Bob Dylan, siempre con su sombrero cordobés

Dylan, judío total, debía haberse sentido a su gusto en Córdoba cuando actuó el año pasado en el brillante Festival de la Guitarra al que acudían siempre solo los mejores de todo el mundo. Sin embargo, en Córdoba pasó desapercibido. Como les digo, fue en el verano y llenó hasta la bandera. Lógico. Dylan es como un profeta, al menos para mí, y como yo, muchos millones de devotos de su música, de su letra, repartidos por el mundo.

Pero pasó como el que va de paso y en Córdoba eso no se puede hacer, no se debe hacer, nunca. Córdoba es una tierra única en muchas cosas, muchísimas, y sobre todo en el tema del duende, de la música de la guitarra. Yo, en esa última página que llevo escribiendo desde hace casi veinte años todos los domingos, con el nombre El Perol -que es pieza fundamental en la vida de esta geografía-, escribía siempre que me era posible de este genio indiscutible del arte de este tiempo nuestro, de este siglo, el anterior incluso, y el que viene por solo una razón.

Porque siempre lleva puesto -en la vida y en la escena- el sombrero cordobés, quizá sin saber que esta pieza es patrimonio de la cordobesidad, podríamos escribir si bien con cuidado, porque la Academia de Córdoba, de la que soy miembro, inmerecido, puede llamarme la atención y con merecimiento. Bueno, pues trabajé lo que pude para que Córdoba lo viera de cerca y en persona, pero no tuve suerte. No puedo decir que pasó desapercibido, aunque lo diga, por la sencilla razón de que costó una pasta gansa traerlo al sur de España.

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Cantó a su manera el hombre que dice que al único que respeta es a Leonard Cohen, que es tan triste como magnífico, y a la hora que tenía que tocar la guitarra y en el mejor sitio del mundo, pues fue y tocó el piano. Igual fue porque quiso llevar la contraria o porque sabía que de esa tierra era, es, entre otros, Vicente Amigo, por dar tan solo un nombre, o Paco Peña, que en unos días va a tocar en un festival de Londres como figura.

Una pena, pero menos mal que salió entre el humo de la gloria y la niebla del tiempo, porque nació en el cuarenta y uno, y dentro de unos días, ajusten cuentas y les saldrá, cumplirá setenta y cinco años. Toda una vida.

Y en cuanto lo de judío, en Córdoba hay mucha tela buena que cortar. Podría escribir un libro. Les contaré en otra ocasión sobre el tema, aunque sí les quiero decir, no obstante, que Dylan nació en Minesotta, donde yo he visto la casa de madera donde vino al mundo, en el corazón de una comunidad hebrea muy escasa.

Avisan que viene a España para hacer unos bolos, no sé dónde. Pero lo que yo sí quiero es decirles que le he dado la mano a Dylan, en aquel festival por la paz de California, a ver si encuentro la fecha, gracias, eso sí, a una, no diré vieja, amiga, ya que entonces y aún hoy tiene una voz joven y amada, que se llamaba y se llama Joan Baez, ya saben de quién les hablo.

La conocía yo de otros tiempos y otras esquinas en España, pero teníamos amigos comunes y con eso era suficiente. Bien, pues me dijo aquel día entre el barullo en el inmenso tumulto de los hippies que luchaban contra la guerra en Vietnam a su manera, cantando, fumando, gritando…

-Bob, te presento a Tico Medina, que es periodista y de España.

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Hizo así, con sus ojos medio abiertos ya entonces, y como si llevara puesta la guitarra, y yo le conté la anécdota de aquel Andrés Segovia -tan nuestro marqués de Salobreña- cuando un día mientras visitamos la Alpujarra Granadina, me dijo a la altura de Pampaneira:

-Yo no toco la guitarra eléctrica por si me da calambre.

Se río de un lado, como enseñando una muela que le faltaba. Era más zorro, al menos ese día, que cóndor. Después sentí especial alegría cuando le dieron el premio Príncipe de Asturias de lo suyo.

Ahora vuelve a España, que sepa, que es la la tierra donde mejor se toca la guitarra del mundo, para dar un par de conciertos. Siempre lleva puesto el sombrero cordobés, que aunque se use tanto por el mundo -incluso Coco Chanel lo adaptó en su tiempo para su moda de siempre- es patrimonio de Córdoba, insisto. Allí nació y de allí se dispersó por el globo.

Viene el poeta de Minnesota. Porque a mí lo que más me gusta es su poesía. Tiene también todos los premios del mundo. Está siempre dentro de las listas de oro de los posibles premios Nobel de las letras, que de la música no hay, todavía. Porque eso sí, es un excelente poeta, de verdad.

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Yo tengo alguno de sus libros de poesía en castellano, que aunque sea también en nuestro idioma, en el que no cantó la niña que cantó en la noche de Suecia el otro día, y que como cantó en ingles se quedó la veintidós, menos mal que ha pedido perdón públicamente. Y termino con una de las frases de Robert Dylan Zimmerman, que podría ser digna de un tatuaje. Frase un poco larga bien es verdad, pero más largo es un dragón chino con las narices encendidas y en toda su majestuosidad.

Dice Dylan: “Nadie es libre en este mundo. Ni quisiera los pájaros que están atados al cielo”.

Palabra de Dylan.

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