A diez años de su adiós, juro que ‘la Jurado’ fue la más grande

Estos días hace diez años que se fue Rocío Jurado. No me gustan y lo saben ustedes, cada día menos, las necrológicas, pero es que tengo que hacerlo. Como el que reivindica. Como el que con una cierta responsabilidad sabe lo que dice, que más sabe uno por viejo que por sabio, y en esta ocasión por las cosas a un tiempo, y perdónenme por la arrogancia.

Pero es que es cierto. Con motivo del recuerdo de que hace diez años de aquel día, oscuro día, que dijo adiós luchando hasta el final contra aquello que, aunque se diga lo contrario, es imposible luchar, Roció se nos murió. ¡Maldita sea! Hoy todo el mundo en el oficio habla de ella. Insiste, en lo que digo arriba, en lo que grito, ninguna como ella.

Ayer en la mañana, muy temprano, a veces – que me gusta mucho- pongo Radiolé, escuché, sentí y volvió a ponerme la carne de gallina como se dice en mi pueblo de siempre, aquella copla, desgarradora, hoy más que nunca, en la que Roció canta aquello del agua que no has de beber, déjala correr, déjala correr.

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Siempre basándose en lo popular, lo de la entraña propia del pueblo andaluz que canta más que nada cuando sufre, Roció cantaba la copla como nadie. Era la mejor, la más larga, la más profunda, la que había aprendido desde la misma masa de la sangre. Aprendió a cantar como no se aprende, porque va contigo, no hay escuela que la enseñe.

Cantó de niña sentada en una silla baja de anea y nadie le enseñó, lo sentía como el aire, como el viento, decía lo que tenía dentro de una forma distinta. Sé lo que me digo, por eso hoy escribo de un tirón basándome más que en hechos reales, como siempre se dice, en lo que es la verdad más grande. La suya. Fui el primero en descubrirla, y eso me lo apunto como cuando el astrónomo lejano descubre una estrella en una galaxia lejana. Aquella niña Roció, de la que escribí en el ¡HOLA!, en la sección Siete días, siete nombres de mujer, rompió a la prensa en la página inolvidable de nuestra casa.

Cantaba en una especie de pequeña fiesta de La Mancha, sí, de La Mancha, en el Corte Inglés. Hasta hubo que pedirle una foto al que promocionaba el encuentro. Bien que la recuerdo. Parece que la estoy viendo. Fue en el Corte Inglés de la calle Serrano. La gaditana era linda y brava como una flor de mayo. Rompió a cantar entre ofertas de verano.

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Me gustó, me trajo el escalofrío, que es el aviso de mi alma, siempre, cuando me cruje la fiebre. Después nos conocimos mucho hasta que se hizo novia del torero Ortega Cano. Después, todo lo demás, porque fue carne de leyenda. A tope en sus grandezas, en sus tristezas. Todo se le notaba, no podía esconder aunque parecía que escondiera. Quiso, desquiso, y aquel día en las afueras de Madrid, cuando estábamos casi todos los que teníamos que estar, manolo Alejandro, Jesús Quintero -por cierto, ¿dónde estás viejo amigo único, inclasificable, loco de la colina?- y entonces fue y me dijo “la Jurado”:

– Tú no tienes por qué escribir mis memorias, aunque hayas hecho las de Lola Flores, las de Julio Iglesias y el Cordobés. No. Me las está haciendo, Antonio Burgos, el gran periodista sevillano. Tú tienes que hacer las de mi  “marío”,  las del torero José Ortega Cano.

Y escribí, cuando se nos fue Roció, Traje de luces, traje de cruces. Ya con Rocío al otro lado, aquel libro, uno de mis mejores historias, que al torero no le gustó, entre otras razones, porque no lo ha leído todavía.

Lo que sí les quiero decir es que aquello fue una orden para mí. Estaba muy cerca de ellos. De los dos. Los demás me importaban poco. Ahora ya todos los que de ese árbol salieron, forman parte de la fruta y la sombra, como he dicho más de una vez, de los Jurado y los Ortega. Casi un bosque, a veces con más sombras que luces.

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Pocos días antes de morir Rocío -estos días, se conmemora, hace diez años ya-, uno de mis hijos trajo desde Sudáfrica una especie de medicina milagrosa que estaba haciendo milagros al sur del sur. Una medio monja española lo cultivaba como una especie de patata  fabulosa, tubérculo mágico, especie de ginseng, que curaba el cáncer.

No supe si le sirvió a Roció, que se nos iba en el hospital de Madrid, y agonizaba como quien dice en la mitad de la calle, frente a las cámaras de la televisión. Entonces todos aquellos personajes, como mucho secundarios, eran solo eso. Estaban alrededor de aquel dolor de toda España. Hoy son millonarios,  famosos -no populares, que es distinto-, y han alcanzado las cotas más altas del interés de la gente. Pero ella permanece siendo la primera, la que va por delante, cantando, siendo, y hasta muriendo.

Diez años ya y sigue siendo la mejor. Se dice que “fulana de tal es la heredera y sucesora de la Jurado”. Es mentira, es falso. La escucho de nuevo hoy mismo en la efemérides, cantando Señora, de Manuel Alejandro. He vuelto a sentir en mi interior esa voz de sangre y de cristal, que era la suya. Por eso vuelvo a traerla a este blog, en el que cuento lo que siento, lo que sufro, lo que me alegra y me entristece. Y se me paran de nuevo los pulsos. Roció sigue siendo la más grande.

  • Cuando de adolescente, alla por los 80 en el sue del sur callo en mis manos un numero de Hola me acuerdo que me enganchaban mucho sus entrevistas. Muchos recuerdos y admiración por su estilo tan particular. Quería preguntarle si llego a conocer a Estefanía de Mónaco en aquella época y por que no escribir de ella hoy día?

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