Por pedir, que no quede: pido para Forges un sitio en la Academia de la Lengua

Por mí, que no quede. Igual me voy un día de estos de forma implacable, pero antes, ya lo digo más arriba, por pedir que no quede. Hace poco le hicieron Doctor Honoris Causa por la academia de Alcalá de Henares. Vale, merecido. Pero también, para el reclamo, ni más ni menos, más bien más que menos, el sillón, que sea uno de la Real Academia de la Lengua, que está en la calle Felipe Cuarto de Madrid, y donde he ido, en plan profesional, tantas veces.

Porque el lema de la Academia, como ustedes saben, y si no aquí está mi blog para decírselo, es: “Limpia, fija y da esplendor”.

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O sea, tres cosas formidables y necesarias para el idioma castellano, tan usado como antiguo. Las tres verdades las usa y no las abusa, este gran tipo ahora de la perilla blanca, que cada día le parece más a Quevedo en este tiempo. Las tres las tiene nuestro Antonio Fraguas, Forges, en la historia de España, que dibujando y también escribiendo, ha creado no solo un idioma, que por otro lado va entrando despacio en el diccionario, palabra a palabra, acción y gesto, y además es un viejo gran amigo mío.

Creo que no soy solo el primero que pide para don Antonio, que es tan serio como cachondo, esto es, capaz de haciendo humor hacer historia, mucho más fuerte que el costumbrismo y que si durara el tío, que ahora le veo apareciendo de una manera constante en la memoria de la televisión española, y también como contertulio formidable algunos fines de semana en la Radio Nacional con Pepa.

Es un genio. Es un monstruo. Es único. Y me siento orgulloso de lucir en la parte alta de mi sillón habitual, en la sala de estar de mi casa que es la suya, ni más ni menos que un dibujo original por su propia mano trabajado, en el que se puede ver como el portador de un estandarte, lleva una figura humana, que airea “Escolástico for president”.

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La verdad es que fue hace muchos años. Y la prueba es que le doy su sitio, y presumo de ello, delante de mi ya segunda generación de nietos, porque tengo más años que él, algunos más, no muchos. Cuando yo llegué a la tele, y la tele se hacía milagrosamente cada día en aquel estudio de la avenida de La Habana, sesenta y siete, Forges era el simpático, ya carismático, ordenador en el estudio del desorden aquel garaje primario en el que hacíamos un milagro varias horas del día, como siempre digo, cuando la gente creía que una primaria antena en un tejado del paisaje era un pararrayos.

Las cosas de la vida. Era Forges un resplandor y ya se le notaba. Sé lo que se va a reír cuando lo lea. Porque lo lee todo, lo mira todo, lo sabe todo y después lo dibuja. Tiene además una muy buena pluma, esto es, escribe como los ángeles, y cuenta historias maravillosas que casi nadie cree, pero que son ciertas. Nada como la vida misma. Inventa palabras, gestos de lo diario, y bebe el vino, a veces ácido, de la calle de sus protagonistas. Sus personajes son increíbles pero verdaderos, los del pueblo, los blasillos, los corruptos, los obispos, sus torres de iglesia, sus muchachos de la esquina…

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Es un gran creador. Incluso les diré que durante un tiempo peleamos juntos, sí, luchamos cuerpo a cuerpo. Fue alrededor del sesenta y ocho, y en Pueblo, el periódico más popular de toda una época. Él hacía con Jesús Hermida, que en paz descansa, el cómic de la última página del primer cuadernillo titulado El Match Hermida.

Servidor, que no me gusta escribir de oídas, si acaso nada más que lo que he vivido en mis propias carnes, hacía la última página con Summers, otro genio suelto desaparecido, pero vivo todavía. Hice con el guiones de película, etc., etc. Cada uno contaba su historia, y había gente que sabía de nuestro enfrentamiento, digamos que de papel, pero que llegó a ser verdadero.

Me ha regalado además muchos, pero muchos, dibujos que le pedía, por ejemplo, cuando coleccionaba viñetas de Sancho Panza, hace tanto tiempo, me van a hablar a mí del Quijote…

Escribe muy bien, dibuja rápido, no saben ustedes cómo, cuánto… Ha hecho enciclopedias, novelas, libros… y lo conoce y lo quiere todo el mundo, todo, los más jóvenes, los mayores y los más viejos.

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Siempre sonriente, a veces serio, mi amigo al que hace tanto tiempo que no veo, está recibiendo desde hace tiempo, nunca es tarde si la dicha es buena, el reconocimiento intelectual que merece. Habla y sentencia sin querer, pero sentencia. Tiene su propia humanidad, consigo, la que ha creado, nacido en Madrid, mucha gente abre el periódico por la página Forges, en El País, ya te digo, que aunque merecería estar a la derecha, y no a la izquierda, hace del diario que leo todas las mañanas desde que vino al mundo, en ese recuadro, una delicia, la sonrisa, a veces triste, pero siempre, siempre, actual, con una lágrima suelta a veces o una ambulancia al fondo avisando de que lleva un dolor dentro.

Pues para él pido, por lo pronto, el sillón de la Academia, que los hay incluso con menos merecimientos y no quiero señalar a nadie. Pero es que él no solo defiende el idioma nuestro, sino que ha creado uno que se usa en la calle y no solo en los que tienen dieciocho, sino los que como yo, al revés, tienen ya ochenta y uno. Hace periodismo arrimándose, y mucho, sonríe como un diablo y es un ángel, y no se casa con nadie, quizá porque está casado y tiene tres hijos.

Puede tener quince años y cien, lo que quiera tener, que para eso tiene el raro privilegio de ser filósofo y jaguar al mismo tiempo. Le miro y le admiro mucho, igual que cuando luchábamos en el mismo coliseo y en la misma plaza con los mismos leones de la censura y de la realidad. Enhorabuena, maestro.

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