Bastaba con decir su nombre: Encarna

El lunes por la noche vi cómo en el programa de Bertín Osborne, en la cinco, que volvió a dar la máxima audiencia, el dúo Martes y Trece volvió a recurrir a ella para que aunque era en ridículo, la audiencia subiera de grado notablemente.

Lógico. Estaban haciendo la parodia de Encarna y su tiempo. Con un teléfono, claro, como siempre. Porque aunque hay muchos y muy buenos profesionales en esto de la radio, lo cierto es que Encarna Sánchez fue una de las más grandes, y su resplandor permanece. Brilla todavía.

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Encarna era la voz del pueblo en la radio española. Había nacido en Carboneras, uno de los más hermosos pueblos del Mediterráneo español, en la provincia de Almería. Desde chica, desde muy niña, fue una rubia intrépida y valiente que tuvo que luchar mucho para sobrevivir, más aún para triunfar. No tengo que hacer su biografía para que sepan ustedes quién es. Está en la Wikipedia, varias páginas con su nombre. Todo o casi todo al menos de lo profesional, se cuenta que nació en el treinta y ocho, el diez de septiembre exactamente. Les puedo decir que como yo nací el once del mismo mes, pero de año distinto -o sea cuatro años antes- a veces lo comentábamos.

En la noche llamaba al corazón de la gente en soledad que necesitaba ayuda, o igual nada más y  nada menos que amistad, que no es poco en el tiempo en que vivimos. A mí como gente de la radio también me gusta la noche, la he hecho mucho tiempo, muchas veces, y la recuerdo como una de las grandes verdades de mi vida.

Juntos en la noche se llamó aquel programa en radio España con aquellas dos jóvenes reporteras que han triunfado en la vida periodística. Isabel San Sebastián y Nieves Herrero, por dar dos nombres, en otro programa aquel de radio Onda Cero hice aquello que se llamó La mano que mece la luna donde eché fuera el poeta discutible que llevo dentro. Amo la noche, aunque me acueste tan pronto siempre por razones de mi salud quebrada. Para Encarna hacía la carta diaria, para toda España desde la popular, la Cope. Tuve mucha, mucha audiencia. Incluso reuní en un libro mis cartas, un libro flaco que se vendió bastante.

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Encarna me dio esa oportunidad inolvidable. La quise mucho aunque a veces no era fácil el quererla. La admiré a fondo porque era valiente y era capaz de lo que fuera necesario por conseguir lo que se proponía, siempre algo que necesitaban los demás. Llegó a conseguir tres Ondas de radio, y viajó a México a pelear en la radio y en la televisión, donde también triunfó. Revolucionó la tierra de las revoluciones, discutida indiscutible. La más cercana del mundo, te hablaba al oído como un pájaro de la vida. Siempre ayudando.

En los amores fue una mujer con poca suerte, yo diría que mala suerte. No podía tener todo a la vez. Fue la más popular en su tiempo, bastaba con decir Encarna, ni el apellido hacía falta. Comimos juntos algún día, en el club Veintiuno de Madrid, en la calle Alcalá, uno de los sitios más caros de España. Era generosa, y a quien quería, lo quería sin fronteras. Era en su tiempo aplaudida y golpeada. La más grande. La última vez que nos vimos, Encarna ya tenía una hermosa casa en Marbella que luego vendió a Banderas y que Banderas acaba de vender por razones ajenas a su deseo. El mar está demasiado cerca. Vivía en La Moraleja, en la casa de al lado de Isabel Pantoja. Y se había hecho de una casa en Carboneras que ha llegado a ser como un museo de su propia vida. Les cuento como final, que ya enferma del cáncer de pulmón que se la llevó para siempre, nos encontramos, casualmente, en el aeropuerto de Barajas en la sección de pasaportes.

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Me alegró mucho verla. Me entristeció mucho verla también. Llevaba un pañuelo en la cabeza. Solo asomaba una sonrisa extraña, muy pálida.

– Tico -con intención- ¿no irás a llevar dinero a Suiza?

– No, Samaranch, el jefe olímpico me espera para una entrevista

– Te lo decía en broma, Tico. Yo voy a ver si encuentro la salud perdida. Tengo cáncer y me voy a mi día de radio. Me está viendo uno de los mejores especialistas oncólogos del mundo. En España también se hace y bien, pero estoy contenta con lo que me hacen con la quimio, en Suiza…

Le di el doble beso de lo habitual en las mejillas. Estaba fría. Olía a limón de su tierra de Almería. Sabía que era la última vez que nos veíamos. Y en efecto. Se nos fue a todos. Le tengo un gran respeto y como escribo a impulsos, esta mañana he deseado escribir de Encarna. Más que para defenderla, que no hace falta, ya se defiende ella sola con lo mucho que ayudó los demás a lo largo de toda su vida de luchadora, por decirle que la sigo recordando como una de las verdaderas inolvidables de mi vida. Te recuerdo, Encarna. Mi amiga, mi maestra.

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