Ana Obregón posa en bañador, ahora sí que ha llegado el verano

Con todo el respeto que me merece esa criatura dorada, que es Ana Obregón, entre otras razones porque es mucho más lista, amén de bella,  de lo que pretende parecer, lo cierto es que el verano llega siempre, aparte de meteorológicamente en el almanaque todos los años en la misma fecha, pero de forma definitiva cuando Ana, nuestra sirena mediterránea, hace su posado en bañador, sea el que sea, bikini, trikini, o como este año, tipo, que no sabría yo definir del todo, de una sola pieza, si bien más cerca de Pamela Anderson, por la que no pasan los siglos.

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Lo cierto es que el verano ya está aquí, que no hay más que mirar el barómetro ese que hay en las piscinas españolas cuando llegan estos días. He contado más de una vez, porque forma parte de la herencia recibida, que mi madre decía que había varios veranos, abanico en mano, la persiana verde caída sobre las pilistras del balcón. Y por orden de capacidad de aguante.

A saber:

El calor

La calor

Los calores

Las calores.

El calorín con acento en la I.

Y las calorines.

Que es lo insoportable.

Bueno, pues quizá en la segunda página, cuando se puede entender así que llega la calor, Anita Obregón -y no le digo el diminutivo para ningunearla- emerge de las aguas, del silencio a veces obligado de la vida misma, y aparece radiante, sonriente, feliz, en su peso, flaca en lo justo, morena del sol y la sal de su isla que es Mallorca, donde tiene además una linda casa de la que disfruta, incluso en invierno, junto a la raya misma del agua, y se deja retratar por aquellos fotógrafos que informan de la variedad del momento estelar. O sea, los que son retratistas de estrellas que, a veces, como a ratos digo, hay más en el suelo que en el cielo.

Vale.

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Bueno, pues ya, hizo su aparición triunfal, perfecta, como todos los años por esta fecha, sin que se echen en cuenta, que nació… bueno, que tiene cincuenta y cinco años reconocidos, espléndidos que para sí quisieran las más rutilantes estrellas no digo yo de Hollywood, sino de los canales de las series de la televisión, que a veces si bien nos llegan fuera de tiempo, por lo menos nos indican que la gran feria de la fama continúa haciendo estragos.

Anita, tiene una amplia biografía en el cine, la televisión española, el espectáculo de la feria de las vanidades por lo general. Su historia asegura que nació en Madrid en el sesenta y cinco, ajusten cuentas, que se llama Ana Victoria García Obregon, y que es actriz, cantante, presentadora… si bien olvida algo muy importante, que es bióloga, y me dicen que merecidamente, cosa que ella, siempre que puede, cuenta. Pero sobre todo es inteligente, actual, culta de la gloria, y parece que la estoy viendo ahora mismo, cuando vivía cerca de Julio Iglesias -o Julio Iglesias cerca de ella- en la costa de California una vez que fui a visitar a nuestro croner. Habrán podido leer ustedes que con su nombre ha sido bautizado uno de los grandes aviones comerciales, dado el que nuestro Julio, siempre esta de ida y vuelta por esos cielos de la tierra, eso sí siempre a bordo de alguno de sus aviones, en los que lleva, o llevaba, siempre, una colección de libros de arte, y sobre todo una maleta tipo James Bond, de aluminio, con varias botellas de vino tinto de su hermosa bodega, que yo conozco y que ha llegado a tener más de doce mil piezas de lo mejor de lo mejor del zumo de uva del planeta en el que estamos.

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Lo que decía, Ana era entonces “aquella niña española” que fascinaba al personal. Hizo papeles de intrépida en series de acción como El equipo A, enamoró a muchos de los genios del cine de entonces -y no doy la lista para no hacer interminable el relato- y, sobre todo, y eso es lo más importante, pudo quedarse en Hollywood, de haberlo querido. Tenía todas las papeletas a su haber. Gustaba, enamoraba, sabía inglés muy bien, y tenía un cuerpo espectacular. Como el que tiene ahora, que se lo cuida con rigor y amor al mismo tiempo. No se tiene un cuerpo así con medio siglo vivido, trabajado, viajado por el mundo entero. Lo demás lo saben ustedes, forma parte de la cultura del espectáculo. Ana no ceja en su tarea y hasta la veo ahora mismo, cuando se nos casó con el Conde Lequio, del que tuvo un hijo, que ya asoma su personalidad por los escaparates de la actualidad. Ana, que aunque parezca afortunada en amores no lo ha sido, porque no creo equivocarme si les digo, que amó más de lo que fue amada, y a las pruebas de su propia vida me remito. De todas formas, debo decir, que no ha hecho el papel que a ella le hubiera gustado hacer en su vida. Sí, que hizo un papel en la película Bolero; con aquella criatura, amante de los caballos, que se llamó Bo Derek, la mujer diez, que si ella era diez, Anita era once. Si tengo que contarles, de paso, que el marido de Bo, aquel actor guapo, que se llamó John Corbett, vino a verme un día al viejo diario pueblo de la calle Narváez, dispuesto, como les cuento “a matarme”, porque yo había insultado, sin querer por mi parte, nada más lejos de mi habitual forma de ser como pueden ustedes comprobar cada día, a su bellísima  esposa. Y menos mal que un buen amigo mío, Tomás García de la Puerta, crítico de cine del diario de la tarde, ancho y grande como un armario, le hizo olvidar su cometido. Terminamos tomándonos unas gambas a la plancha con unas cervezas en la famosa casa Rafa, que aún continúa en Narváez, esquina a Ibiza, cerca del Retiro madrileño.

Total, nuestra Anita, aunque me gusta más llamarla, Ana Obregón, que ha vuelto a emerger del silencio, fascinante y sirenífera, palabra que me acabo de inventar con permiso de las dos academias a las que pertenezco, la de Granada y la de Córdoba. Y que siempre es una grata noticia, en este mundo de las oscuras noticias que nos rodean. Una historia habitual, refrescante, bella, que demuestra que este año se van a llevar los bañadores de un solo cuerpo. Cosa que les comunico, con urgencia por si aún mis queridas blogueras están a tiempo de conseguirlo. Y más dado el que vamos a vivir un verano de esos que se llaman inolvidables, que es más o menos lo que nos ocurre todos los años, lo que pasa es que  olvidamos fácilmente.

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