Jesús Quintero ‘baja’ de su colina

Sin dejar de ser El Loco, de estar loco a su manera y modo, que ya quisiera yo estar loco como él. Porque la verdad es que esta criatura pertenece al difícil mundo de los genios y siempre hace falta uno como él, sobre todo en este oficio nuestro que es de los contadores de historias. Porque Jesús Quintero, que él mismo se buscó hace muchos años, en el mundo de la radio cuando empezaba, que yo estaba allí, porque soy algo más joven que él, porque además oculta su edad, que igual puede tener cien años como el sabio druida o  cinco porque pregunta con sonrisa de niño, pero con una daga yemení entre los dientes.

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 El Loco de la colina, o Jesús Quintero -que es su nombre verdadero aunque no sé cuál de los dos prefiere-, ahí va por la calle ancha de la polémica, siempre con sus enormes gafas oscuras de gran  vedette, su pañuelo de seda al cuello, aunque un calor de llano amarillo, ahí va con sus pantalones especiales, su chaleco, al que sólo le faltan las condecoraciones recibidas a lo largo de tantos años de combate, y los que le quedan, aparte de sus medallas devotas que son muchas y demostradas, ahí va, ya le digo, no sé cómo, calzado hoy, pero bien calzado, el pelo revuelto como el de Julio César que acaba de levantarse de la siesta, que igual puede venir del Rocío, que de la cuna del amor del Taj Majal. Es grande este valeroso caballero andante que de pronto desaparece como se compra un teatro en el corazón de la Sevilla de toda la vida, donde por cierto servidor ha toreado con él muchas veces. Y las que me llame, si quiere.

Nació Jesús Quintero en un pueblo cerca de Huelva, casi junto a la mar, y por eso yo, que escribo siempre de él donde puedo y como puedo, porque me dicen que lo han visto pasar y su paso siempre deja huella, ya sea por la Judería de Córdoba o por el viejo barrio sevillano, o quién sabe si meditando en la India del  pensamiento… Este profesional de la prensa, de verse, de oírse, de tenerse en cuenta que entrevista a su manera como nadie lo hace y que ha causado sensación, por ejemplo, con sus programas únicos -aquel perro verde inolvidable para la antología periodística- en México, donde ya de por sí se hace la mejor televisión del nuevo continente, que él ha vuelto a descubrir con su manera de preguntar en ese cuerpo a cuerpo formidable, bien hecho, en el que sus personajes son como son pero a través de sus ojos de inquisidor y de comadrona al mismo tiempo.

Yo, que he estado a punto de hacer algo, siempre con él, le tengo ley porque aprendo más que enseño a su lado. Su propia vida es un misterio, porque siempre está en lo alto de esa cucaña en la que al fondo siempre hay un jamón serrano.

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Yo le he llamado alguna vez, jugando a las palabras, “el choco de la coquina” que es una manera de decir, de donde viene, de la mar salada, la del descubrimiento. En la radio con su carro de sonido, por toda España fue un iniciador, un profeta y yo aprendí mucho de él. Se ríe como un  niño, tiene los ojos del detector de metales, a simple vista, y nunca se sabe de dónde viene, a dónde va y cuando, después del largo insomnio de los osos polares, vuelve a resucitar.

Ahora, últimamente se dice que está arruinado, cosa que puede ser cierta dado el que siempre arriesga mucho, y se lo dice quien es de por sí jugador de ruleta, no rusa, sino rosa, y conoce el percal. Está hecho de la materia de la sorpresa, sé que tiene una niña que es buena periodista y que arriesga todo a una carta. La de su intuición, y sobre todo, su pasión personal: el mundo de la comunicación. Ha sido rico y pobre al mismo tiempo, tiene todos los premios del mundo, y por ejemplo en la televisión, ha sido una luz cegadora por poco que haya sido su tiempo de duración.

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Le deseo lo mejor, y quiero que vuelva a estar entre nosotros. “El que con niños se acuesta, querido Jesús, meao aparece”, y te lo dice que siempre tiene que ponerse un Dodotis  para ir por este planeta del asombro que hemos elegido. Adelante, Jesús, y si es que me necesitas, -menos para lo económico, que sabes que lo nuestro es pasar de la riqueza a la indigencia- aquí me tienes, Quintero. Y si hay que llevarte a la celda un  pan con manteca colorá, con acento en la “a”, cuenta conmigo. Hemos vivido algunas cosas, más históricas que histéricas, mi querido Jesús Quintero, que no es hora de recordar, pero me atrevo a decir y las que nos quedan por vivir, por morir, que es lo nuestro. Ya sabes dónde me tienes, estés en la cumbre como en el fondo del barranco. Yo, siempre, siempre, aprendo de ti para saber lo que debo hacer o lo que no tengo que dejar de hacer. Sé que resucitarás después de tu último, perdón, penúltimo, calvario. Tú eres eterno, siempre te sobrevives, y si no, pues entre todos tenemos que intentarlo, porque nos has enseñado mucho. Y lo que te queda, maestro.

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