Hoy te recuerdo mucho, Carmen Ordoñez

Y desde anoche más, mucho más. Porque anoche me volvió a sobrecoger tu memoria. No solo eras la mujer más bella que yo conocí en mi vida, sino muchas cosas más. Un no sé qué que ninguna otra mujer tenía. Anoche, tu hijo Francisco en el programa de Bertín Osborne, que volvió a recuperar ahora en Telecinco su sitio habitual, esto es, el primer en la audiencia, habló de ti.

No era fácil, pero Bertín, que es también del sur como era su madre, que era, es, de Sevilla – ayer precisamente hubiese cumplido sesenta y un años, creo, ya que nació el dos de mayo del 1955- lo hizo bien, tiro de la memoria de su hijo, con mano suave, de largo recorrido. Y Fran habló de su madre, de Carmina Ordoñez, a la que yo había conocido de niña en aquella casa suya de San Juan de la Cruz en Madrid, al pie del gran retrato de su padre Antonio Ordoñez, uno de los más grandes toreros de la historia, ¡y lo dice quien es compadre de Manuel Rodríguez “El Cordobés” y de Curro Romero!

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Anoche volví a recordarte, Carmen Ordoñez, ¡tantas veces habíamos hablado! La última vez fue en aquel palacio marroquí con fuentes y arcos de yeso, en Marrakech, tan cerca de la plaza hermosa donde todo el mundo se retrata. Yo también, pero venía de fotografiarme contigo, despeinada y bella con aquellos ojos tristes y sonrientes a la vez. ¿Cómo se puede dar ese milagro en la misma mirada?

Decía que conocí a la niña Carmen en casa de sus padres, casi en los brazos de su madre, aquella elegante dama, tan sufrida, tan hermosa, Carmen González, hermana de Luis Miguel, dos razas, dos castas de toreros enlazados en el mismo destino.

Y después, aquel otro día, en el Alfonso XIII de Sevilla -que tantos recuerdos me trae cuando a su altura paso- cuando Carmen, tan hermosa siempre, me confesó en el patio de los naranjos y los suspiros:

– A mí me gusta vivir la vida según me viene. La lloro o la río, pero como me llega, y si no, la busco por donde se encuentre y al precio que sea necesario pagar.

Grande, grande, aquella dama que se nos murió a todos en el baño de su casa. Querida Carmen, muñeca rota, inteligente, fuerte, poderosa, rosa rota, te admiré mucho en silencio, tenía siempre contigo un titular formidable, como una daga, y además, aquel aroma de leyenda viva…

¡Ay Carmen que anoche te recordó tu hijo! Valiente, en la raya de la lágrima, en esa casa de Ronda, donde casi nadie sabe que está enterrado por deseo propio aquel genio que se llamó Orson Welles, al que también entrevisté. ¡Dios mío, cuánto he vivido, cuánto he contado!

Se nos murió Carmen Ordoñez. La entrevisté más veces, no sé si cada vez que se casaba con el hombre que quería, que admiraba… Fui muy amigo de alguno de los que vivieron a su alrededor. De todos hablaba ella con el último fulgor de su amor recién llegado, como una niña, como una chiquilla, que siempre necesitaba ser querida para querer.

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Un día, viajaba yo en el AVE a Sevilla, como todas las semanas, que siempre cuento, y al fondo del vagón, preferente, había un hombre calvo, como fundido, con una manta sobre las piernas. Le identifiqué inmediatamente. No todos los días ve uno el resplandor de una leyenda, aunque sea un coleccionista. Mi asiento, por razones que solo explica el destino, estaba cerca de él, casi al lado, aunque a su vera viajaba una mujer que fue el último amor de matrimonio del torero Antonio Ordoñez, Pilar.

Yo le vi  y sentí un escalofrió. Él me vio y me llamó suavemente, pero duro, como era siempre, el arte y el valor en la misma muñeca:

– Tico, ¿sabes quién soy? ¿No te acuerdas de mí?

Y antes de que me lo descubriera le puse una mano en el hombro y le besé en la frente desnuda, que yo había conocido con la coleta de torero inmortal en otros tiempos.

– No me lo tiene que decir, maestro, es usted Antonio Ordoñez.

– A ver si me vas a hablar ahora de usted después de tanto tiempo…

Me senté a su lado. Su esposa, Pilar, fumaba un cigarrillo discreta en el descansillo del tren que aún no había “despegado”.

– Siéntate a mi lado mi viejo amigo.

Alguna vez lo he contado. Me tomó de la mano sobre la manta y me miró con una profunda, inmensa, tristeza. Le habitaba la cornada del toro del cáncer. La quimio, la radio, habían hecho que el gigante doblara la cabeza, herido. Hablamos un largo rato, casi hasta llegar a ver el castillo de Almodóvar, pasada Córdoba. En un momento me dijo:

– ¿Ves a mi hija Carmen con frecuencia?

– A veces la veo maestro…

– Me dicen que está muy bien, pero estamos preocupados con ella. No está haciendo lo que debe. Si la ves, dile que la recuerdo mucho…

– Es una de las mujeres más bellas del mundo, y más nuestra, maestro.

– Lo sé, pero me está haciendo mucho sufrir, díselo que te lo ha dicho su padre.

Le volví a besar en la frente antes de bajarme en Sevilla. Le esperaba a pie de tren una silla de ruedas. Pilar le empujaría hasta arriba de Santa Justa.

No volví a verlo, pero escribí de él muy pronto, cuando se fue.  No tuve tiempo ni manera de decirle a Carmen lo que su padre me pidió. Carmen murió pronto, como todo el mundo sabe. Pocos conocen el dato de que esparcieron sus cenizas, por voluntad propia, entre el Roció -que llega este último domingo de mayo como todos los años- y Tánger, donde había vivido al final de su dramática existencia.

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Un día, en la entrega de la Medalla de Oro de Bellas Artes de Andalucía a mi compadre Curro Romero, en aquel pequeño patio andaluz, Cayetano, que sólo ese día hable con él, se acercó a mí para darme un abrazo.

– Gracias por lo bien que habla usted siempre de mi madre.

No le dije que durante tiempo, mucho tiempo, cuando hacía el programa de la tarde de Telemadrid con Terelú Campos, recibí tiempo atrás un mensaje de Carmen: “Maestro, le estoy muy agradecida por las palabras tan bonitas que escribe usted de mí siempre, desde hace tantos años”.

Lo borré en su día. Me hacía daño. Ahora, estas semanas, se volverá a remover su memoria. Su hijo Fran, gran torero, excelente ser humano, lo ha hecho con tristeza y con orgullo al mismo tiempo. Sabe que su madre es carne de mito, flor de leyenda. Hablaron anoche, en su casa de Ronda, gente que la conoció desde las cuatro esquinas de la memoria, como siempre repito. Y yo también, como alguien irremplazable, la diosa morena que fue tan valiente, tan abrasadora, tan bella, tan nuestra…

  • Que bonitas palabras, ojala las lean sus hijos porque a mi me han salido lagrimas. Una mujer buena sobretodo, incomprendida y buscando amor siempre sin saber que el amor era ella. Dios la tenga en su gloria.

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