¡Eterno Xavier Cugat!

Acaba de publicarse un libro sobre el maestro Xavier Cugat, otro más, dado que no es el primero que se edita. El maestro catalán murió en el otoño del 1990. Y además, con noventa años de vida. Pero lo cierto es que vivió mucho, es verdad, pero durante toda su vida, toda su larga vida, no hizo otra cosa que alegrar la vida del respetable. Y a veces no tanto, porque vivió la hermosa noche de toda una época. Casi un siglo.

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Verán ustedes. Cuando yo llegué a Hollywood por vez primera, siempre para contarlo, don Xavier, que hay que escribir su nombre de pila con “x”, ya era una figura no solo en la llamada meca del cine, sino de todo el mundo de la música. Don José Iturbi, extraordinario pianista valenciano, me dio sus señas, vivía en Beverly Hills, no sé si ya en su mítico hotel -siempre le gustó residir así, atendido las veinticuatro horas del día, eso sí, en una buena suite– o si fue en aquellos estudios de cine, en aquellos grandes garajes convertidos en fábricas de sueños.

Pero el caso es que Iturbi, que tocó el piano para servidor y para la entonces revista Careta, que conservo, me abrió la puerta de aquel personaje que parecía salido del lápiz mágico de Walt Disney, pero que sin embargo, era de carne y hueso, de verdad, de verdad. Alguna vez, aquel personaje, casi siempre con una corbata de lazo y un fino bigotito de capitán de esgrima de la edad media en la línea de Douglas Fairkbans, que hasta cuando hablaba en inglés, lo hacía con acento catalán, había descubierto:

– Lo cierto es que nací en Gerona, frente a una tienda donde se hacían violines, que de haberlo hecho frente a un comercio de butifarra, me habría dedicado a ser un buen butifarrero.

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Pero simpático, abierto, genial, que todo hay que decirlo, el catalanísimo Cugat, desde aquella primera entrevista habría de encontrarse con este viejo contador de historias, muchas, muchísimas veces. Para cualquier medio y en cualquier geografía. Siempre dirigiendo su orquesta de brillante músico de la noche junto a su violín, capaz de encender cualquier tipo de música, desde la más clásica hasta aquella que mereció que se le otorgara el título de “rey del mambo”. Cierto, porque cuando su familia emigra a Cuba desde Cataluña, buscando el pan, Cugat, al que también los cercanos llamaban “Cugui”, su mundo fue la música en la que demostró ser, sino un Sarasate, el navarro universal, sí, uno de los grandes de aquel tiempo, hasta convertirse en una figura indispensable en las películas, en los clubs, donde él, con su brillante orquesta, alegraba las pajarillas del mundo entero.

Y siempre con él, junto a él, con su violín, aquel perro chihuahua que formó parte de su vida. Y eso sí, junto al músico, de frac o de bolerista, siempre, siempre, una dama espectacular. Servidor le entrevistó con Abbe Lane en España, su esposa, en la escena y en la vida íntima, espléndida criatura que era además de una mujer bellísima, una bailarina, acompañante del eterno violinista que engrandecía su espectáculo. Con ella hizo películas inolvidables, más que por su argumento, por su sonido, eso sí, siempre con la personalidad de un verdadero animador.

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Después de Abbe, apareció en su vida una murciana guapa llamada Charo Baeza, que acompañó al músico hasta el final. Con las dos le entrevisté, las dos, su chihuahua, casi un perro de bolsillo, y su violín, conversé con él, y en las dos demostró ser un catalanísimo español, que además en los ratos libres pintaba. Me regaló un autorretrato, especie de caricatura, que aún conservo, y que está además dedicado, le puso un marco y debe estar en alguna de las esquinas habitables de mi memoria. A ver si lo encuentro como siempre digo.

Y perdónenme ustedes si a veces me repito un poco, ¡tiene uno tantas vivencias…! Como me acaba de confesar una compañera de las que se encargan de poner en orden, con frecuencia, las líneas de mi bagaje.

Al final de su vida, aparcó su viejo Rolls, uno de los pocos que se movían entonces por España, en la puerta del hotel Ritz de Barcelona, que a mí me gustaba tanto visitar. Allí viví también otros momentos brillantes de mi vida profesional. Me gustaba mucho almorzar con “Cugui” en aquella tabernita deliciosa que se llamaba El canario de la garriga y que estaba frente por frente con bellos dibujos del pintor Casas y, sobre todo, aquella deliciosa butifarra a la catalana de la cocinera que llegó a tener sitio en la historia de la gastronomía mundial, y eso que aún no funcionaban las escuelas de los chef de nuestro tiempo en la televisión.

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Cugat tenía allí su suite hasta el día que murió. Le cuidaban como a uno de esos viejos hospedados de por vida que a veces hay en las novelas de Somerset Maugam, aquel escritor que antes de morir había escrito: “Siempre fui un eterno viajero, tanto es así, que cuando me vaya, hagan con mi piel una maleta para poder seguir viajando por el mundo”.

Se nos fue aquel Cugat que dejó sin duda un vacío imposible de llenar. Era único. Y además, un gran músico. Y un enorme español por allí por donde fuera. No sé qué habrá sido de Charo, aquella compañera torbellino que le acompañó al final de su vida. Francisco de Asís, Cugat, no desapareció. No. Está en la historia del cine, cuando Hollywood era Hollywood. Tanto es así, que puedo presumir de que me enseñó aquel barrio mágico de las colinas doradas de Los Ángeles desde su Rolls, nosotros dos detrás y delante su chofer de piel oscura, o sea negro, vestido de blanco de mariscal de campo de zarzuela. Donde este Cugat estará la alegría de vivir. A mí me dio además de su retrato, lo mejor, una entrevista siempre que quise, la prensa, la radio, la televisión, y además compartió conmigo alguna cita con aquel otro catalán universal que fue Salvador Dalí. Vivian cuando estaban en Barcelona en el mismo hotel, y a veces recuerdo que les veían desayunar juntos.

Pero esa es otra historia. Sé que pronto se la podré contar a ustedes. Yo también entrevisté al español mundial, genial también, que decía que se embadurnaba el bigote con miel mediterránea de abejas de cerca de su casa de Port Lligat, aquella casa con un huevo inmenso en la terraza para que las moscas mediterráneas se posaran en sus antenas para inyectarles su talento.

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