Lágrimas de acero: en memoria del joven campeón Luis Salom

Salom en hebreo quiere decir hola. Sin embargo, este blog de hoy solo desea decir adiós. Adiós, sí, pero también bienvenido al sitio de los Dioses, aunque para ello, muchacho, haya sido necesario dar tu joven vida.

Para mí no hay otro héroe hoy que tú. Incluso cuando ayer mereciera la primera página, y no solo de los deportivos, el inmenso Muhammad Ali, también llamado de nacimiento Cassius Clay, el gran boxeador. Le conocí, sí, le di la mano, perdón, el puño -era lo que ofrecía siempre-, en Nueva York, aquel día en que acudí con Anthony Quinn cuando estaba escribiendo sus memorias para ¡HOLA!, claro, hace muchos años.

Invitaron al popularísimo actor, y él me llevo a mí de asistencias. Nos dieron una buena silla, aunque no se trataba de un combate, ya que el “Grande” ya estaba retirado, incluso le había acudido el parkinson, tantos años antes. A Quinn le dio primero los dos puños, el actor, los suyos, que también había sido boxeador en sus comienzos de Chihuahua, y yo, lo que me dejaron. Un suave tacto de la mano cerrada. Yo lo que había hecho es el saludo de rigor con aquellos de mi tiempo: Galiana, Suárez, Pedro Carrasco, por no hacer la lista interminable. Por eso lo sabía. Conoció el “buenas noches” habitual de los elegidos, los ídolos de las doce cuerdas, los inmensos de las cuatro esquinas del ring. Anteayer se fue, viejo, cansado, casi automático. Tampoco puedo decir más de él que no hayan dicho los medios, que ha llegado a merecer muchas primeras páginas.

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El mío es un joven español, mallorquín, que se nos ha ido con veinticuatro años. Se llama, sí, se llama y no se llamaba, porque está en la galería de los mejores, Luis Salom. Ha muerto no en la trece, sino en la maldita curva número doce de Montmeló, con acento en la o, en su segundo entrenamiento antes de la competición por el campeonato de España al que aspiraba.

Le llamaban el mexicano entre los suyos. Llevaba catorce tatuajes en su cuerpo y uno, el de su brazo derecho, está en su propia página web, mandando incluso ya esta mañana cuando le busco, sonriente, ojos muy negros, valiente hasta en la foto, “a por todas, siempre”.

Luis era un buen hijo, y su abuelo le puso en la sangre desde niño esa gota de keroseno que siempre digo que han de llevar en su sangre los campeones del caballo de hierro. Por eso el titular, esta larga lágrima de acero que le dedico. Mucho que cantar ya, buscando sitio en las vitrinas de su casa mallorquina para los trofeos, ganados a pulso, con todo el valor, que es una forma de amor del mundo.

Yo diría, haciendo un poquito de metáfora, que era un rey de ese “juego de truenos” que es la competición de los valientes, más que ningún otro, al aire libre, tomando las curvas como si pertenecieran al propio asfalto. Ese camino negro que arde y brilla para los jinetes de la gran cabalgada de lo imposible. Ya ganó incluso en Indianápolis con los mejores de su tiempo. Estaba ahí desde muy niño jugándose como poco las piernas, echándole corazón a las frenadas, que no debe haber nunca.

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Era un muchacho cordial, directo, que deseaba llegar a lo más alto. Cuando yo escribía aquel guion de cine para el viejo campeón de toda la vida -hoy con el pelo blanco, pero leyenda viva todavía como comentarista-, aprendí mucho de aquello de ser el más rápido en la carrera de los más veloces.

Hablo de Nieto, mi todavía, espero, viejo amigo. Le escribía yo una historia que luego no se hizo. Una pena, porque la merecía. Nieto fue trece veces, creo, campeón del mundo en su categoría. Hoy tiene casi nietos, que ya corren en pequeñas máquinas en el jardín de su casa entre celindos.

Pero hay algo que fulgura sobre todo en la vida de este Luis Salom, no sorprendente, pero sí distinto. Antes de subir al corcel rugiente, que es como un caballo con el corazón de un tigre, Luis rezaba de rodillas un Padre Nuestro.

-¿Y?

– No lo hago solo por mí, o mejor dicho, solo por los demás, que corren conmigo. Yo llevo ya mi fe dentro con mi uniforme de trabajo, y nunca pido para mi suerte, sino no tener mala suerte, que no es lo mismo.

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Se nos fue en la curva doce. No se pudo hacer nada por él el sábado maldito. Pero el mejor homenaje que se le hizo fue al día siguiente, seguir corriendo. El era un fugitivo de la realidad, pero sabía lo que hacía. Era un niño grande que jugaba a la muerte, sí, a la muerte, sonriendo. Soñando. Por eso hoy este Padre Nuestro de papel mío, nuestro, en su recuerdo y homenaje. “Luis Salom, que estas en los cielos…”

Y mientras lo rezo, llanto por un campeón. Pero saben distinto, tienen el sabor del acero de su caballo y de su corazón al mismo tiempo.

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