y a cada hora y de todas maneras y formas, entregaba todo, incluidos mis propios caminos de sangre, escribiendo, contando, por qué vertía mi sangre en lo que hacía para los demás, para servir de algo a los demás. Así que no es fácil saber dónde, cómo, cuándo y de qué manera. Ya es bien fácil. Ni el pinchazo de un alfiler y el agradecimiento de quien la va a recibir, aunque no pueda hacerlo personalmente, boca a boca. No hace falta, alguien anota estas entregas, una por una, en un cuaderno donde están los llamados renglones torcidos de Dios, como en el libro inolvidable de Torcuato Luca de Tena, enorme periodista que además, fue compañero mío como corresponsal de ABC en México hace ya algunos años.

Hágalo, por favor. Y sepa que primero es este cronista de ochenta y tantos años, que ni venas tiene siquiera, y además tan usadas, el que les da las gracias. Igual, quién sabe, me hace falta su sangre para mañana mismo. De todas maneras sepa orgullosamente, presuma de ello, que España es uno de los países del mundo que más órganos dona, incluida la sangre, universalmente. Algo más de lo que como españoles podemos presumir, que buena falta que nos hace.

  • Siempre convincente Tico.
    Tu escritura que siempre manifiesta lo que tu eres, como leer en un gran manto tejido de rica urdimbre con infinitas variantes de color y texturas que te hacen sonreir y gozar a través de tantas personalidades tan diferentes.
    Siempre brilla tu generosidad, y en este artículo de buena sangre, lo magnificas.
    Ya soy donante de órganos, ahora lo seré de buena sangre, espero, como la tuya.

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