Ese árbol sagrado que es el olivo

Tal vez porque nací al pie de un olivo, como quien dice, en ese pueblo de los montes orientales de Granada, en Piñar, dentro de la ruta nazarí, con acento en la “í”, amo al olivo como si fuera de mi familia, que lo es, porque a su sombra he escrito mis primeros versos de cuando yo era eso que se llama un niño poeta, tal vez, porque recuerdo como mi primera imagen en mi vida a mi abuelo Salvador caminando entre el olivar, ya antiguo, que es distinto de viejo, como uno más del paisaje, con su camisa cerrada, aunque sin corbata, aquel traje negro pardo, aquel andar cansino, elegante y humilde, campesino puro y duro, poeta siempre, secretario del juzgado que escribía hasta los informes más severos con un cierto ritmo de escritor…

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– En el día de hoy, fulano de tal y tal, mayor de edad, hijo de …-aquí ponía el nombre, los apellidos- de aspecto rural, limpio, correcto, nacido en el cortijo cercano donde se cultivan hortalizas y  crecen los olivos…

Más o menos. Cuentan incluso que fue el que en su día le enseñó al rey Alfonso XIII, que por allí pasó, a comer con las manos la sardina asada de Almuñécar, esto es, de la mar inmediata…

Total, que entre olivos caminaba aquel hombre menudo y excepcional del que tal vez heredé algo y no del todo…

Y sobre todo mi amor, mi cariño inmenso, por el olivo. En el parco jardín de mi casa de Chamberí, que es la suya, hay un arbolillo que se protege por una tapia divisoria. Es un olivo que plantamos, replantamos, hace años, y que ahí crece, contra viento y marea. El portero de la casa que lo cuida me asegura que ya da aceitunas, pero que él cree que son locas, que no son comestibles. Soy caballero de la orden del olivo de Baena, en el corazón del mejor aceite del mundo, en tierras de Córdoba, y he pronunciado su pregón el día de la investidura.

Desde su estudio me envía todos los años una damajuana, que así se llama del aceite, que él mismo cultiva, y consigue el enorme pintor, Paco Ariza, uno de los más grandes genios del siglo, un aceite que además, tiene propiedades curativas y que solo consumo yo, una de las pocas leyes dictatoriales que hay en esta casa que es la suya. Es mío y se conserva en una vieja alcuza que perteneció a mi madre que en paz descansa.

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Por si fuera poco, puedo decir que guardo mi capa verde de caballero, tengo dos premios con un olivo de plata, precioso, cada uno, y he pronunciado entre otros pregones el de la Virgen de Araceli, patrona del campo andaluz, en Lucena.

He escrito mucho sobre el olivo, y puedo orgullosamente decirles que hubo un tiempo que coleccioné botellas del verde zumo y que entre ellas veo desde aquí, entre los libros, aún llena, aquella de las primeras que se hicieron con el nombre de Rocío y Ortega, en su finca de Yerbabuena, cuando de ellos eran los viejos olivos en la cercanía de aquella ermita donde no sólo se casaron, sino donde más de una vez me ha cantado la Salve aquella que fue la más grande, Rocío Jurado, siempre recordada.

En fin, tengo un cristo de olivo, de madera de olivo, digo, que cuento si bien es pura imaginación poética del escribidor, debo reconocerlo, que hace el milagro de llorar lágrimas de aceite cuando llega la Semana Santa… También podría decirles que he pronunciado conferencias en la Universidad de verano de Santander sobre el particular, etc., etc.

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Y también algún que otro fracaso. Me regalaron un bonsay de olivo japonés, ¡qué pena!, el pobre se murió de tristeza, frente a mi desesperación, tanta, que en su momento pude colgarme de un olivo, que es mi árbol preferido también, si bien se asegura que Judas se colgó de un árbol que no fue un olivo, aunque aquello se llamara el huerto de los olivos, sino de una vieja higuera antiquísima que estuvo cerca de donde Cristo lloró después de haber sido traicionado, vendido.

Debo decir, que en su descargo, o en el mío, el más hermoso de los olivos que existen en el barrio de la judería de Córdoba se lo regalé yo a mi buen amigo Rafael Carrillo, propietario de El Churrasco, uno de los más buenos y famosos restaurantes de Córdoba. El olivo es una joya, es retratado miles de veces cada día y hasta mereció en su momento la propia admiración y curiosidad del rey emérito don Juan Carlos, que durmió la siesta una tarde en el lugar único del que les cuento. Tengo dos mecedoras hechas en castro de madera de olivo que llevan mi nombre labrado a mano en Castro del Río.

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En fin, la nueva película titulada El Olivo, de esa mujer genial que se llama Icíar Bollaín, gran directora, talento formidable, brillante, audaz, siempre en el filo de la navaja de la aventura cinematográfica, poeta de la imagen, etc., y que estrena el viernes su última gran idea. Aquella que cuenta la historia de un viejo olivo arrancado, entero, con sus raíces y todo, hasta llevarlo lejos, a la entrada de una gran empresa lejana, comercial, como un monumento vegetal, de excepción…

Se está haciendo mucho esa historia, tiene sus raíces. En un cuento de este viejo contador de historias, decía que “aquella mañana en la niebla, en aquel camión que iba delante, de nuestro coche, iban atados unos a otros como si se les llevara a fusilar. Un grupo de viejos encadenados con las melenas al viento del invierno, las últimas ramas de su existencia…”

Icíar ha hecho su séptima película, que es más que un paisaje, como casi todo lo que hace, una denuncia implacable. Forma parte de lo que hacemos con nuestra propia historia y la de nuestros abuelos. Yo he dicho el otro día en una entrevista para La Vanguardia de Barcelona, que “solo soy un campesino ilustrado”. Hoy más que nunca. Tanto es así que nombraría a los viejos olivos sobre todo monumentos de la humanidad. Curan, saben, dan sombra, historia, y les cuento algo urgente de mi colección de historias del olivo.

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Tomen nota. Sophia Loren se baña en aceite de oliva de España, por lo menos una vez cada año. Esté donde esté. Si está en su villa de Roma, no tiene más que alargar la mano, forman parte de su paisaje de la niñez. De su vida y de su belleza. No me importaría que lo que quede mí, aunque solo sea ceniza, sea depositado al pie de un olivo de mi edad, de tres patas a ser posible, que son los buenos. Ayudaré así a que su producto, el zumo de la aceituna, sea más sabio, y si es su tronco, por viejo para leña que caliente y de vida a los que lo necesitan en el duro invierno. Sé que es mucho pedir, pero pienso dejarlo por escrito en mis últimas voluntades. En mi testamento, que ya lo tengo medio hecho.

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