Con Bob Marley en Jamaica, al otro lado de su niebla

Por fin lo había conseguido. Fue hace muchos años en Nueva York, capital del mundo, donde logré tantos mitos. Éste vivía lejos, generalmente en Jamaica, no hay más que consultar el mapa  del corazón del mar caliente para saber dónde está. Es un hermoso sitio para vivir, para morir incluso. Yo estaba tras la presencia legendaria de aquel Bob Marley que se me escapaba siempre. El era negro, yo blanco, a veces tirando a moreno, según el sol que me dé, y aquello ya casi lo hacía imposible. Aparte de que no quería encontrarse con periodistas, el que era siempre una hermosa historia que contar.

Bob Marley, la voz oscura de la raza blanca. Un día, Julio Iglesias me dijo cuando a veces llorábamos en su Rolles dorado:

– Te diré que a veces lo que más me hubiera gustado es ser negro.

A veces Julio escuchaba a Marley. Bob por otro lado  se sentía Iglesias. Lo sé de buena tinta. Por eso incluso Julio vivió en Jamaica, sabía que ahí había un son, un ritmo que no era el suyo, pero cercano. Si el de Julio era yerbabuena, el de Bob era yerbamala. El otro olor-hedor, sabor.

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Pero no fue necesario Julio, aunque viviera en Jamaica. Como siempre, en una hermosa villa frente al mar, Manuel Benítez el Cordobés, mi compadre ahora de enorme actualidad, que hoy creo que cumple ochenta años, bautizó a uno de sus hijos, a Julio, allá lejos. Allí donde a veces nadaba el torero, su padre. Un día me confesó.

– ¿Sabe usted, compadre, por qué no me gusta nadar en ese mar? Le diré por qué. Porque los peces que ahí están no los conozco.

Cierto. Eso dice mucho de Manuel, el califa, al que tanto quiero.

Pero sí que los conocía Bob, eran los suyos. Hijo de Jamaica, jamaicano puro, de madre de la isla y de padre capitán parece ser que de nacionalidad británica, quizá capitán de barco. Ya cantaba desde el vientre de su madre, que como todas las jamaicanas hermosas, de labios rosa, de ojos enormes negros u poco tristes… Querido Bob, pronto rastafari, de la difícil religión  a la que no todos pueden pertenecer. Pero me valió para conseguir aquella cita…

– Tiene que ser en su casa del sur de su isla donde vive con los suyos…

– Hecho. Voy donde haya que ir… me interesa mucho, además debe decirle, que yo entrevisté personalmente, per-so-nal-men-te, en Addis Abeba, en Abisinia, al Negus de Etiopia, Haile Selassie

– ¿Le vio así de cerca?

– Hay fotos, cuando  ya no se podía decir en su presencia Abisinia sino Etiopia…

Suficiente. Una tarjeta de visita que no todo el mundo podía usar. Había fotos. Constancia en los periódicos. Fui por Pueblo, cuando se inauguró la línea Etiopian Airlines Madrid – Adis Abeba, controlada por TWA. Eso ya merece otra historia. Hoy estamos con aquel Bob Marley, leyenda pura, que rezaba a los pies de una foto del emperador etíope. Su dios vivo, el hijo del león de Judá, el esposo de la heredera dela Reina de Saba…

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La otra religión. Me la leí entera, casi me la supe de memoria, más que la propia biografía de aquel que por fin iba a visitar.

Madrid-Miami, y desde Florida a Jamaica. Allí escribió también Ian Fleming, el padre del Agente 007 James Bond, por ejemplo. Allí estaba aún su máquina de escribir, su última botella de whisky, medio llena. El mar caliente. Azul verdoso al fondo.

Y Bob, claro. Estaba sentado a la puerta de su casa, bueno, su casa. Un barracón de madera de colores muy vivos con una bandera de los rastas a la puerta. Y al otro lado, sobre el palo encerado, textualmente cierto lo que digo, al otro lado de la cortina de humo de Canabbis, tras la que fumaba un largo cigarro dorado, Bob en persona. Envuelto en su niebla, atravesado por su propia, intima, prodigiosa, loca, música.

– ¿Smoking?

No, dije que no. Además, no fumo, nunca fumé nada de nada, ni siquiera con Fidel un puro de los que solo tenía Fidel, que le hacían para Fidel a mano en el interior de la isla, plegado en la larga pierna de las acariciadoras que trabajaban la hoja de tabaco verde de la isla con forma de lagarto.

Ni eso siquiera. Nada de nada.

Le dije que no con la mano, y me hizo, Bob digo, un gesto de tristeza. “Eso se pierde usted, compañero”, pareció decirme.

Hablamos. De entre las plantas anchas, cercanas, emergían los grandes lagartos transparentes. Levantaban su cabeza y me miraban,¡ con sus ojos como puntas de alfiler negros.

– Soy de Granada, en el sur de España…

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Y tenía una guitarrilla cerca, a mano, hecha con un vientre duro de tortuga africana, y el pellejo quizá de una iguana. A lo mejor, las cuerdas eran de vena de cocodrilo, ¡quién sabe!. ¡Y en lugar de cantarme Granada, de Agustín Lara, como casi todos cuando con la llave mágica de ese nombre, “gra-na-daaaaa”, me cantaban la canción inolvidable hoy himno . No. No lo hizo, aunque podría. Por el contrario, lo que hizo, quiso, fue intentar un largo quejido como de flamenco, tipo Morente, cuya hija, bellísima siempre, Estrella, acaba de cantar en la casa de la Puerta del Sol, kilómetro cero, con motivo del día de la Comunidad de Madrid, capital, todavía, de todas las Españas, cincuenta millones casi de Españas, a una por español, ya saben.

Me preguntó más que pregunté. Sobre todo del emperador de Etiopia… me tocó la mano, que tocó su mano, como les cuento, me firmó en una foto de papel de colores donde aparecía con su sonrisa maléfica pero angelical, bajo aquella cresta que él sólo se limpiaba, con aceite de un árbol divino de su religión, que le pedía muchas cosas no fáciles de admitir, por todo el mundo. Por ejemplo, no amputaciones, no apostasías, no…

Más noes que síes. Me dio de comer gallina de palo, carne de iguana asada, riquísima cuyo sabor yo conocía. No podía beber alcohol, por lo tanto fue cerveza inglesa muy buena, carne de vaca no, pero aquello era como la de tortuga, riquísima, mezcla de marisco y cerdo que yo ya había comido un día en Cartagena de Indias, con Gabriel García Márquez…

Tenía que volver en el avión rápido de vuelta. Una avioneta pequeña, una piper que hacia Kensington-Miami en una hora más o menos, y que yo compartía para la ida con un matrimonio australiano, y la vuelta con un grupo de desarrapados, componentes de una orquesta que habían podido ver a Bob a distancia.

Ahora, estos días, se vuelve a decir que está abierto ya el festival de mayo de Bob Marley donde acuden cientos de rastafaris, igual también el del Congreso, hasta hace unos días, español. Ya saben. A mí ya no me queda pelo para ser rasta pero ya venden pelucas en las tiendas de carnaval, si es que quieres parecerlo, serlo es otra cosa bien distinta. Es una religión, es un arte, una forma más de ser que de estar. Marley, el pobre, sufrió mucho en vida. Tuvo un cáncer galopante que le llevó por todo el mundo buscando la salud. Imposible. A veces tenía que volar en aviones de pasajeros, carísimos, de urgencia. Nueva York, Miami, Inglaterra, curanderos, homeópatas, hasta que al final en México, le aseguraron:

– Bob, divino Bob, ya no hay remedio.

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Intento volar desde México a su casa de Jamaica. Pero no pudo llegar. La metástasis había hecho estragos en su cuerpo. Le quedaba un hilo de voz, aquella de metal y mango, y sus discos, pero estaba calvo de la radio en los huesos de la quimio. Ni respirar podía. Murió en Miami, sin que el avión que lo devolvía a su tierra pudiera trasladarlo. La muerte no sabía de la música rasta. Pronto haría años, el once de mayo, nacido en el sesenta y uno… ¡pobre Bob!

– El flamenco se parece mucho a nuestra formar de sentir, de ser, reímos y lloramos al mismo tiempo, es un lamento y una gloria… soñamos con lo que cantamos.

Adiós, Bob, enterrado en aquel cementerio del norte junto a los suyos, todos los días habitado, llorado, bajo los cocoteros y las oropéndolas. Con él una biblia, un anillo, de su madre, su guitarra de toda la vida, de toda la muerte, un balón, sí, un balón de fútbol, y un bote de yerba, que solo fumará su alma.

Ahora, hoy, buscaré en mis viejos discos de vinilo, y estoy seguro que lo volveré a escuchar. Puso Tiko con k, pero me da lo mismo. A ver si suena, como alguna otra vez lo hice. Pero sí que lo veo, al otro lado del plexiglás de su propio humo, en el que se autoquemaba. Pero sobre todo, lo huelo… ¡vaya si lo huelo!

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