Ana Belén, un libro de cumpleaños

El libro tiene un título en el que la protagonista ya se define: Ana Belén. Desde mi libertad, que ya de por sí lo dice todo. La libertad, como un tatuaje en la piel del alma, como un apellido verdadero, como lo que no se apaga, la libertad como una forma de ser y de estar, de vivir, de sobrevivir incluso. El libro que lo acaba de publicar La esfera de libros, está escrito, y muy bien escrito, y así hay que decirlo, por el periodista Miguel Ángel Villena, momento que aprovecho para dar la enhorabuena a los dos. A los tres, con la editora, porque es un libro muy bien hecho. Escrito que da gusto y contado por Ana de excelente forma y manera.

Si quiere usted saber algo que no sepa de esta popular madrileña de Lavapiés, famosa mundialmente, comprometida siempre con las causas más nobles, incluso jugándose la respiración, y sé lo que me digo, ya sabe dónde hay un libro de Ana, tan poco dada a espectáculos de la gloria efímera y que lleva una vida ejemplar con su marido Víctor Manuel, al que tanto quiero y él lo sabe, entre otras razones porque fue servidor el primero que hace tantísimos años lo presentó en aquel inolvidable festival del Puerto de la Cruz, en Tenerife, que tantos gratos recuerdos trae a este viejo contador de historias, que es lo que soy.

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Este es un libro que aparece cuando Ana Belén cumple sesenta y cinco hermosos y lucidos años. Está hecha una rosa, una rosa fresca, que es el único calificativo que tengo a mano porque acabo de verla en algo de televisión, quizá en un buen anuncio, paseando por la calle, y parece una criatura en la cuarentena, que como saben, apunto siempre, es para mí una de las mejores edades de la mujer. Y lo digo con conocimiento de casa.

Tiene ya dos hijos que ya circulan por el mundo de la música y de la escena, y algún nieto, que no me atrevo a precisar el número, pero que está en su biografía. Porque ella la ha dictado per-so-nal-men-te. Que si nació el 27 de mayo del 1951…

Ha hecho cine, si bien no demasiado, pero siempre bien. Por ejemplo, su papel inolvidable en aquella película La pasión turca, que fue libro antes, de mi casi paisano Antonio Gala. Esa por dar solo un dato, aunque la recuerdo apretando mi memoria, hecha una niña, en aquella Colmena, que en blanco y negro fue un golpe excepcional en el cine, como antes lo había sido la novela de Cela. Canciones muchas y buenas, sola y con Víctor, y todas con cosas dentro, aunque fuera vestida de diosa, en lo del Faraón, mostrando una pierna esplendida, o en esa La puerta de Alcalá, que se convirtió en su tiempo, cuando arrancaba, en un himno del Madrid de ayer, de hoy y de siempre.

Es María del Pilar Cuesta Acosta, que su biografia oficial dice por este orden, “cantante y actriz”, alguien que fue niña prodigio en el cine y que siempre quiso hacer lo que tuviera que hacer, pero hacerlo bien, ya fuera en el teatro clásico, como en las películas aquellas de casi niña. Tambien, que no quiero olvidarlo, me gusta aquello de cuando canta No sé por qué te quiero, ¡que es tan verdadero!

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Yo la he entrevistado, de niña a mujer, muchas veces, y espero que ella lo recuerde. Ha hecho televisión, a veces muy difícil y mandando. Sé que escribe y muy bien, y un dia, cuando la vi de lejos en Menorca donde veraneaban a veces, estuve a punto de pedirle un autógrafo, aunque lo tengo ya en una foto suya de hace tanto tiempo, cuando era una chiquilla ya esplendorosa. Elegante, sin alardes, su sonrisa es una joya, y canta con profundidad por leve que sea lo que canta.

Por donde va deja huella, en lo clásico o en lo moderno. Sé que le gusta más lo dramático, aunque ha hecho sonreir al respetable en alguna de sus muchas películas. Vive discretamente desde hace mucho tiempo donde siempre, y a veces, sube hasta ese Mieres, donde yo he comido naturalmente fabada, con él y con aquel profesor de arquitectura que fue Ezequiel, mi viejo amigo asturiano ya desaparecido. Un día hace muchos años, Victor Manuel me habló de un torero de Galapagar que empezaba y que se llamaba José Tomás. ¡Ya han visto dónde ha llegado el chico que entrenaba entre las piedras del pueblo madrileño!

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Ricardo Castillejo, en el Correo de Andalucía -que me gusta no saben cuánto y que leo siempre que vuelvo de Sevilla- hace de ella, aprovechando lo del libro, un retrato rápido, que quiero reproducir con fidelidad porque es lo que siempre digo, a cada cual lo suyo: “Tiene Ana Belén los ojos negros. Pesa entre cincuenta y dos y cincuenta y tres kilos, mide uno sesenta y seis descalza y es géminis. Adora las novelas largas, suele ir con frecuencia a ver espectáculos o alguna película, y cuida con esmero su cuerpo y su voz, los cuales, al fin y al cabo, son sus herramientas de trabajo”. Etc., etc.

¡Cómo me gusta su canción Lía! ¡Cuánto cuantísimo! No sé si continuará a veces mordiéndose las uñas, que no es ni un defecto ni una virtud, es una manera de defenderse de los nervios. Y termino, que ya es un retrato quizá más largo de la cuenta. Que la raza siga, que la raíz continúe, y Victor Manuel…

¡Ay aquella casa sobre Lastres, siempre lo digo, sobre el puerto más televisado el globo español, la piedra, la hiedra sobre el puesto pesquero…! Me dijeron:

-Llega usted tarde Medina. Ya le ha echado el ojo Victor Manuel, aquel de El abuelo Vitor…

Tambien ya le había echado el ojo a una niña -se casaron muy jóvenes los dos, por eso ahora ya tienen nietos- madrileña del corazón de Madrid que se llamaba, que se llama, Ana Belén. Que igual te hace reír que llorar. Claro, porque es una actriz y no una estrella, que es distinto. A por los setenta maja, y entonces te sientas y firmas tu libro, el tuyo, y cuentas lo que nunca has contado, y te lo dice quien sabe lo que son unas memorias y eso que casi nunca se cuenta. Que además, me parece muy bien. Pobre del que lo cuenta todo, la catarsis es mentira, bella.

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