El bailaor Antonio, tan grande como Nuréyev, el genio de la danza española

Y además, mi amigo de toda la vida, que ahora se actualiza, por eso el recuerdo, cuando el Ballet Español le ha dedicado parte de su trabajo, en el tiempo que estamos y cuando hace ya veinte años que se nos murió este genio, mito, leyenda, sin duda alguna. Mi viejo amigo Antonio, bastaba decir su nombre de pila sin decir más, An-to-nio, para que todo el mundo supiera de quién se hablaba.

Antonio había nacido en Sevilla en el veintiuno. Desde que rompió a caminar, ya bailaba en un mantón de manila encima. El duende nació con él, y ya de chiquillo bailaba por las calles sevillanas, mientras un organillo sonaba a su vera. Ahí ya gano su primer dinero. “todos los días regresaba a su casa con el bolsillo lleno de monedas”. Era un grande desde tan pequeño. Bailaba de una manera distinta. Fue bailarín, de los mejores de su tiempo, como Nuréyev, y sé lo que me digo, la prueba es que siempre, siempre, aquel ruso único hablaba de Antonio de una manera distinta, admirándole y mucho.

1-gtres

Antonio pronto acudió a la academia del maestro Realito de Sevilla. Enrique “el cojo”, que fue además de maestro en Triana, profesor de baile de la Duquesa de Alba, me dijo un día apoyado en su bastón:

– El baile nació con él, era impar. Nadie llegó a bailar como él lo hacía.

Era guapo Antonio, agitanado, más bien de mediana estatura, tampoco tenía que ser más alto. Pronto se supo quién era aquel niño que formó parte de aquel equipo excepcional que se llamó Los chavalillos de España. Por el mundo entero sembraron “esa alegría de España”. Antonio, que enseguida fue pareja de aquella otra niña que con el bailaba donde se podía, Rosario, que también fue mi amiga de tantas veces como llamé a la puerta de su camerino. O en su casa donde viviera entonces.

Pero Antonio, aunque en los carteles se llamaran Rosario y Antonio, era el resplandor del aviso. Antonio, era, era… a ver si lo escribo de una vez, gloria bendita. Disciplinado pero al mismo tiempo rebelde, ya fuera bailarín o bailaor, que son dos cosas bien distintas, lo cierto es que lo hacía suyo.

2-cordon

Sudaba, bailaba, era un cisne y un cóndor al mismo tiempo. Cosa grande esta criatura que tantas veces me abrió las puertas de su casa. De la de Marbella, primera línea del mar, junto a la de la duquesa Cayetana con su colección de gallos preciosa, excepcional. De la de Madrid también, primero aquella de las afueras de Madrid, o de su estudio inmenso, un museo lleno de España, del sur, de su baile, de su arte, en aquella casona grande de cerca de la avenida de América, donde aquella noche viví con él el homenaje a los Duques de Windsor. Hay foto de los tres. La Duquesa, también, fea, o mejor dicho, no guapa que es distinto, pero elegante, mucha clase, mucha historia. La leyenda. Tuve que vestirme de smoking para vivir con ellos aquella noche inolvidable.

Estuve a punto, también, de escribir sus memorias. Murió soltero, solterón, en el noventa y seis, ayer, como quien dice. Sin embargo amó mucho, mucho, y fue amado y recordado. Tuvo una casa sobre el paisaje del sur, en Arcos, uno de los más bellos pueblos de España, una casa antigua de paredes anchas y puertas bellísimas. Yo tengo un clavo, ¿dónde estará, por cierto? de la puerta principal.

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Estuvo a punto de ir a la cárcel por que dijo algo que no debió decir en voz alta. Bailó para los mejores, primero con Rosario, después mucho después con María Rosa, que aun veo de cuando en cuando. Dicen que tuvo algún hijo con alguien, con una dama muy conocida y querida. Marisol, la niña genial, le quiso mucho, y además hizo hasta una película con él. Antonio tenía una sonrisa de niño de Écija y las vitrinas llenas de condecoraciones, y medallas. La leyenda cuenta que una noche después de bailar en un festival, Franco, Jefe del Estado, le dijo admirado cuando el bailaor fue a saludarle:

– Antonio… ¡parece usted de goma!

Libros, películas, Rusia se le entregó una medalla de oro. Y en Rusia saben de eso mucho, que yo he visto a la Paulowa, en Leningrado, descalzo porque tenía las botas llenas de nieve, y allí el reglamento manda no manchar las alfombras que en su día fueron de los zares imperiales.

Se nos fue Antonio, luego de mucho sufrir. Fue director del Ballet Nacional Español a la muerte de Gades. En cuya tumba de La Habana, creo, que ya se lo conté a ustedes, deje una flor fresca de los parques de Cuba. Esta a la vera del Ché Guevara como fue su deseo.

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Antonio Ruiz vuelve a ser actualidad, en la memoria y de la memoria, soy su cronista para ustedes. La nostalgia no es un horror, como alguien dijo en su día con cierta frivolidad. No es verdad. La nostalgia es un honor, y en cierto grado es también un amor. Fue un español irrepetible en un largo momento difícil para nuestra tierra. En su memoria, hoy, mientras le veo pasear por la playa de Marbella, descalzo y con los zapatos en la mano, remangado el pantalón.

Y a su lado, aquella mujer, también irrepetible, la falda coquetamente remangada, que se llamaba Cayetana, Grande de España. Dos irrepetibles sin duda, imposibles de clonar.

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