Gregory Peck, aquel que jamás mataría a un ruiseñor

Hace pocas semanas, desaparecía una de las más grandes novelistas americanas de los últimos tiempos: Harper Lee, que escribió entre otros grandes libros, el titulado Matar a un ruiseñor. De ese magnífico libro se hizo una película también extraordinaria, que fue protagonizada por aquel actor de raíz escocesa, aunque nacido en la Joya, frente al océano Pacífico, que se llamó Gregory Peck.

Por eso y nada más que por eso, que no es poco, se me ha ocurrido titular de esta manera, porque según coinciden todos sus biógrafos, que son muchos, Gregory fue sobre todas las virtudes que le adornaron, particulares y profesionales, una “muy buena persona”. Un gran hombre. Como además, hace muy poco, que se han cumplido los cien años justos, el siglo de su nacimiento -cinco de abril- traigo a esta cita nuestra de las cuatro esquinas de la actualidad y la memoria, el retrato de un grande al que además tuve la suerte inmensa de conocer en persona.

Y además, le entrevisté, está en la colección de Pueblo de hace más o menos sesenta años. Sí. Sesenta años, porque yo era entonces un joven reportero que empezaba a ser enviado especial de su periódico. Y a finales del cincuenta y seis me enviaron a las Palmas de Gran Canaria, entonces tan lejos.

– Ve y entrevista a Gregory Peck, que está rodando en la playa de Las Canteras la novela Moby Dick, de Herman Melville, que imagino que ya habrás leído y si no, te la lees en el vuelo que dura cerca de tres horas.

Y eso hice.

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Lo compré en una librería de la calle Serrano de Madrid, cerca de la plaza, junto al Retiro, y en el entonces largo salto, clase turista, casi me la leí entera, incluso haciendo algunas anotaciones. Y eso sí, me encontré con uno de los grandes libros que han marcado mi vida para siempre. La apasionante historia de aquel capitán de barco que durante su dura vida de marinero recorrió los mares del mundo con una dramática fijación.

Encontrar a la ballena blanca, inmensa, que le había herido para siempre. La prueba la llevaba siempre encima. En su primera lucha contra aquel monstruo de la mar había perdido una de sus piernas, que había tenido que sustituir con una nueva, eso sí, fabricada en marfil de cachalote.

Todos los que a bordo iban con el capitán Ahab, sabían que no era su deseo llenar de aceite negro de ballena las bodegas de su gran barco, para alimentar los últimos faroles del mundo entero, no. Ahab, el capitán feroz, solo deseaba encontrarse con “la ballena blanca” para acabar con ella como fuera. Ese era el único deseo que le mordía el deseo del alma.

La película que se rodaba la dirigía John Huston, gigante del cine, al que yo trataría dos o tres veces más. Una de ellas incluso en una entrevista en el programa de los sábados tarde que hacía en Televisión Española, otra vez, con Julio Iglesias que le quería comprar la extraordinaria bodega del mejor vino que tenía en un castillo de Escocia, y también cuando me acerqué a verlo en aquella casa que tenía junto al mar en México, cerca de Puerto Vallarta, y a la que solo se podía llegar por el océano. Siempre supe que se trataba de un personaje, en todas sus acepciones, irrepetible.

Pues no iba a verlo a él precisamente, sino a Gregory Peck, que hacía el papel del mítico capitán Ahab de la historia. El de la pata de palo, que además ya estaba en el hotel Santa Catalina, de las Palmas, inolvidable para mí por tantas cosas, y  luciendo una buena barba de ballenero, de otra época, esa barba que ahora se lleva mucho y que no permite más que el paréntesis de la barba, pero sin bigote.

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Era un tipo extraordinario. Mereció con el tiempo un Oscar. Pertenecía a la raza de los privilegiados del cine, incluso no se le conocían más amores que los justos. Tuvo dos hijos con su primera esposa, que le hicieron daño en el alma. Uno se suicidó de un tiro en la sien, y otro estuvo siempre desequilibrado. Las dos historias tan cercanas le cambiaron mucho, pero se mantuvo siempre, aún con eso, lleno de esperanza y confianza.

Hablé con él allí largamente, en muy distintos lugares. Bebíamos del dulce vino del volcán de La Palma, y almorzábamos papas arrugás con ese delicioso pescado llamado “la vieja”, que es único en la Afortunada. Y mojo picón, y timple, y canciones de las islas…

Le vi ver crecer a la ballena, de sesenta y cinco metros de armadura, que se estaba construyendo de madera en un taller inmenso cercano, y lo conté todo en mi periódico. Iba para una entrevista y fabriqué una serie. De entonces me viene ese amor inusitado que siento por las ballenas, es más, ahora mismo que escribo en mi casa de Madrid, que es la suya, en este lunes de primavera nublada, hay sobre mi mesa un colmillo de cachalote que compré en la Polinesia, y que ofrece tatuada  la imagen de un barco de vela y el retrato de un capitán posiblemente pirata.

Libros, papeles, estudios, documentos, viajes por el mundo en torno a la leyenda de la ballena blanca, que al final de la historia acabaría con el propio capitán y su barco, en una lucha desaforada y desigual.

Bueno, pues había tenido la inmensa suerte de entrevistar al héroe de la película. Y con él estuve, siempre a su lado, más o menos una semana. De entonces también nace mi amor por las Canarias, tanto es así que allí un veinticinco de julio, día de Santiago de las grandes mareas, en la punta de Fuerteventura, con mis dos hijos pequeños entonces, que ya hoy me han hecho abuelo, estuve a punto de ahogarme con ellos.

La marea viva más fuerte me sacó más de un  kilómetro frente a la playa donde teníamos, absolutamente solos, una casa blanca, marinera, única, que aún sigue en pie, y a la que siguen llamando, porque así le puse, “la casa de la ballena”.

Puedo contarles, que es mi oficio y mi vocación, que levantamos aquella casita junto al esqueleto inmenso de un cachalote que un día devolvió entero una tormenta. Nadie tenía aquello, pero nadie, sin embargo, lo hicimos nuestro en la arena misma donde hoy se levanta un hotel de cinco estrellas que recibe a los viajeros de todo el mundo. Está frente a la isla de Lobos, donde por cierto, nació en su día Alberto Figueroa, mi viejo amigo de toda la vida.

Mucho que contar. Pero lo cierto es que conocí al hombre que hoy recuerda el almanaque. Tenía ochenta y siete años cuando murió, persona especial, que fue enterrado, en la propia catedral de Los Ángeles en una capilla especial.

Fue grande hasta el día de su muerte. Había hecho mucho cine, y muy bueno, podía presumir que no lo hacía porque era hombre sencillo, hasta humilde, eso sí, elegante, muy guapo, de haber besado en la boca a actrices como Ava Gardner, Ingrid Bergman, y hasta a Audrey Hepburn en el plano final, creo, de Vacaciones en Roma, donde contaba la historia de un periodista americano que iba a Italia a entrevistar a una princesa.

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La subió en la carroza de su motocicleta Vespa y la enamoró. Sin embargo, y aunque entonces su corazón estaba relativamente libre, no hubo romance reconocido. Sí fue en Roma donde se casó con una periodista italiana que había ido para hacerle una entrevista. Se llamaba Verónica Pasarini, una reportera romana, que fue su esposa algún tiempo.

Ahora se recuerda y con admiración, a este hombre excepcional, que sobrevivió a un tiempo de amargura y soledad. Dicen que se fue mientras dormía junto a su esposa en California. Por lo que dicen fue del corazón, de pronto y sin sufrir…

Era una manera de la vida de agradecerle los servicios prestados al mundo y el tiempo en que vivió, yo le vi después haciendo aquel papel impresionante en Duelo al sol, ¿recuerdan? También parece que le estoy viendo en el papel dificilísimo del General MacArthur, con  el que coincidí una tarde en el Waldorf Astoria, de Nueva York. Él subía a su suite privada en la planta de los reyes. Sé cómo olía. A leyenda. Llevaba entre los dientes una pipa de mazorca de maíz, filipina, era un Dios de paisano. Pero esa es otra historia digna de recordar. En su día lo haremos.

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