Enrique Ponce, la femoral bajo el smoking

O sea, que es un valiente pero de los de verdad, y sobre todo, atención, sin descomponerse, sin romperse, sin llenarse de sangre la “taleguilla”. Hace unos días, la prensa de todo el mundo publicó la foto, verdaderamente sorprendente, del torero Enrique Ponce vestido de smoking, elegantísimo como siempre, pero toreando en una plaza francesa.

Fue noticia, claro que sí, acostumbrados como estamos a que Enrique Ponce, el fascinante torero valenciano, arte puro, quintaesencia del torero, a que aparezca en tantos lugares de la creme de la creme, como se viene a decir a veces en las crónicas de sociedad, fuera de lo que es habitual en su oficio, de torero.

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Yo, servidor, que soy compadre -ya se lo he dicho mil veces- y con esta mil uno, de dos toreros de la categoría de Curro Romero y Manuel Benítez ‘El Cordobés’ estoy cerca de este mundo, más diría yo, estoy dentro, tengo además mis querencias por estos protagonistas que generalmente, salvo muy contadas ocasiones, vienen del hambre de su niñez a la gloria de su  destino, si bien derramando su sangre, que todo hay que decirlo. Se juegan la vida, la suya, por una vida mejor.

Pero últimamente escribo poco, muy poco, de toros, si acaso de toreros. Por eso hoy, Enrique Ponce: el buenísimo torero de Chiva, de Valencia, que creció en el toro a la sombra de aquel viejo árbol que fue su abuelo Demetrio, que llegó a ser un sabio matador de toros de su tiempo.

Los exegetas de la fiesta han clamado al cielo, se han rasgado las vestiduras, al ver al torero mediterráneo vestido de smoking, impecable como siempre, vaya vestido como vaya vestido. Les diré que hace unos días al verlo atravesar el largo pasillo en el ave del sur, de calle, de tarde, no tuve más remedio que levantarme de mi asiento y darle un abrazo orgulloso.

– Maestro Ponce, más que el pasillo parecía que estaba usted haciendo la pasarela.

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Ponce es eso que se llama un torero de época. Porque un día, bien que lo recuerdo, el crítico de toros Vicente Zabala, de ABC, me confesaría antes de perder la vida en aquel viaje trágico de avión en el que se trasladaba a Colombia, como siempre, para hacer la crónica, siempre brillante y sabia, de los toros de invierno.

– Mira, Ponce es para el toreo como la Concha Piquer era para la copla. Los dos de la misma tierra con la misma luminosidad.

Impecable, implacable. Lo que pasa es que a veces este inmenso torero que es Ponce, es capaz de aparte de torear en el sitio más peligroso, casi mortal, puede darle a su tarea el fulgor del duende de Camarón de la Isla… de ahí su extraordinaria presencia en la plaza, en la calle, en su vida y en su obra. Hace poco se publicó el libro de su  vida Ponce, un torero de época, escrito por ni más ni menos que el maestro Amorós, crítico taurino de ABC y sabio en la materia de lo literario y lo periodístico. El libro llevaba un prólogo espléndido del premio Nobel Vargas Llosa, buen aficionado a la fiesta llamada “nacional”.

Ahí se contaba toda su vida, su filosofía taurina, su modo de estar y de ser, desde que siendo un niño empezó a sentir el brillo, a veces mortal, del toreo. Lleva ya en esto muchos años, porque empezó chiquillo y en más de una ocasión ha recibido el cuerno del toro en su propia carne. En una tarde aciaga, hace años, en la plaza de toros de Valencia, su sitio por excelencia, un toro estuvo a punto de partirle el corazón en dos mitades. Le entró el cuerno por la axila y le  rompió la clavícula como si fuera de seda.

Resucitó de aquella tarde, tiene no sé cuántas cicatrices formidables, y hace unos días lo acabamos de ver a hombros en Alicante, junto a José Tomás, el torero de Madrid, cubierto de sangre del toro, y Ponce impecable, casi sin despeinarse. Pero otra vez ejemplo de su genialidad. Es un verdadero artista. Y un auténtico gladiador. Sigue toreando, aunque no le haga ya falta. Le lleva su agenda el buen torero también y amigo mío, de toda la vida Victoriano Valencia, al que yo he visto torear con maestría. Esta también en la historia del toreo. Forma parte de la vida de Ponce, además, porque su hija, perdón, su bellísima hija, Paloma Cuevas, se casó con Ponce hace ya unos años.

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Pero en ella la belleza cordobesa es  verdadera, eterna. Y ahí sigue, guapa, monumental, llevando una vida ejemplar, en su casa, en la de Madrid, en la de Córdoba, en la finca la  “Cetrina” de Jaén, entre olivos, donde hacen además los Ponce un aceite excepcional que yo he probado y que aprovecho para pedirle al torero la botella que me prometió. Es para mi colección, porque yo solo tengo un olivo en mi jardincillo madrileño y las olivas escasas que da se las lleva el portero para el aliño.

Paloma, una de las mujeres más bellas de España, reconocido, es una criatura a la que yo aprecio y quiero mucho. A su marido también, hace poco en estas páginas del blog contaba aquel viaje que el torero y servidor hicieron juntos para acudir a una cita con el genial Botero, el de las mujeres gordas, en su estudio de París.

Enrique Ponce en sus dos noticias de ayer como quien dice, aparte de lo de torear de smoking sin romperse, se cuenta que dentro de poco estrenará su nueva casa de las afueras de Madrid, en la Finca de las afueras, el planetario de los grandes, pronto, donde tendrán la alegría de jugar con sus dos hijas, y quizá de publicar un disco en el que el torero canta boleros, rancheras, mejor que muchos de los que de ello viven.

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Lo hace y muy bien, y además, es académico de Córdoba, que yo también lo soy, y que tendrá que vestirse de frac, el día que tenga que presentarme en la academia, cosa que le voy a rogar por si tiene tiempo de hacerlo. Sería para mí un honor y un amor al mismo tiempo. Y de paso volvería a ver a esa niña, ya madre, que es su esposa Paloma. Sé que es mucho lo que pido, pero a lo mejor lo consigo, que el que la sigue, lo dice el refrán, la consigue. Además, son muy amigos de esta casa nuestra de ¡HOLA!, desde hace mucho, muchísimo tiempo.

Y además, es lo que yo digo. Una de las piezas del cuerpo humano de un torero es la femoral, esa vena de sangre por donde fluye la vida. Y de luces, o de Armani, siempre está en el mismo sitio. Y a la misma hora. Y el toro no sabe de uniformes. La ingle está en el mismo sitio vayas vestido de lo que vayas.

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