Alberto Vázquez Figueroa, el mejor de los suyos

De los novelistas de la aventura, sin género de dudas. Por muchos que sean- me gusta mucho encontrarme con él, esté donde esté, sea donde sea, aunque la respiración del peligro nos suene en el cogote. Acaba de escribir una nueva novela, como siempre con toda la realidad dentro. Se llama ‘La barbarie‘ y la ha editado, primorosamente como siempre, ediciones B, del grupo Zeta, “Una novela dolorosamente real sobre un mundo amenazado. Una aguda reflexión sobre la amenaza islamista y la crisis de los refugiados. Un llamamiento para frenar la barbarie”.

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Y es verdad, siempre lleva la razón este extraordinario periodista que es Alberto Vázquez Figueroa, con barba y sin barba, según, al que un día bien hermoso entrevisté en profundidad en su bellísima casa blanca de Lanzarote sobre la tierra negra de un viejo volcán abandonado junto a la raya del agua. Hermoso lugar de nombre el albatros, ese pájaro, esa ave única que es capaz de volar de continente a continente en tiempo de la gran emigración, sin tocar isla, de una sola vez. Y allí dentro, en aquel camarote de cristales, estaba nuestro Alberto hace algún tiempo, trabajando entre globos terráqueos y anteojos marinos, escribiendo, masticando aquella pipa de viejo lobo de mar de edad indefinida, porque en verdad es que es muy coqueto, tanto, que no pone los años, los suyos, ni falta que hace, en la fajilla de papel de la portada en la que por lo demás dice, que copio descaradamente:

“Nacido en Tenerife, pasa su infancia y adolescencia en África ya que su familia se exilia allí por motivos políticos. Empieza a escribir en su juventud  en el Sahara, y desde entonces no ha dejado de hacerlo, periodista y corresponsal de guerra…” etc., etc.

En fin, setenta títulos en los escaparates a lo largo de toda su vida, tampoco es necesario decir sus años, pero ajusten cuentas, como siempre digo… ahora con perilla de escritor del mil seiscientos, con más de setenta novelas publicadas, y las que le quedan, que aún tiene mucho que contar. Conoce el secreto del best seller, aunque haya dicho “he escrito muchas mierdas en mi vida”, pero es autor de glorias benditas, como ‘Tuaregh‘, ‘El mar de Jade‘, y no quiero seguir más porque la lista es interminable. Un día escribió con nombre supuesto una historia sobre Gadafi; que nadie podía escribir una cosa tan excitante e imaginativa como él. Hace poco escribió ‘Medusa‘, ‘La iguana‘… ya les digo, no sé cuántas. Todas se venden como rosquillas, y más que entretienen, enseñan, o además de lo primero. Un día, me acompañó como jurado a un premio, de aquel libro sobre Fuerteventura que se llamó ‘El galeón de arena‘, que mereció el galardón, sin duda porque su generosidad estaba en el jurado, junto a otro grande de esta historia de escribir, Manu Leguineche; del que acabo de volver a leer su libro de la vuelta al mundo, cuando el mundo era tan difícil de abrazar por la cintura.

En fin, Alberto es nuestro Hemingway pero lo que sí les quiero decir es que ahora mismo, no sé si está casado, si viudo, si reinventado, sí sé que tiene unas hijas preciosas y que aunque de los huesos anda regular, aún me lo encuentro en un andén ferroviario camino de cualquier parte buscando una historia o en un restaurante de lujo, junto a dos preciosas rubias del estrellato actual. También con morenas, le he descubierto, afilando su puro casi siempre canario, palmero, para hacer visible su nacimiento. Ha sido también un enorme corresponsal de guerra y les diría, aquí entre nosotros, que lo que más le gusta es ser inventor. Y no inventor de una cosa que no tiene demasiada importancia, no, sino por ejemplo, nada más y nada menos que una máquina para desalar el agua de la mar, y hacerla dulce. O aquel barco-isla que podría recoger a cientos de refugiados manteniéndolos arriba insumergibles hasta que llegara el rescate. Lo que gana, que es bastante, en sus libros, se lo gasta, y lo sé de buena tinta, en lo que imagina, siempre, siempre, en plan “para el bien de la humanidad”.

Su último libro es actual y da claves para cómo resolver el gran problema, porque no se limita sólo a contar una historia, sino que lo hace de manera ejemplarizable. Dialoguista muy bueno, de su obra se han hecho muchas películas  y yo diría que es también nuestro Harold Robin, si es que no se enfada, pero igual.

Ya estará escribiendo su próxima historia, seguro, en algún lugar fascinante, y me gustaría volver a darle un abrazo aunque sólo fuera para contarnos las cicatrices del combate. Estoy leyendo ahora un libro de versos, de Rafael Guillén, el poeta granadino premio García Lorca, que me ha dedicado así, de su puño y letra:

Te espero entre mis manos, las dos.

Las tres, si hay una tuya.

Pues lo mismo, mi viejo amigo, que tenemos muchas historias que contarnos.

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