Doña ‘Furia’ Espert, alma de teatro

Es, sin género de dudas, nuestra gran trágica. Bueno, trágica o lo que le echen. Desde luego la mejor, y a sus ochenta años cumplidos, más lo digo como piropo que con tristeza, es eso, doña “Furia”, cuando está arriba en la escena, cuando está a pie de obra, cuando no está arriba es la dulzura, la sabiduría, la belleza que no se extingue. La verdadera protagonista de por donde vaya, por donde pase, donde esté.

Hace ya muchos años, un gran director de teatro que ya se nos fue y que se llamaba José Tamayo, paisano mío de Granada, me dijo abajo en el patio de butacas mientras ensayaba -arriba y de negro, de luto elegante, solemne, aldeano, riguroso- aquella mujer el Yerma de García Lorca:

– Es la mejor sin duda, y te lo dice quien lo sabe y no te importe el que lo digas que lo he dicho yo. Esta mujer es una de las más grandes del teatro, como puede ser o como fue Sarah Bernard…

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Y es que nadie hacía las mujeres, las damas de luto de nuestro poeta, como ella. En el teatro y en el cine, en blanco y negro y a color, y en la televisión en la infinidad de papeles interpretados frente a las cámaras, dirigiendo ópera -que la hacía como nadie-, en los recitales últimos en los que hablaba en catalán, sintiendo la vieja lengua, haciendo la suya, porque además era catalana, lo es, lo sigue siendo y española medular, ciudadana del mundo por donde fuera, arriba, al otro lado de las candilejas o abajo…

Por ejemplo, en aquella casa suya frente al mar, tan cerca, el Mediterráneo de Serrat, su paisano, cuando pasaba unos días junto a su piscina de agua salada en Castellón donde a veces iba a verla. Junto a su marido aquel gran actor Armando Moreno, tan moderno, además era muy guapo y se querían mucho, y se veía el amor en su vida y en su obra. Tuvieron dos hijas que están, creo, siguiendo la sangre de su madre. Nuria, furia, a la que tantas veces entrevisté en los teatros, por donde fuera, la última bajo las altas columnas romanas de Barcelona, antes en el camerino son sus flores y sus fotos, cuando sonreía achicaba los ojos, os hacía como de niña.

Un día también la busqué y la encontré, claro, en aquel piso pequeño que quería tener en el barrio más castizo de Madrid cerca de donde el gran guitarrista argentino tenía su casa. A la vera de aquella tabernita de Lavapiés por donde se encontraba siempre Mercedes Sosa envuelta en su poncho argentino, que te cantaba en cuanto quisieras alguna de sus grandes coplas de la distancia.

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Nuria, siempre un titular, como ahora sin buscar encontré, solo pronunciando su nombre. Ajena a la política, aunque tiene el corazón en su sitio, esto es catalana catalana, pero sin dar grandes voces ni mover bandera alguna que no sea la de su oficio. Lo ha hecho todo en el teatro de todo el mundo, ha causado sensación en Londres, donde no hay quien diga nada a los ingleses, habla las lenguas inmortales, recuerdo siempre que en las fotos estaba, esté, estuvo, espléndida siempre, aguantando el objetivo aunque fuera como aquella noche cuando fuimos a verla con Ramón Masats cuando acabábamos de fotografiar a Lucho Gatica vestido de blanco del Real Madrid en el Bernabéu, que era una de sus grandes ilusiones…

Doña Nuria, recién galardonada con el premio Princesa de Asturias de las Bellas Artes que le entregarán en su día, ese día que yo llamo siempre azul, en el teatro Campoamor en el que ella tuvo tantos éxitos. Tantas veces a lo largo de toda una vida. Gran aplauso que recibirá ese día en ese sitio, que por lo menos una vez al año yo visitaba, en esa noche rutilante de aquellos premios que entregaron primero el Rey emérito, luego el Rey hijo, y que pronto entregará en mano doña Leonor, princesa de Asturias.

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En fin, Nuria, que ya sabes cuánto me gustaría estar contigo en el teatro esa noche hermosa del otoño, invierno en Oviedo, donde vas a ser de nuevo de otra forma ahora, pero merecida protagonista. Te aplaudiré como otras veces, antes o después de entrevistarte allí donde estuvieras. Elegante, solemne, trágica, dramática, lo que quieran que hagas. Pero sobre todo me gusta verte. Así, en bañador, en tu casa del Mediterráneo, espléndida Nuria, mientras armando se lanzaba al agua de aquella piscina. Entonces yo escuchaba a Lluis Llach; y fui el primero que valientemente, las cosas como son, llevaron al cantante al estudio uno, y único, de Televisión Española. ¡A ti que te gustaba tanto! ¡A mí también! Además… ¡tantos recuerdos…!

Pero tú no eres solo na brizna de memoria, ni mucho menos, estas ahí más fuerte que nunca haciendo el gran teatro del mundo. Al otro lado de las candilejas y a ser posible sin apuntador… no lo necesitas, ¿sabes por qué? Porque eres tú la que apunta con su ejemplo.

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