Le llamaban Bud Spencer

Cuando un amigo se va

deja un espacio vacío

que no lo puede llenar

la llegada de otro amigo.

Vieja canción de Alberto Cortés, del que no sé hace mucho tiempo. Cuentan, sobre todo las leyendas vaticanas, que a Papa polaco le gustaba que le cantaran esa canción de cuando estuvo en El Rocío, en el sur de España.

Pues eso me pasa a mí hoy, que no sé por qué se me mueve dentro la canción del adiós, pero en este caso de alguien que sin ser amigo, lo consideraba como amigo.

De hecho, el buenazo de Bud, uno noventa y dos de estatura, italiano de Santa Cecilia de Nápoles, que marca mucho, y sobre todo, actor sin Oscar aunque lo mereciera desde el primer día que se puso frente a una cámara de hacer cine.

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Le conocí, primero en Almería, hace no sé cuánto tiempo, cuando Almería era Hollywood, que lo fue durante mucho tiempo. Hacía un papel de gordo en una de aquellas películas que se dieron en llamar spaguetti – western, y que se rodaban casi siempre en aquel desolado pueblo de madera azotado por el viento en la geografía de Tabernas, uno de los pueblos más personales que uno ha conocido en su puñetera vida.

Nos dimos unas manos, el vestido como para matar o ser matado, en aquella taberna polvorienta que debía formar parte de la historia del cine, donde había un letrero bajo la horca con una foto de nuestro protagonista que decía: “WANTED. MIL DOLARES POR SU CABEZA”.

Era un forajido, lo que pasa es que era un forajido bueno, un pedazo de pan de Alfacar, como se dice habitualmente. Un cacho de diamante en bruto. Ya estaba a su lado, o al revés, aquel llamado Terence, guapito de cara, el rubio del dúo inolvidable. El muchacho bello de los ojos claros, que enamoró a más de una gran estrella del séptimo arte. El que siempre besaba en la boca a la rubia protagonista.

Sin embargo, el que atraía más era el gordo, la nueva versión del gordo y el flaco de nuestros ya, ay, suspiros, viejos tiempos de aquellos cines, como acabo de leer ahora mismo, “que olían a pipas”. Cierto. Nostalgia de aquellos tiempos en los que aun había cines de verano, que ya se han  convertidos como mucho en aparcamientos, sin cine y sin techo.

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Después de aquella película del oeste, un amigo argentino me llevo en Miami a la playa soberbia de Rimini, donde se rodaba otra película de bajo coste y mucha acción. Volví a darle la mano a Spencer, ahora de policía americano.

– Haces otro papel, pero no te falta el revolver… aquí tampoco.

– Aquí es legal. Nos vemos y nos tomamos unas cervezas en el embarcadero.

Le he hecho por lo tanto dos entrevistas, una escapando de la justicia y otra repartiéndola. Buena gente este atleta que además de gordo -estaba a lo ancho- ahora sabía que la panza le daba su dinero, era olímpico y por tres veces de natación. En fin, que se nos ha ido, a los ochenta y seis años, en un hospital de Roma y que cuentan sus hijos que estaban a pie de cama, que ya en su última frase dijo sonriente.

– Adiós y gracias.

Hermoso personaje este que se nos ha ido, a todos, por lo menos a mí, que me hacia reír, aplaudir, en el tiempo de mucho llorar. Me gustaba porque siempre al final se iba de espaldas, colosal, con su estatura inmensa de gladiador en Quo Vadis. Hizo de todo en su vida, generosa, ha tenido tres hijos, de policía, de bombero, de justiciero, de bandido, de cura en las misiones lejanas, de astronauta, en fin, de todo en este mundo, de gánster y del FBI, de rico, de pobre, de aventurero buscando las minas del rey Salómon, de pirata , de santo, de todo lo que podía hacer, y en todo al final era el bueno de la película.

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Ha hecho, dicen que cien, y está en muchos de los carteles de cine que llevan en los últimos grandes camiones que aún permanecen en las carreteras de medio mundo. Ha construido más que ha destruido, y mira que arrasó con todo, aguantó huracanes, sobrevivió a las catástrofes y fue el ángel bueno de casi todas sus películas. Era, además, que muy pocos lo saben, albañil, y sobre todo escritor, poeta escondido en las letras de algunas canciones de grandes intérpretes.

Escribo esta como necrológica, que más viene a ser uno de aquellos recordatorios de nuestra niñez, justo cuando ayer mismo Italia nos ha roto uno de los sueños intentados, que buena falta que nos hacía lo de la Eurocopa. Y sin embargo, escribo estas líneas con amor, como quien recuerda a un viejo amigo que ya no tenemos entre nosotros. Aunque hay mogollón de sus películas, más de quince, creo, de los años inmediatos, junto a Terenci, el que siempre, repito, al final se llevaba a la chica protagonista.

Descanse en la paz de los vídeos, de las cinetecas, este ángel gordo, grande, que nos redimió de la pena, tantas veces. El hombre que daba con dos manos las grandes bofetadas al mismo tiempo, pero que sin embargo nos llenaba de paz el espíritu. Adiós, Bud, viejo amigo, te vamos a echar mucho de menos.

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