Navegando el canal de Panamá

Porque no es atravesar, que es a lo ancho, sino que se debe decir navegar, ya que se trata de ir desde Panamá ciudad hasta Colón, al otro lado, pero a lo largo, que vamos a necesitar como poco diez horas de las de entonces para conocerlo del principio hasta el final, uniendo ni más ni menos que los dos océanos, el Atlántico y el Pacífico, por allí por donde más se estrecha la cintura de la gran América, la vena ancha, la aorta de las dos aguas hace que la navegación no se haga la más asfixiante, la más cara, la más difícil.

Debo decir, nada más empezar y antes de subir a bordo aquel día en la ciudad de Panamá, que ya en tiempos del emperador Carlos Quinto, se hicieron los primeros planos, leyendo los primeros mapas, que a la vuelta del descubrimiento, perdón, que lo debo escribir con mayúsculas, DESCUBRIMIENTO, traían desde tan lejos con algunas bagatelas algunas piezas de oro, que los nuestros primeros habían cambiado, dando a los nativos, con gran alegría por las dos partes, cristales de colores, flautas de lata, y sobre todo espejos para verse por primera vez el rostro aceitunado de los conquistados. Ya entonces el Emperador en Yuste entendió lo de “cómo hacer el milagro de unir las dos aguas”, quizá simplemente, tan solo, con abrir dos brechas en cada uno de los lados de aquel que era el sitio más corto, aquella Panamá por donde atravesaban las mulas cargadas de plata, que venían de Potosí, para pagar los cuantiosos gastos que originaban la guerras con Europa. Para mantener el imperio en pie y aguantando.

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Perdónenme ustedes por el prólogo con el que empiezo la crónica hoy -de enorme actualidad como habrán podido comprobar- sobre la nueva ampliación de esa vía de agua, que de nuevo hace posible en gran parte debido al riesgo económico y al trabajo de España en una de sus empresas, la Sacyr, que acaba de culminar lo pactado. Gracias a lo cual, los océanos acortan de nuevo las distancias.

La extraordinaria aventura empresarial de hoy ha sido comparada con las grandes obras, como por ejemplo, las pirámides de Egipto. La pueden encontrar en lo diario, en las noticias de la tele o de la radio, en los informes del internet de ahora mismo, y es por eso por lo que me he permitido recordar para ustedes el día que navegué el canal hace ya muchos años. Muchísimos. Si bien debo empezar con un recuerdo que ya he contado tantas veces, porque es única sin duda.

Estaba servidor de ustedes entrevistando en la ciudad de Panamá a nuestro ministro de Exteriores de entonces, Marcelino Oreja, que había llegado a Panamá acompañando al rey don Juan Carlos en su visita oficial- hay foto del caso-, cuando, con el viejo Canal a un lado, micrófono en mano, la cámara grabando para el programa Trescientos millones de entonces, en la mitad de la entrevista se escucha una voz del lado del Canal, cuando esperábamos a que un barco empezara a cruzarlo antes de las exclusas…

-¡Tico Medinaaaaaaaaaa!

No era posible. Aquello era muy fuerte. Que me llamaran por mi nombre y en ese sitio donde no debía nada a nadie, era de locos. Sin embargo pedí al cámara:

-Por favor, para un poco a ver qué pasa.

Pero el Ministro, inteligente, que hizo además una gran labor con España y para España, miró a un lado y vio cómo una persona agitaba los brazos como si fuera a ahogarse en aquel preciso momento, como si estuviera pidiendo auxilio…

-No, no, seguid grabando, esto no ocurre todos los días…

-¿Quééééé?- respondí ajustando las dos manos en la boca.

-¡Tico Medinaaaaa, soy de Lepe, y llevo navegando mucho tiempo! ¡Viva la Virgen de la Bellaaaaaaaaa!

Que era, que es, la patrona bellísima de la ciudad de Lepe, que aprovecho para decirles, por cierto, que de Lepe era don Rodrigo de Triana, según ha podido demostrar la historia, y que lo de Triana es porque allí vivió un tiempo, Rodrigo, el descubridor de América, el que dijo Tierra. Era lepero y por lo tanto, hay que decir que ese hombre histórico era Rodrigo de Lepe, aunque quiera tanto y admire más a Triana, donde tantos amigos tengo, barrio sevillano, al otro lado del río Guadalquivir. Es una de las grandes cosas que uno debe recordar y más a estas alturas de la vida en la que uno tiene ya “las últimas orejas puestas” como dice mi amigo, el gitano de Jerez de la Frontera.

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Vale. Bueno, pues aparte de que he hecho con este suceso, creo que dos veces, el pregón de la Virgen de la Bella en la ciudad de la fresa, -bella, bella, bella– y donde he tenido durante más de diez años una casa, llamada La Tortuga en la playa de la Antilla, donde hemos disfrutado tanto… ¡Ay la memoria!

Total, que hace ya muchos años navegué el canal de Panamá. Es curioso, es hermoso recordar que el barco, carguero con transistores chinos que buscaba otro océano, se llamaba Sofía, y además era griego de matrícula. Escribí entonces en la crónica de América recogida para ABC, y después en mi libro con el mismo nombre, que ya no está en las librerías, está fuera de catálogo, lo siento, que se trataba de una hermosa coincidencia. Doña Sofía era entonces, como ahora, reina de España, si bien no Emérita como es el caso, pero sigue siendo la Reina, y para mí tan bien como tantas veces confirmo.

El capitán, un hombre mayor de barba blanca, se llamaba Demetrius y fue para mí un buen anfitrión. Me saludó con la mano en la vieja gorra azul, que aún conservo porque aunque se la quise comprar, me la regaló gratamente. Está conmigo colgada en lo que yo llamo el árbol de los viajes, donde tantos cubrecabezas hay míos, incluido el gorro de piel de zorro rojo que compré en la Plaza Encendida de Moscú con los Samaranch un día de nieve bajo las cebollas de oro, inolvidable.

-Sepa usted, -en un inglés tan discutible como el mío- que son unas diez horas en pasar las esclusas, aparte de la esperan luego, ya en el agua, y sin más incidencias. Hablaremos, le invito a comer atún del océano, y además, una ensalada de berenjena.

-Muchas gracias, yo sé que le gusta mucho a doña Sofía, la Reina de España.

Sonrió travieso. Se parecía en algo a Douglas Fairbanks. Navegamos en silencio después de los protocolos. Las dos orillas del gran río se ven ambos lados. Las islas donde gritan los monos, y nos ven pasar los yacarés. El agua es oscura, densa. Miraflores. Tac, tac, tac… suena el carguero grande y querido ya para mí. A ver si encuentro las fotos.

-Si quiere, se puede echar en uno de los camerinos para visitantes que tenemos abajo, o en una hamaca, que las tenemos y muy buenas, aquí les llaman chinchorros y son muy ligeras y muy cómodas, merece la pena que las pruebe, ustedes los españoles duermen la siesta…

-Como los griegos, capitán Demetrius, como los griegos..

Se ríe a carcajadas.

-Lo mismo, pero distintos…

Total, que eché la siesta, poca, solo para la fotografía. A ver si un día las encuentro, como siempre digo.

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Miraflores, Gatún, antes Corte Gaillard, al que llaman de verdad Corte Culebra, pero mientras escribo el nombre busco madera que tocar, vamos hacia Colón, en el Atlántico, Balboa atrás, Pedro Miguel, el capitán que lleva el timón, para el retrato también, me descubre:

-Nadie puede decirme que estamos navegando, aunque no se nota, ese el gran secreto, ocho metros más altos que cuando empezamos…

-¿Van a ir al vudú esta noche?

-Claro. Si viene le invitamos para corresponder a su amabilidad patrón Demetrius…

-Ya saben que quieren hacer otro canal. Hay dinero de los chinos en Nicaragua, esta poco más allá, pero es posible, ya sabe cosas de la política… O se hace más ancho este canal porque se ha quedado pequeño, hoy los grandes barcos, sobre todo los petroleros, que vienen de oriente, necesitan más holgura para pasar al otro lado.

Lo hemos hecho los españoles, sí señor. Bajar por el Cabo de Hornos, es más largo, más caro, más peligroso, hay que ganar tiempo y el tiempo es oro en el tiempo que vivimos. ¿Qué habrá sido del viejo capitán? Tengo su gorra cerca, como estímulo para mi memoria. Charol sobre la frente, una vieja ancla, azul y dorada, en un escudo, macilento. ¡Cuántos recuerdos!

Escribía yo entonces, página 580 del libro gordo de la Crónica de América, que tiene en la portada al entonces joven reportero, con una guaca india entre las manos, mirando a cámara, que se podría hacer el nuevo canal, si se hace, el zapato se ha quedado pequeño, por el lago Granada de Nicaragua.

Son trescientas islas, puñados de tierra tan solo algunas, coronadas de cocoteros, por donde en poco tiempo se podría hacer el nuevo canal. Y terminaba, el caminante, perdón, en este caso el navegante:

-Pero eso es otra crónica, lectores, pertenece al libro de los sueños…

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