Belén Rueda, mejor que nunca

Tampoco tengo que explicarles de qué va el título y por qué lo digo. Lo saben ustedes que la ven, una vez a la semana por lo pronto -creo que es los lunes por la noche-, más o menos a las diez y media en la televisión. Hace un papel difícil, muy difícil, como esposa del embajador español en la serie La Embajada. Yo que conozco tantas embajadas españolas por el mundo, donde alguna vez he acudido para pedir amparo, les puedo decir que algo se parecen la de la serie y las de verdad. En cualquier caso siempre me atendieron. Incluso en una, en la de Guatemala, el día que cumplía creo que cuarenta y cinco años servidor, hay fotos memorables pero no frecuentes, como esa en la que el rey don Juan Carlos y la reina doña Sofía brindan con un servidor de ustedes, copa de champán en la mano, los tres, y más aún en uno de los retratos que es un tesoro, el Rey de España me tira de las orejas, es una gozada verla hoy después de tantos años.

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Bueno, pues en La Embajada aparece Belén Rueda -que realmente se llama María Belén-, madrileña pura, que acaba de cumplir la hermosa edad de los cincuenta y un años, dama elegante y con morbo, con mucho atractivo personal en los ojos, en la sonrisa, en la fiereza a veces, o también les diría que en la misma boca, aunque digan por ahí lenguas de triple filo, que Belén se ha operado de los labios, porque creía tener la boca muy fina. Me da igual, está bellísima, intrigante, mujer con secreto de amor, muy cerca, dentro, y sobre todo muy en su papel. Mejor imposible. Está llena de tirón personal. Espléndida. La mejor de un reparto de mejores. Les puedo decir que veo la serie solo por ella. Porque responde a un sentimiento de toda la vida.

Me atrae Belén desde que salió la primera vez, que yo recuerdo, creo que en un programa en el que hacía casi de azafata. Su historia es bien conocida ya. Muy joven se fue a vivir con sus padres -él, ingeniero de caminos, ella, profesora de ballet clásico-  a la costa mediterránea de Alicante, por problemas con una de sus hermanas que tenía asma. Ese mar es lo mejor del mundo para las alergias. Pero pronto volvió a Madrid a estudiar arquitectura, que aún le gusta y mucho aunque no llegó a profesionalizarse. Tiene buen gusto por las casas que tiene y ha tenido, por fuera y por dentro. Se ha casado creo que tres veces, aunque no me importa demasiado, sí sé que estoy viendo crecer a sus hijas, porque es además, y hace bien, muy cerrada para su vida verdadera.

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Ha sido durante mucho tiempo carne de teleobjetivo y ha hecho papeles en las series de médico, de profesora, de periodista incluso, que ha hecho suspirar a muchos compañeros, hasta a un servidor en el respeto de los años y la distancia.

– ¡Ya me habría gustado a mí tener una compañera en la redacción como ella!

Tiene un Goya por Mar adentro, aquella película donde se cuenta la historia de aquel que iba de capitán de su barco en el mar y que por un mal baño quedó parapléjico de por vida. Ella ayudó al desenlace que aquel hombre grande, tumbado, deseaba. Belén es una joya en el cine, en la televisión española. Ahora que hace de Claudia en La Embajada, atrae poderosamente. A mí también me recuerda, mucho, cuando hizo de princesa de Éboli, con su parche en el ojo, personaje que de por sí me gusta mucho, muchísimo, una de esas mujeres del pasado que pudieron cambiar la historia del mundo.

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Me hubiera gustado mucho preguntarle a mi amiga Almudena de Arteaga, descendiente de la Éboli, por esa mujer de la que ella -que es una magnífica escritora de las  novelas históricas- hizo su retrato. A mí me atraen con fuerza los personajes con un parche en el ojo, por ejemplo, el general judío Dayan, al que conocí en la guerra de los seis días, en Israel, bajo una tienda de lona de campaña, entre tanques, con un puñado de reliquias arqueológicas a su alrededor. También me gustaba mucho aquel cowboy mágico que creó para el cine John Wayne, con su ojo tapado por un parche oscuro que hacía juego con su sombrero de hombre justo. También me viene a la memoria don Jaime de Mora y Aragón, aquel hermano de la reina Fabiola que llegó a ser Rey de Marbella en su tiempo y que a veces se ponía un parche en el ojo para epatar.

Esta dama que lleva ya no sé cuántas películas, y que si quisiera podría hacer las maletas para Hollywood, donde tendría sitio, no solo haciendo cine, sino estando. Es reconocida también porque es sincera, buena actriz, además de espléndida para titulares rotundos como este que acabo de recoger de su fraseología personal: “Nadie puede quitarse de encima su pasado”.

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Yo añadiría, desgraciadamente, aunque no es su caso, sí que quiero asegurarles, que aunque algún día la he saludado fugazmente en la tele o en alguna copa olvidada a la que nunca soy un fiel devoto, tengo gana, me gustaría mucho hablar con ella, porque siempre tiene uno alguna pregunta por hacerle, sobre, por ejemplo, cuando hizo de jueza o de reportera en B&B. Igual algún día pueda darle un beso escapado en la mejilla. Alta, esbelta, seria, pero cuando abre la sonrisa, larga y cuidada la pierna y la melena, se me alegra este mundo feroz y feraz en el que me muevo. Como ella pero de otra manera, instalado en eso que acaba de descubrirse aunque es tan antiguo como el mundo, que se llama “la melancolía”.

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