Volvió Victoria Vera

Y para bien, como siempre que vuelve. Retorna con ella la fuerza de la voluntad, su extraordinaria sonrisa que tanto me gusta porque parece que lleva una daga entre los dientes. Una daga de platino y amianto. La veo poco, pero, voy a decirlo de una vez, la quiero mucho. Hace ya muchos años, en los que ella era una criatura, valiente, que lo arriesgaba todo, lo físico y lo químico, Anthony Quinn, con el que hice, como saben, sus memorias para ¡HOLA! hace no sé cuánto, un día, creo que en Londres, en aquel hotel en el que vivíamos cerca del Hyde Park, me confesó una mañana en el primer tequila. Y estábamos hablando de Marilyn Monroe, a la que Tony conoció tanto. Tanto.

-Te diré algo. Vosotros tenéis en España una Monroe auténtica. Con más talento que Marilyn, se llama Victoria Vera. Es una delicia de criatura.

Ahora recuerdo aquella confesión que aprobé de inmediato. Bien, pues además de eso, Victoria Vera es valiente, otra más, y no sigo, que aparte de bella, porque es bella, ni linda, ni hermosa, o además de eso, bella, exquisitamente bella, atractiva, de romperse, y aunque los cincuenta ya los ha cumplido, se lo juega todo a una carta, como ahora que se ha subido a la escena para hacer Salomé, donde por debajo de sus siete velos asoma el desnudo formidable de su actitud.

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Dice siempre lo que piensa, cosa que es mala, muy mala, y más en el tiempo que vivimos, que se publica todo, y nunca está fuera de sitio cuando reaparece. Lo hace más en la escena que en el patio de butacas, porque prefiere tomar el sol o la luna de su terraza admirable sobre el paisaje madrileño, en la misma casa donde vivía, creo, Lola Flores, mientras yo escribía sus memorias.

A veces la encontraba paseando por la Castellana, Victoria Vera, vestida, eso sí, de Victoria Vera. ¡Qué bien que habría hecho esta mujer misteriosa el papel de Virginia Wolf! Digo yo, que pienso en voz baja. La entreviste más de una vez en su ático, que creo que tenía hasta su piscina, y acaba de aparecer en el teatro aquel de Gala, con Ulises de protagonista, y ella, de clásica mágica y poderosa. ¡Ay si esta dama hubiera vivido en el tiempo de los Césares! Valiente niña, que en el setenta y tantos, de pronto, en la escena, haciendo el teatro puro y duro, sin que le dolieran los hombros, ni los hombres, se deslizaba la túnica que cubría su hermosa piel de muchacha!

Y  rotundamente y en su totalidad, aparecía vestida de su propia desnudez, aparecía aquella dama, en aquellos días. Se le llamó la Musa de la Transición, y ella lo aceptó con indiferencia.

Tiene, creo que cincuenta y seis años, que es cuando la mujer otoñea, y está más más que nunca. Y escribo dos veces más. Ella tiene dos uves en su vida, o sea, tres con esta, y eligió aunque se llama de otra forma, Pérez Díaz, lo de Victoria y lo de Vera porque iba de verano, otra uve, a veranear a Vera del Bidasoa, en Navarra, en aquel sitio precioso donde vivía don Pio Baroja en aquella casona junto al rio, aunque yo le entrevisté en Madrid poco antes de marcharse con su boina y sus zapatillas de felpa, antes de marcharse en su casa de la calle Juan de Austria:

-¿Y usted por qué se hace llamar Tico, con lo grande que es llamarse Escolástico? – me dijo don Pio en su mesa de camilla con el Museo del Prado al fondo.

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Bueno, pues Victoria, y Vera. Se la comparó entonces por lo de su nombre, las dos uves, con las dos Bes de Brigitte Bardot, de la que también tuve conocimiento cercano y a la que entrevisté en distintas ocasiones. Curioso, ¡otra de las mujeres a la que vi en estado natural! Esta vez en la película aquella de Los joyeros del claro de luna, y después Victoria, en la escena del teatro de Ulises, que fui dos veces a verla, porque además, estaba espléndida, y era en el setenta y cinco.

Ay los recuerdos, malditos y benditos sean. Hace poco, Victoria y servidor, presentamos una entrega de premios para mayores en un teatro de Madrid, y me gustó verla. Aquel olor de gran actriz, aquella sonrisa traviesa de siempre, sus ojos, que te atraviesan… glamour en altas dosis, querida V.V., dama espléndida. Películas, muchas, teatro, a raudales, verdades, a manta, querida Victoria que ha regresado, con el salome al teatro, jugándose de entrada su dinero como empresaria.

Hemos conocido, al menos yo, a lo que se decía que eran sus amantes. Discreta siempre, en lo suyo, muchos proyectos siempre, y la capacidad prodigiosa de la espera, sabia, serena, gran esqueleto, curtida en el silencio. Aquí entre nosotros les podría decir que hoy incluso de haber sido posible, podría ser Duquesa de Alba, dado que en su día estuvo muy cerca del Duque Carlos, cuando era Duque de Huéscar.

Ya termino porque se me nota mucho, digamos la admiración, la devoción incluso por esta mujer, a la que aún no se le ha dado, y sé lo que digo, esa serie en la televisión, que haría lo que le echaran con toda gloria y reconocimiento.

Sí me gustara Victoria, que hoy, quería escribir de dos criaturas formidables que se nos fueron, la abuela maravillosa de Almodóvar y el cantante que un día me dijo con aquella voz rota del aguardiente de la vida:

– Iba buscando el cielo y me encontré en el infierno.

Adiós Manolo Tena, adiós Chus Lampreave. Vuestro recuerdo, pero he preferido, además, estas líneas de la resurrección, de una mujer también excepcional, como vosotros, a la que quiero no ver anocheciendo, sino al amanecer, Victoria, maja. Tuyo, Tico Medina

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