María Luisa Merlo, ¡arriba el telón!

La historia de hoy mismo, de las radios, de las televisiones, de los periódicos, avisan que María Luisa Merlo fue encontrada ayer en las escaleras de su casa, de madrugada, caída en el suelo, casi inconsciente, como si hubiera perdido su vitalidad habitual.

Parece ser que ha sido así, un vecino escuchó sobre las dos de la mañana, más o menos, un ruido no habitual. Abrió la puerta de su casa, bajo las escaleras y encontró a la actriz, tendida en el suelo, ligera de ropa- hacía mucho calor esa noche- y como sin conocimiento. La recogió, llamó a la policía que intentó reanimarla con un servicio médico de urgencia. Ella misma, en persona, dio las gracias, cerró la puerta de su piso y respondió a los teléfonos. La noticia había corrido por todos sitios como habitualmente se dice “como un reguero de pólvora”.

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Hoy, sonriente -tengo su teléfono en una agenda antigua que no hay nada que envejezca más rápido que una agenda de teléfonos- , debo llamarla inmediatamente. Tengo esa obligación, es una lectora mía desde hace mucho tiempo, prácticamente, quizá antes, de su boda con Carlos Larrañaga, aquel ser entrañable, que es un adjetivo que uso poco, muy poco, al que conocí y mucho. Es más, estuve con él en una de sus múltiples bodas en una casa de campo cerca de Madrid. Recuerdo que aquel día, con ¡HOLA! cerca, estaba con Carlos el duque de Lugo, entonces esposo de la infanta Elena, hace ya muchos años.

Pero antes hice unas breves, pero bravas, memorias, para nuestra revista en la que María Luisa era la protagonista, recuerdo, aquellos días ya separada de Carlos en los que hablábamos en el comedor de su casa cerca del Retiro de Madrid, alrededor de una mesa de camilla llena de recortes de periódico y fotografías.

Por que tenía, y tiene, una vida extraordinaria que contar. Incluso se llegó a publicar una biografía de Villoría, titulada María Luisa Merlo, más allá del teatro. Y es que la Merlo, como se le decía y se le dice habitualmente, es  una  mujer excepcional. En todo, en tanto. Una frase suya siempre era, es, un titular. A ver que nos dice de su última caída. Y no será, igual lo es, a los setenta años cumplidos, en Valencia -es muy mediterránea- porque huya de la soledad. No es así, sus recuerdos, en el teatro sobre todo, con ricos, mágicos, maravillosos, por mucha tristeza que hierva dentro de esa olla ardiente de la memoria. María Luisa Merlo ha dicho hace muy poco tiempo:

– No, la soledad no es ni mi amiga ni mi enemiga. Ni mucho menos. Tengo a mano mi teléfono y los números de mis hijos, de mis nietos…

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He leído en algún sitio que ya tiene biznietos, y es natural porque la hija de Ismael Merlo se casó muy joven, siendo una muchachita, como quien dice. Y luego enseguida, el teatro, que es su vida, su fecunda vida teatral.  Tiene por ejemplo, por no dar la alista larga de los éxitos, el premio Ercilla de teatro, especie de Oscar de la escena en España. En cualquier caso, lo que sí es cierto, porque bien que recuerdo lo que me dijo entonces,  María Luisa ha hecho teatro, siempre, muchas películas, series de televisión. Era bonita, y sobre todo, inteligente, rápida. En la tele, siempre o casi siempre tiene un papel, antes de hija, luego de madre y ahora de abuela, porque es en escena la abuela, o la bisa, más linda del mundo.

Es una alegría pasear con ella por el bulevar o frente a la mar valenciana, cada día más cerca. Conoce por lo tanto el secreto del arroz, el garbo de la paella, y dice conocer muy bien a los hombres, aunque habría que discutirlo, porque se enamora con facilidad y además “siempre tiene abierto su corazón para el que venga”.  Me afirmó que no le gustaba nada la casa, y que prefería el pasear, el viajar por el mundo, siempre con billete de ida tan solo, que no sé si seguirá pensando lo mismo.

Siempre se cuidó, si bien no en demasía, y el espejo era su compañero, sobre todo en el camerino que le gustaba más que su propio hogar. Ya tiene hijos actores y aún llora en silencio por aquel amor impar de Carlos Larrañaga, al que servidor habrá entrevistado por lo menos cien veces. Siempre de galán, desde que, como ya les conté, aquel día que se enamoró de él, el superactor Cary Grant cuando vino a Madrid para hacer Orgullo y Pasión, y almorzamos juntos un cocido madrileño frente al Retiro, en aquel mediodía que ya habré contado por lo menos, como poco, cien veces.

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Ha recorrido España entera, casi pueblo a pueblo, como cómica, con acento en la “o”, esto es como actriz, por teatros, cines, plazas rurales, donde hubiera que actuar. Llora, o lloraba, con una cierta asiduidad, aunque es suyo el titular que ha gritado alguna que otra vez: “¡ADIOS A LAS LÁGRIMAS! VUELVO A EMPEZAR OTRA VEZ, ¡CON MÁS FUERZA QUE NUNCA¡”

Espero con verdadera ansiedad que vuelva a decir lo mismo, quizá esta misma tarde en la tele, quién sabe, después de ese tropezón en la madrugada. Es buena lectora, amable, generosa, farandulera, de las buenas, que además incluso como empresaria, de sus propias compañías por el mundo, a veces le ha tocado perder. Pero se sobrevive a sí misma.  “Siempre están abiertas las puertas de mis sentimientos, aunque sé que es casi imposible vivir conmigo, convivir quiero decir”. Pero ella además sabe como nadie, empezó siendo una niña con frase, que no hay mayor teatro en el mundo, que la vida misma. Por eso desde aquí le digo eso que ella, ha escuchado tantas veces entre bambalinas. Niña, María Luisa Merlo, ¡arriba el telón! Te quedan aun dos largos actos, como poco,  y cuenta con mi aplauso, aunque vaya tan poco al teatro, que bien que recuerdo lo que tu cuñada, aquella mujer tan bella, que era Amparo Rivelles me dijo poniéndome su mano ensortijada, sobre el hombro.

– ¡Hay que ir más al teatro, Tico, porque es la escuela de la vida! ¡Siempre haciendo  un papel, que a veces no tiene nada que ver contigo! Fingir, en el verbo del ser humano, no lo olvides.

Dicho queda.

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