La noche del vudú

Vudú, con acento en la “u”. Si no hay acento, no hay vudú. Estos días, penosamente, es de dramática actualidad, que todo indica- según las fuentes de la policía- que son muchas las pobres mujeres, esas damas de la noche, que vienen, sobre todo de África, a ser explotadas en la Europa de nuestro tiempo. Vienen de Nigeria, tal vez de Sudamérica, muchas incluso de la blanca Europa del norte. Criaturas nacidas en la pena inmensa de la pobreza y el olvido.

Hay días que uno piensa que hay otras cosas de las que escribir más que contar lo que uno ha vivido, que ha sido mucho, por si algo pueda arreglar desde aquel sitio donde grita. Siempre grité lo que no me gustaba allí por donde pasé. En el papel, en el aire del sonido, con la palabra o como ahora, en esto que se llama las redes mediáticas y donde uno tiene también la obligación de informar, además de entretener, eso sí, de la forma más honesta posible. Por eso estoy aquí en este día de lluvia en Madrid hablando del vudú, que he vivido, que he sufrido, y que también he contado.

El vudú de la África profunda de los grandes de la aventura. El infierno sobre la piel de la Tierra. La brujería, el sentimiento, el sometimiento a la sombra y sobre todo, en este caso, la fe, la fe oscura de la sangre roja del gallo negro de, por ejemplo, La Habana, donde también lo viví.

Africa-1

Noches sin luna de colón en Panamá, donde las viejas y las jóvenes mujeres de la piel oscura bailaban hasta caer extenuadas. Lloraban y  reían al mismo tiempo. Yo temblaba. Los más blancos vestidos que he visto en mi vida. Los tambores, cercanos, inmediatos. Yo no sabía a veces si era mi viejo corazón el que sonaba como un reloj descompasado fuera de tiempo y de lugar. Los pies descalzos, el largo grito.

Recuerdo que a veces, en la casa donde vivo, donde sobrevivo, en pleno corazón de Madrid, me despertaba aquel clamor del diablo. Pensaba que a lo mejor venía de cerca de donde estaba la embajada blanca, rodeada de palmeras, de Haití, donde también había sentido en mi propia piel, en mi entraña misma, lo que es la furia musical -espiritual, decían- del vudú.

También lo viví en Nueva Orleans hecho música de saxo, cuando los viejos de piel morena y pelo blanco bailaban tras el carro mortuorio, solemne, yo diría bellísimo, que tanto le gustaba Summers, mi viejo amigo desaparecido, genio del cine, con el que hice La niña de Luto y Juguetes rotos, además de tantas otras cosas, que cuando se nos moría a todos los que estábamos cerca en  aquel peño hospital de Argüelles me dijo:

-Que sepas que si no te portas bien, me aparezco de noche en tu alcoba.

El vudú en Uruguay, que es la base de mucha de la música sudamericana. Tan parecida a veces al flamenco, cuando Violeta Parra, sí, Violeta Parra, en su peña junto a la plaza de la Moneda me aseguraba con su voz lejana, del fin del mundo:

-Que sepas que lo que cantamos nosotros es lo mismo que lo que cantáis vosotros, pero con otra geografía.

uruguay

Es verdad. El vudú ya se coloca encima de la cabeza en forma de u, en la lejana pluma del gallo tropical. Vudú, que hoy reactivo en esta crónica cuando imagino aquellas largas noches del sur, del sur del sur, cuando en el fuego saltaban las briznas de “lo oscuro”, lo que no se puede tocar con las manos.

En Cuba salíamos de ver al pie de la Virgen de la Caridad del Cobre, donde estaba la medalla del nobel Hemingway, como una ofrenda a la patrona, y nos llevaban los jóvenes comandantes a vivir el momento en las viejas casas del virreinato en la ciénaga donde estaba Josito, el que me cantó una noche, esta sí, de luna, la guantanamera primera.

Es una borrachera de viejas sensaciones que trajeron de sus cárceles de piedra los primeros esclavos que venían a cultivar el azúcar, que los traían aherrojados en el fondo de las bodegas de los galones.Yo sé que aquello desnudaba el alma de los que tanto sufrieron o de los hijos de los que tanto lloraron. También he visto las viejas cárceles de Cartagena, donde hoy están instalados los bellos negocios, donde se vende todo el color y el calor de la América que suda y aguanta. Los mercadillos de los cinco sentidos que tanto me gustan.

Me acaban de traer de México, por ejemplo, algo que pedí en su día: un muñeco del guerrillero de México, del comandante Marcos -que un día me contaron que había tenido un hijo con una enfermera cordobesa porque cuando él estaba por aquí trabajó en unos grandes almacenes del sur de España-. También tengo frente a mí, en esa biblioteca que me aseguran se puede derrumbar una noche de tantas cosas que aguanta, además de libros, el collar de manos de madera, bolas de plata, que me traje desde el otro lado de Brasil, desde Salvador de Bahía, cuando el echador de caracolas de mar me descubría todo lo que ya sabía:

-Pero yo he venido aquí a que me diga usted mi futuro, que mi pasado ya me lo sé porque lo he vivido.

Me echó los caracoles de mar y derramados sobre la mesa leyó el ayer. Pero cuando le pagué -porque había que pagarle- me respondió enigmáticamente:

-De su porvenir prefiero no decirle, pero no se olvide de esto que le digo: Su futuro es su pasado.

brasil

Me fui de aquella cita del misterio con el alma en la boca. A poco vomito. A veces pienso que llevaba razón aquel brasileño cargado de cadenas de oro al cuello. Hoy me cuentan que también se hace “misterio” en España. Echadoras de cartas mágicas, lectoras de las rayas de la mano… Nada para reírse, les aviso mis lectoras. A mí me gusta a veces acudir a las santerías de Madrid, aunque me reconocen porque me han visto en la tele. La fe a su manera.

Allí estaba San Pancracio, el Santo de lo imposible, aunque a mi patrona, Santa Escolástica -que es mi nombre de pila, Escolástico-, la encontré en una estampa, que esta sobre mi mesa, en aquel convento de monjas donde dormimos aquella noche Ortega Cano y yo, que escribía su libro en el Camino de Santiago.

En fin, que se me ha ido la mano, pero lo he echado fuera en esta mañana de mayo. Tenía que hacerlo. La palabra vudú, que es una amenaza hoy, una cuerda invisible, un castigo, con el que amenazan sobre todo a esas pobres mujeres que trabajan en la noche de Madrid, me obliga a gritar en la defensa y en la ayuda de quienes más lo necesitan.

¡Aquella noche yoruba, de las princesas del ganado del vientre tatuado en Nigeria! Para mí parece que fue ayer, así que acaricio suavemente esta cruz de hueso de tiburón que me traje un día después de ver marchar a las tortugas de laúd en aquella playa misteriosa, lejana, de Costa Rica.

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