Victoria Abril vuelve en mayo

Y además para quedarse, de lo que me alegro no saben ustedes cuánto. Parece ser que definitivamente, al menos en lo que al cine se refiere, que no en vano ha hecho, creo, más de cien películas.

Es curioso cómo las cosas se interrelacionan entre sí produciendo el efecto dominó, con acento en la “o”, a ver si no.

En la tarde del domingo, aprovechando una clarita a la caída de la tarde algo, antes de que empezara y terminara el futbol real, miren por dónde, me encuentro en la tele del satélite la película La muchacha de las bragas de oro, basada en la novela, muy buena para su tiempo, del escritor Juan Marsé, con acento en la “e”.

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Acababa servidor de leer en uno de esos apartes de los cronistas de la Casa Real Española, que los hay aunque no tengan título, que la Infanta doña Elena de alguna manera estaba volviendo a tener un sitio más o menos importante en lo que son los cometidos de la Casa en los últimos tiempos. Cosa de la que me alegro no saben cuánto. A este cronista le dio la oportunidad en su tiempo, hace ya muchos años y en ¡HOLA!, de ser entrevistada a poco de conseguir el título de profesora en su colegio de Rosales. Es entonces cuando aquella joven princesa merece la portada de nuestra revista, con aquel titular rotundo, “No me llames profesora, llámame maestra”. Aplausos, Alteza, diez, sin duda. Es entonces cuando este, entonces joven reportero, quiere saber lo que la Infanta de España tan cerca entonces de la corona, en todos los aspectos, la hija del rey don Juan Carlos, lleva en el bolso, y es entonces también cuando doña Elena de Borbón abre el secreto que con ella viaja y me muestra, entre otras cosas, que lleva un libro entonces muy estudiado por la censura, titulado La chica de las bragas de oro de Juan Marsé. Un libro muy bueno, que entonces causó sorpresa y furor. Se vendió muchísimo. Era valiente y rompedor en el tiempo que vivíamos.

El domingo por la tarde, la vi en el cine de entones, del año creo que setenta y cuatro, en una película que había dirigido Vicente Aranda. Era sin duda una película muy buena, mayores con reparos, en la que volví a ver a una Victoria Abril rebelde, hermosa, desnuda, a veces como su madre la parió en Madrid en el año cincuenta y nueve, pronto hará… ajusten ustedes los años, en un caluroso verano, Mérida de primer apellido.

Yo había conocido a esta niña, que siempre tendrá cara de niña, en el tiempo aquel en que fue secretaria en el plató de televisión del inolvidable Un, dos, tres de Chicho, mi viejo amigo y maestro de toda la vida. Bien que la recuerdo. Era moderna, la que más, y hasta en su tiempo tuvo la fortuna -de la que ahora no quiere hablar aunque tiene una gran memoria- de ser una de las chicas del sello Almodóvar, con el que hizo más de una buena película. Ahora no quiere ni acordarse de ello. A veces es mejor que no exista la memoria, pero aquí entre nosotros le ayudo y mucho.

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Es culta, linda, moderna, siempre, y hace lo que el guion le pida, por más que le pida. Fue una de las criaturas que más mostraron con alegría su ombligo en un tiempo de la Transición en todos los aspectos. Yo recuerdo haber entrevistado más de una vez, por ejemplo, aquella que estará en la galería ¡HOLA! en la que hablamos en su casa sobre la estación del norte de Madrid, ella sentada en aquella hamaca exótica, colgante, desde el que ya alegremente mostraba sus piernas jóvenes de bailarina del ballet Bolshoi, que un día yo vi en Leningrado entonces, hoy San Petersburgo.

Políticamente incorrecta, ha tenido dos hijos, porque la veo en las últimas fotos y por ella no han pasado los años. Ha vivido mucho tiempo en París y hace poco hizo una película de nombre indefinido pero revelador. Se llama más o menos La importancia de llamarse Encarna y vivir en Móstoles, que es uno de los bautismos más largos que he conocido hasta ahora en el cine por lo menos. Estaba Victoria Abril muy contenta con el guion, en el que decía que “consiguió hacer en esta peli cosas que jamás habría pensado en hacer” y eso que es mujer de largo recorrido frente a las cámaras que la siguen adorando, como cuando rodó aquella película de amor del Lute hace ya tantos años.

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Tiene un premio Goya, estuvo a punto de ganar en más de una ocasión premios muy importantes, y aunque recibió proposiciones de Hollywood muy interesantes, prefirió quedarse en Europa, y sobre todo en París, donde ha vivido mucho tiempo. Eso sí, hizo películas con actores y actrices de América y ha sido gran viajera, escritora muy buena, y lo sé de buena tinta, y ahora por lo visto, por lo leído, ha quemado sus naves francesas y se ha venido, dice, o me han dicho que dice, “definitivamente” a Madrid, donde nació. Le gusta mucho el sol y he visto muchas veces las pisadas de sus pies descalzos en la arena de nuestras playas del sur. Vive desde hace tiempo con un realizador francés de gran prestigio y se queda entre nosotros. Cumple dentro de poco, lo diré, los cincuenta y seis, pero aún le queda mucha tela que cortar.

Los mitos no envejecen, y menos ella, que si bien no mantiene el cuerpo aquel frutal de sus primeras películas, sí que estudia, pregunta y piensa como las grandes. Niña Victoria, bienvenida, de vuelta a casa. Te estábamos esperando. Necesitando incluso. No te vuelvas a ir, y si te vas, nos avisas, a ver si podemos evitarlo. En la historia de Marsé -que por cierto, me pegó un palo en El Jueves, el más grande que me han dado a lo largo de mi vida- estás maravillosa. Bajo la ducha, en el suelo, pero sobre todo en ese plano final, donde te enteras que el hombre al que amas es tu propio padre. Increíble.

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