Ecuador, hoy te quiero más que nunca

Un día, estando al sur del sur de América en la casa chilena, una de ellas de Isla Negra, casi dentro del mar, Pablo Neruda -premio Nobel-, envuelto en su poncho de lana de vicuña, me dijo mirando a lo lejos:

– Ahí lo tienes, que le llaman el océano Pacífico, y sólo es de nombre… es un océano feroz, bello y salvaje.

Cierto. Hace unos días tembló la tierra en el Japón, una semana después, se movía la tierra de Ecuador. No hay más que mirar al mapa, el Pacífico une a los dos pueblos, y es verdad. Les une y les separa. Bajo el océano duro y hermoso se han meneado las placas submarinas. El globo ha vuelto a ajustarse. Un inmenso dolor, siempre, cuando así quiere que sea la naturaleza. Podríamos decir que a veces protesta. Da el grito. Trata de llamar la atención. Pero no quiero que sea la mía hoy una crónica sobre el calentamiento global. No. Hoy es una página de dolor la que voy a tratar con la mano en el corazón, donde dicen que están los sentimientos. Porque yo amo al Ecuador, ¡lo he dicho tantas veces! Lo he escrito, está en mi libro gordo, en mis crónicas de ABC, está en la televisión, donde lo conté desde el asombro y la sorpresa. Está en la radio con sus sonidos de siempre…

1

En el Ecuador está el corazón del mundo, donde un asturiano levantó un imperio, del Ecuador son muchas de mis cosas por mi casa desperdigadas. Ecuatoriano era aquel portero que guardó mi casa de Madrid, telemazonas de llamaba aquel hermoso y claro estudio que había sobe Quito. En la capital compró aquel cuadro que se me encogía con el paso de las estaciones. O se me estiraba. Estaba pintado sobre una piel de llama andina. En Quito acompañé a El Puma, José Luis Rodríguez, el viejo amigo que cuando estaba en la luz hablaba como un misionero. Era un misionero venezolano en tierra extraña. En el norte de Ecuador, pasé a Guayaquil, ¡aquel calor formidable!, una de las ciudades más calientes de la tierra. Y salté hasta Galápagos, que es también Ecuador, y que no sabemos si en las islas de los grandes quelonios, de más de trescientos años, llegó el seísmo o pasó de largo.

Escribo en la mañana del dieciocho –lunes- de abril, cuando es noche en Esmeraldas, en Pedernales, o en Porto Viejo, que yo conozco. Me he bañado en sus aguas mágicas. Tengo mis camisetas de aquellos días, con las que podríamos hacer un grafiti formidable. Me he asomado esta misma mañana al dibujo del hombre sentado en la silla, que me regalo Guayasamin, uno de los más grandes pintores de América, que me subió hasta su estudio sobre la capital, aquella ermita blanca, preciosa, donde todo era luz y el pintaba entonces, la galería de los militares terribles que asombró al mundo. Diciembre del setenta y nueve de su puño y letra.

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Cuando voy a la casa de Raphael, en Madrid, siempre veo ese retrato que le hizo. Una joya. Por eso, quizá, uno de los primeros telegramas que se han enviado hasta el terremoto ha sido de Raphael. Lo habrá puesto Natalia, por cierto, niña, gracias por las gracias que me diste el otro día por lo que de ti escribimos en tu retrato de urgencia.

Te quiero Ecuador, en la alegría, en la tristeza, más en lo segundo, si así debe ser porque con amor el dolor se mitiga. Por eso te aviso que estamos ahí, no solo porque haya dentro de España ya más de 150.000 ecuatorianos, aparte de los españoles que hay en Ecuador, que son muchos. Limpio aire azul de Quito, ¡qué bellas las iglesias de La Devoción…! Escritores buenos, intelectuales fantásticos, filósofos de las alturas, que sólo dicen lo que se necesita. Más de 250 muertos a estas horas. Miles de heridos, escombros, gente buscando entre las piedras humeantes. Ciudades pequeñas que se han perdido en el mapa de la catástrofe. Aviones españoles que llevan plasma, y lo mejor, soldados expertos en las ruinas, perros que merecen el premio Nobel, bomberos que conocen como nadie cuando hay una respiración bajo el último pliegue de una casa derrumbada…

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Te recuerdo, hoy más que nunca Ecuador, Quito, capital, donde se respira el aire más limpio de la tierra, donde los toreros por dar un dato, casi deben llevar en la cuadrilla entre los tratos de lidiar, una botella grande de oxígeno. Música del Ecuador, el cóndor en lo alto de tu bandera. Ecuatorianos míos, cuya música escucho en vuestras emisoras de Madrid,  pueblo hermoso, alargado, único. Gente acostumbrada al sacrificio. He tenido unos calcetines ecuatorianos para dormir en las noches de frio mesetario. He hablado con tus presidentes, aquí y allí, he comido al pie de los volcanes dormidos y de los lagos de la altura.

Pueblos con nombres españoles, lengua quechua que alguna vez quise aprender. Viejos franciscanos, jóvenes jesuitas, técnicos del petróleo, coleccionistas de meteoritos, la virgen que me guarda, que me cuida, hoy sobre mis sueños y mis dolores, es una madre de Dios entre encajes que compre corriendo en aquel sitio. El petróleo y la canela. Mi libro de la crónica de América, que no se encuentra, hice muy pocos, está llena de tus sentidos, de tus querencias, de tus dolencias.

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Dicen que el terremoto fue casi ocho en la escala de diez. Trópico de la mitad de la tierra. Ecuatorianas lindas, viejos quiteños de edad infinita, niños que tendrán estoy seguro un futuro mejor, España qué sería de España hoy sin los ecuatorianos que la trabajan, la cuidan, incluso la aguantan. Dicen que la tierra  tiembla a nueve mil kilómetros de España, sí, pero también mi corazón como una hoja seca del árbol de la papaya. Por hoy, ahí llevas, ya no hay quien por mi apueste en la distancia. Pero he sido y soy especialista en terremotos, voluntario siempre, que cuando había uno, volaba a su encuentro.

– Vengo a ayudar y si me queda tiempo, contaré lo que pasa.

Esto es lo que hago hoy, Ecuador, pero sigo a pie de obra, removiendo también los cimientos de mi admiración y mi pasión. Nos seguimos viendo, Ecuador de la mitad del mundo. Resucita, joven pueblo, que resucita de todas las muertes. Te quiero Ecuador, hoy más que ayer pero menos mucho menos que mañana.

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