Cela cumple un siglo

Y hay que recordarlo, sobre todo quien ha tenido el gusto, el inmenso honor, de haber estado, casi vivido, con él tantos días y tantas veces.

Siempre quise ser como Camilo, que es como le decíamos aquellos que lo teníamos cerca. Era como un Dios de paisano para nosotros. Le conocí cuando aún llevaba a veces una gran boina de pintor romántico en aquel viejo Madrid, recién llegado servidor de Granada con el pelo de La Dehesa como quien dice.

Le entrevisté primero en aquel piso ancho, lleno ya de libros como siempre, de la calle Rosales, donde vivía cerca de Cesar González Ruano, yo diría que puerta con puerta. Querido Camilo, que siempre me abrió la puerta de su casa, de sus casas, aquella posterior de Guadalajara -ya casado con Marina- y algún día en el sur donde coincidíamos en alguna conferencia. También, ya después, al fin, en su casa de Puerta de Hierro, ya de Marqués, de premio Nobel y casado con Marina.

La casa de Guadalajara me gustó mucho, aunque más que ninguna la primera, en Mallorca, en su casa de Palma, en aquella playa blanca en la que por cierto una medusa me partió la cara mientras me daba un baño después del buen rato con Camilo, que me dedicó, incluso, La colmena. ¡Qué tiempos, qué recuerdos para este blog que les escribo!

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Cela en celo. Así titulé un reportaje de cuando se casó con Marina Castaño, a la que yo conocía de buena periodista tiempos atrás, antes de que ella entrevistara un día al escritor inmenso y se quedara ya con él para siempre. El halcón y la paloma. ¡Vaya!

Luego almorcé con él algún día, bien y a la gallega, y con él fui hasta su casa de piedra en la Galicia verde y mágica que él conoció como nadie, sintió y contó de forma única.

Escribió libros muy hermosos, artículos increíbles, siempre culto y sabio, prestidigitador de la palabra escrita, sochantre cuando hablaba. Su risa era convulsa, profunda, bajo su gran papada episcopal, escribiendo a mano donde estuviera. Lo hacía lentamente, suavemente, haciendo escapar por su pluma lo que sentía, lo que sabía, lo que inventaba, que luego era cierto y bien cierto.

Aprendí mucho de él, viajando sobre todo, después de haber leído su viaje a la Alcarria. Incluso lo intenté repetir después, como tantos otros hicimos. Eso sí, debo decir que después de un viaje al Pirineo leridano inolvidable que escribió en su día, la Caja de Zaragoza, Aragón y la Rioja, me encargó que hiciera lo mismo que él, respetando, claro, las distancias. Y escribí aquel libro hermoso con una portada del pintor de Huesca Beulas sobre el Pirineo aragonés, que me llenó de personajes, de amigos siempre, de paisajes y paisanajes, de recuerdos. A veces me envían un viejo ejemplar para que lo firme.

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Se nos murió Camilo por ley de vida o mejor dicho, por ley de muerte. A veces hablo con Marina por teléfono. Unas señas, una página perdida, otra vida distinta, pero yo recuerdo a Cela -de segundo apellido difícil de pronunciar, Trulock – cuando nos contaba la leyenda de un viejo marinero inglés de la familia.

Hace poco fui por su casa-museo de Galicia, cerca de aquel huerto de pimientos picantes, hoy ya entre la piedra y la hiedra. Sus papeles, sus cartas, sus documentos, sus cuartillas, sus plumas, su mesa, sus fotos, los últimos cuadros que quedaban en su casa después de varios naufragios personales…

Su hijo escribe estos días que Cela cumple cien años porque está más vivo que nunca, y yo le recuerdo de aquel día que entró en la Academia Española de la Lengua, que nos recibió cerca de la plaza de San Juan de la Cruz de Madrid, mientras se cambiaba la bata fuerte de cuadros de estar en casa por un traje solemne y oscuro.

Luego se nos vistió de frac -¿o se dice chaqué con acento en la “e”?- en el norte de Europa, cuando se dio aquella foto suya bailando un vals inolvidable con la señora Cela, de soltera Marina Castaño. Total, que lo que más me llena de emoción es que haya sido recordado en esta fecha, cuando se hace memoria mundial de Cervantes y de Shakespeare, que de los dos tenía una obra universal como la suya.

¡Feliz cumpleaños, maestro! Que tantas veces escribiendo de ti, estando contigo, contigo, contigo, como decía la coplilla, me diste de comer a mí y a los míos. Ya no quedan tipos como tú, Camilo.

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