¡Volvieron!

Hacía tiempo que no lloraba tanto, ¡tantísimo! Tanto es así, y perdonen que me repite en el estilo, que veo mucho mejor desde el sábado por la tarde. Justo cuando viendo el programa de María Teresa Campos -que lo veo siempre que está ahí- dieron la buena noticia:  “Los tres periodistas españoles secuestrados en Siria han sido rescatados. Están en libertad y volverán inmediatamente a España”.

Me convertí en un río de lágrimas. Igual es que con la edad me estoy aniñando, que dicen que eso pasa con la edad y es entonces cuando encuentro una explicación a mi ternura. Lloraba de alegría. No era, es, para menos. Por eso hoy no hablo ni de José Tomas, ni de Nadal, unos ganando y otro perdiendo, como es la vida de los grandes, sino del regreso de tres jóvenes compañeros, y además freelances, que han vuelto a la libertad después de más de nueve meses en una prisión desconocida.

Pero para los que en eso estamos, o estuvimos, aunque el recuerdo siempre en estos casos es una herida abierta, sobre todo para los que hemos trabajado en ese difícil campo, era una muy buena noticia. Este es un trabajo de hermanos, o debe ser, sobre todo en la guerra. Y más aún en Siria, donde si desapareces, generalmente es que estas muerto.

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Porque desde que empezó esta asombrosa guerra civil, aunque siempre hay fuerzas trasgresoras, colaterales, o sea incivil, ya dura más que duró la nuestra -que siempre fue un ejemplo, un mal ejemplo- en concreto, seis años. En esta contienda pavorosa, además de los que no merecían tal suerte, porque ni eran soldados de ninguno de los dos, tres, cuatro bandos, ni siquiera ciudadanos de a pie, que no tenían ninguna culpa y estaba siendo masacrados, lleva hasta ahora -porque aún no ha acabado desde 2011- ni más ni menos que 139 reporteros muertos en acto de servicio.

Y más los freelances, que trabajan sin saber para quién lo hacen, porque van por libre, y además, incluso deben hacerlo más arriesgadamente que ningún otro enviado especial, ni corresponsal de guerra, ya que deben apretar el gatillo o reunir una crónica de no sé cuántas palabras para que al llegar al centro de dispersión guste o no guste, que a veces muchas de estas fotos, muchos de esos relatos, muchos de esos vídeos, terminan si no en el cesto de los papeles, en la máquina trituradora, cada día más usada, que hay junto a la mesa de redacción de algún redactor jefe que nunca estuvo en la primera línea de fuego.

Digo lo que siento. Antonio Pampliega, José Manuel López y Ángel Sastre hace cerca de trescientos días desaparecieron como si hubieran sido tragados por la Tierra. Trabajaban juntos, y sus fotos, eso sí, las suyas propias, de frente o de perfil, cuando aún sonreían, se repartieron por el mundo. Un largo minuto de gloria en la aventura. Y después, el silencio. Un silencio, eso sí, forzado, raro, pero dramático.

Habían desaparecido cuando iban en un coche por algún lugar del escombro y de la muerte de la hermosa Siria, que está siendo destruida del todo hasta sus raíces.

Y lo digo otra vez. Después de aquella desaparición, se produjo la angustia de los suyos, el temblor de sus compañeros y el largo silencio. Quiero decir, debo decir, incluso cuando la larga mano de la muerte de la negra bandera de los de Al Qaeda y sus acompañantes acaba de hacer pública la amenaza de que son tan traidores a su causa los que disparan, como los que escriben en blogs cómodamente instalados en sus confortables mesas de trabajo de Europa y América, considerados infieles y condenados por su salvaje doctrina. Pero este viejo cuerpo que me aguanta escribe estas líneas orgulloso de hacer algo que merezca la pena hacer.

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Porque lo que yo soy fundamentalmente, únicamente, es un reportero de toda la vida apto, y no siempre, para contar las historias que viven los demás, los de la vida y los de la muerte.  Y por eso hoy que ya están aquí y han sido recibidos bajo la lluvia ayer, en una jornada inolvidable, por Soraya -la Vicepresidenta- y los familiares más cercanos de estos tres intrépidos mosqueteros de la información, quiero decirles que un fuerte abrazo por su llegada, después de más de noventa días en Alepo, esa ciudad que fue hermosa y de la que he escrito alguna vez, porque sin estar, estoy en Siria con ellos.

Por eso esta alegría, de reportero a reportero, por el regreso de estos tres valientes, que ya empezaron con respeto y con prudencia a contar lo que para ellos ha sido un infierno, y si no un purgatorio, porque lo primero que les quitaron fue la libertad, encerrados en un cuarto, comiendo lo que les daban, sin otra cosa a mano que su propio deseo de estar en su oficio y en su sitio.

Ya lo contarán ellos, los tres. Que en principio- porque a uno se lo llevaron fuera de los otros dos y ya contarán por qué- han vuelto a encontrarse en esa tierra de su brazo largo que es Turquía, mediadora de esta imponente crónica de periodistas. Que no saben arreglar el mundo, sino solamente contarlo, aunque en ello les vaya, que les fue, la propia vida.

Yo, sin saber si algún día podré darles un abrazo, que a ver si puedo, que tengo dos hijos en esta locura del periodismo en la que estoy y a lo mejor me ayudan, he ayudado como me ha sido posible en esta liberación. Les diré cómo: sin mover un dedo, callando, aguantando. Sabiendo de vez en cuando algo que alguien me contaba, pero después me invitaban a que lo guardara para después del regreso “porque no se dejaba de trabajar en su liberación”. O tanteando el dólar, o sencillamente dando a cambio algo que sabremos algún día.

La diplomacia española ha ayudado mucho, ya que a veces los encargados diplomáticos no hacen solamente eso que se ve en La Embajada. Representan a España con dignidad y a veces  jugándose también no solo el sitio, sino la propia vida. Podría contar muchos casos en los que yo he tenido que estar de protagonista -con el casco puesto y el letrero de la ONU arriba del acero y el de PRESS en el pecho o sobre el chaleco antibalas, que para nada servía- en el combate.

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La última vez fue en los días finales de la guerra de Irak, donde acudí con el padre Ángel de Mensajeros de la Paz, un luchador por la solidaridad en el mundo, hasta Bagdad. No era posible entrar de otra manera que casi por la puerta falsa. No quiero contarlo más. A mí ni me habían podido hacer un seguro de vida debido a mi edad y mi salud, que no era una gloria. Pero entramos allí y vivimos algunos días de hermosa aventura. Saltando sacos terreros, viendo las cúpulas azules de las mezquitas, derribadas, o sintiendo encima de nuestras cabezas ese ruido único, de noche –tac tac tac– de los helicópteros de combate de los americanos. Y después, en el día de la huida de la ciudad derruida, la escapada por la carretera de la muerte, Bagdad Aman, a través de una larga noche inolvidable.

Por eso hoy estoy aquí junto a los que se han podido regresar, gracias al esfuerzo silencioso y constante de sus familias y los que en la aventura de la discreción estaban. Cuando por ellos preguntaba, pero quería hacerlo en alta voz, me aconsejaban: “Tú como siempre calla y aguanta, estamos en ello”.

Se ha conseguido. ¡Menos mal! A veces este tipo de crónicas tienen el desenlace del panegírico de los héroes. No hace falta. Sanos y salvos pero eternamente heridos, hasta el final. La secuela la traen dentro, como un tatuaje en el alma.

Escribirán uno, dos, tres libros. Veremos documentales, exclusivas, conferencias, condecoraciones… Encontrarán dónde poder contar sus historias, aunque hayan vuelto con lo puesto.

Y también quiero que sepan que aquí, en este lugar desde donde escribo hoy, mientras llueve fuera en el jardín vecinal, hay un anciano, casi, bueno un anciano de verdad, que vive gracias a que sigue escribiendo y que cada día, en cada minuto, durante el largo y angustioso silencio, supo sentir, sobre todo, no compasión, sino envidia por ellos, por vosotros, Antonio, José Manuel y Ángel. Estoy contento, y mucho.

Continúa vuestra aventura compañeros, pero de otra forma, espero. Y me siento feliz de no haber tenido que escribir vuestra necrológica. Como es habitualmente parte de mi oficio: hacer el retrato de los héroes, de los dioses, que no volvieron.

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