Javier Fernández: fuego en el hielo

Ya era hora. No lo digo porque haya conseguido elevarse sobre todos los demás como “el mejor patinador del mundo” con su oro de hace unos días en Boston, sino porque ya era hora, digo, que nos hayamos enterado de una vez por todas, que lo sabían bien pocos, que teníamos, tenemos y vamos a tener al mejor patinador sobre el hielo en el planeta Tierra.

Ya era hora, insisto, en que por encima de otros deportes, que desde luego respetamos y aplaudimos, la victoria de este españolito de Madrid hasta el tuétano, haya sido un notición a escala mundial, y sobre todo merecida, en un deporte en el que sin ser de élite, somos pocos conocidos.

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Hasta ahora, hasta hace unos días, que este madrileñísimo Javier Fernández ha colocado el nombre de España gracias a su podio en el lugar más alto. No sabe cuánto se lo estamos agradeciendo. Momento que aprovechamos porque en unos días será su cumpleaños. Veinticinco añitos, y la cabeza y el corazón juntos, la pasión y la razón, la  técnica y el sentimiento, juntos, en el mismo personaje, que  sin género de dudas y después de un inmenso trabajo, de todo tipo, la cultura de la sangre, la cintura del ejercicio, la disciplina feroz, por encima de cualquier otra cosa, y el deseo, por encima de cualquier otra virtud, escriben los que saben de este arte y deporte, y que se reúnen en este madrileño, que ha conseguido la más alta puntuación en lo suyo. O sea, ha puesto eso, el fuego de su talante, de su talento, al servicio de uno de los deportes más difíciles que en el mundo se practican, teniendo en cuenta, además, que cuando empezó a despuntar por encima de los demás, en los modestos campos de hielo cerca de Madrid, solo había diecisiete lugares donde practicarlo en toda España, frente a los miles, que existían en países, como Canadá o Estados Unidos.

Javier, además, consiguió este título impecable con una fuerza implacable. Ni una equivocación, no sé cuántos años en silencio, y encima en el momento en que consiguió, el título de oro, de hace unos días, atención, que llevaba al mismo tiempo, unas fortísimas  y constantes, diarias, sesiones de fisioterapia, uno de sus tobillos se resentía, a veces se quebraba, frágil como el cristal cuando debe ser de titanio.

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Y además consiguió ser el primero, el mejor, con la voz de Sinatra en el acompañamiento –Guys and dolls, una canción inolvidable de la Voz-. Es interesante recoger lo que un crítico canadiense, especificaba:

– Sólo en un momento bajó Sinatra su profunda garganta de oro, y fue cuando sonaron los inmensos aplausos de los asistentes, al gran suceso que llenaban el gran estadio.

El día antes o dos días antes, yo le había visto, picoteando en la oferta por casualidad, y así debo decirlo, en un momento infeliz para Javier, en el mismo lugar y dentro de la misma cita. Algo pasó que el deportista madrileño tuvo un fallo de resultas de “una quiebra en el aire”, no era la primera vez, que ocurre con frecuencia en esta disciplina deportiva después de un salto, y rápido cambie de sintonía. Lamento mi traición, mi cobardía. Porque con la misma lesión en el tobillo, el joven madrileño, hijo de militar y funcionaria de correos, horas después conseguiría la gran marca: 314 puntos del exigente jurado, con noventa y tres, además de dos dieces, del jurado. Un récord en todos los aspectos, la maldición se convirtió en bendición, y Javier consiguió lo soñado. Lo deseado, menos mal que España recogió de una forma discreta el triunfo dificilísimo. Que ya vamos conociendo. ¡HOLA! se siente especialmente feliz porque ya había detectado a Javier, y lo había tenido en su patio de hielo hace unos meses.

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Pero el ganador, con su traje de competición, una sencilla camisa clara, sus patines, su pantalón estrecho, sus tirantes, guapo, que también hay que decirlo, con carita de niño bueno, quiere que se reconozca con su éxito el de su equipo, que es amplio y brillante. Su  entrenador, Brian Orson, que detectó el metal especial del que estaba construido el campeón hace tiempo; Tracy, su segundo entrenador; Antonio Najarro, el director del Ballet Nacional de España… que en otra ocasión acompañó también a Javier con la voz de Plácido Domingo, porque el campeón debe ser también un experto y sentido bailarín, de ahí que no sólo sea ejercicio, sino duende lo necesario…

El japonés Hanyu, que es su más inmediato competidor, que gana casi siempre en la difícil competición y que, dato interesante, está entrenado por el mismo Brian, ha reconocido públicamente la “extraordinaria exhibición”, de su además amigo Javier, “y ya se prepara, junto a él, para la próxima”. El madrileño vive en Canadá, en Toronto, a veces se deja caer por su Madrid, mide uno setenta y cinco, y es un ejemplo de equilibrio, cabeza, corazón, rigor y amor al mismo tiempo, inspiración y ni una sola equivocación, control… una serie de virtudes que son absolutamente necesarias para si no triunfar, simplemente estar, que no es poco, en un mundo difícil y poco conocido, al menos en España.

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El año que viene los Reyes Magos traerán más patines que nunca. Aumentarán las pistas de hielo, o al menos eso esperamos. Y Javier, deseamos que primero sea conocido por todos y después, que sea también imitado en su vida y en su obra. Emociona verlo manteniendo su elegante y difícil equilibrio, como “un cisne verde”, que le han llamado también, envuelto en la bandera de España.

Javier, campeón, muchas gracias. En el hielo, más cerca del cielo que del suelo.

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