Con el padre Vicente Ferrer aquel día en Castilla

Leo en algún sitio, pero de hoy mismo, leo mucho allí donde puedo, que aún no he perdido la capacidad para la sorpresa y menos mal, que en Anantapur, en el inmenso mapa de la India que es como otro planeta distinto, así titulé mi primera crónica el día que fui a entrevistar a Indira Ghandi, la Primer Ministro, que en Anantapur vive ya el llamado milagro del español Vicente Ferrer, porque ya tienen agua que beber, techo donde aguantar la lluvia, cuando llega, que es inmensa y demoledora, suelo sobre el que tender sus alfombras de mijo etc., etc.

O sea, tienen vida. Encontraron la vida que un español les indicó, les buscó, les ayudó en su día, hace años. Porque Vicente Ferrer no está, se nos murió a los ochenta y nueve años, y bien que lo lloramos en su momento, y ahora, pero el caso es que lo que entonces puso en marcha con grandes esfuerzos, con grandes enemigos, se ha conseguido. A ello, sin duda, ayudó mucho su esposa, aquella periodista inglesa que fue un día a entrevistarle y allí se quedó para siempre. Para ello, el jesuita Vicente Ferrer no tuvo más remedio que colgar sus hábitos como sacerdote católico y quedarse para siempre entre los suyos. Porque los suyos eran aquellos que nada tenían, pero nada de nada, aquellos que eran sin embargo, como él decía, me dijo, “hermanos de Cristo”, el hijo de Dios.

Yo tuve la inmensa suerte de vivir con él un largo, hermoso e inolvidable día en Gumiel, corazón de Castilla, capital del buen vino de Ribera del Duero, del que por cierto en su día hice el pregón de su historia.

vicenteferrer2-efe

Un matrimonio amigo, burgalés, que siempre me abría las puertas de su hotel y de su amistad, y que además, hacían el rico vino Valduero, que tanto gustaba por ejemplo a Anthony Quinn. Me invitó a estar un largo fin de semana en su casa antigua y redecorada de aquel pueblo de Castilla la Vieja, como se decía antes.

Y así, el periodista que esto escribe, tuvo la inmensa suerte de compartir todo un día, a veces a solas los dos, con el padre Ferrer, aquella gloria de los hombres, aquel aventurero de Dios, que había nacido en Barcelona y había buscado a Cristo por todas partes. Soldado, guerrero en el campo de concentración, preso, monje buscando la paz, carpintero, ebanista, albañil, filósofo de talla poderosa, buscador del agua de la verdad, jesuita un tiempo, en fin… lo que se llama un fuera de serie y alguien de quien aprender y mucho.

Y eso hice con él,  porque yo no conocí su sitio de la India, donde había llegado a enseñar a vivir a los más pobres, a los parías del mundo, a los que no sabían siquiera que si no tenían agua, debían abrir pozos, y les compró motores y tuberías, y trajo técnicos, y enseñó, sobre todo enseñó, pero con ellos, sobre unas sandalias muy usadas dentro de una ligera túnica, no negra, sin alzacuello, y para ello, aprendió el difícil maratí y fue fiel a lo que el gran soldado me dijo un día, allá lejos, al sur del sur, aquel misionero del que no he vuelto a saber nada desde aquellas tormentas bélicas de Managua:

-Primero se debe enseñar a los que nada tienen a masticar, a comer y darles que pueda hacerlo, después se les puede enseñar a rezar, aunque solo sea para dar las gracias de lo que consiguieron.

De ello hablamos aquel día entre ovejas, sobre el río truchero, en el fresco de la bella bodega, en el soportal de la casona, o antes de subir a dormir a las alcobas bajo las viejas maderas junto a la chimenea que ardía con madera de las últimas encinas….

pobrezaindia

Paseábamos los dos en aquel pueblo mágico, último, a lo lejos las vidas, el río truchero, hablando y hablando. Volvía el padre Ferrer de un golpe de corazón que a poco se lo lleva Dios antes de tiempo. Pero había sobrevivido…

-Llámame Vicente, que tengo la sensación de haberte conocido ya hace mucho tiempo…

-Vicente, ¿qué podemos hacer por ti? Ten cuidado que los médicos te han dicho que no des tu corazón más que lo necesario…

Se reía de buena gana con su barba gris de viejo comunista que había sido en sus primeros años de vida, todo para todos, pero para todos, y me hablaba de la India, donde no hay tiempo para hacer filosofía de la trascendencia, sino para que los millones de seres humanos que no saben otra cosa que sobrevivir, aprendan a vivir, como poco con lo que fundamental que necesitan, el agua.

Era un gran tipo. Le retraté junto a una puerta antigua, vieja, de pueblo.

-También hay hermosas puertas en la India, de los viejos palacios, de los maharajás, pero casi todas se traen a Europa a las mansiones de los nuevos ricos…

Había nacido en abril del 20. Estos días, ajusten cuentas, habría cumplido noventa y seis años, creo, si no me salen mal las cuentas, en Barcelona. Siempre quiso estar del lado de los más débiles, hablamos incluso de una película que la Fundación quería hacer. Creo que yo le di un nombre en mi manía de siempre de titular.

Podría llamarse El hombre del paraguas rojo, que era lo que llevaba él. Nadie más que él bajo el infinito sol de la India lejana, sin agua, sin otra cosa que las boñigas de la vaca, que además como era, como es, sagrada, por su catecismo y su religión, no puede comerse. Y eso hay que respetarlo, “eso va a misa, Escolástico”, forma parte de su devoción, de su tradición, incluso de su futuro…

Le echaron más de una vez de la India los ricos y los oficiales. Claro, pero luego llegó Indira Gandhi, de la que os hablaré algún día y con la que hablé en aquel huerto de la capital entre rosas y espigas, namaste, namaste, namaste… era el saludo juntando los dedos de las dos manos como en plan de oración y bajando levemente la cabeza…, poco después de aquella entrevista de la que hoy de vez en cuando habla en su columna de El Mundo, mi compañero y maestro Raúl del Pozo, y de la que siempre dice: “Tuvo que disfrazarse de mendigo para ser recibido por la primera ministra”.

Eran otros tiempos. Íbamos de enviados especiales, a un planeta nuevo, cremalleras, bolsillos, aire de aventura… Le retraté en Gumiel entre los niños y le di un consejo antes de que se subiera a dormir a la alta alcoba de altísima subida:

-Padre Ferrer…

-Te dije que me llames Vicente a secas… ¿vale?

– Sí, pero cuídate…

vicenteferrer1

Sé que habían encontrado la cama blanda, tan alta, sin deshacer. Que quizá había dormido en el suelo sobre una estera de esparto. Hoy la noticia es que lo que hacía, lo que quería el padre Ferrer, su Fundación, creo que en un tiempo hasta fui padrino de un niño indio, hoy, ya es un milagro conseguido.

Sé que no es tiempo de milagros, lo sé. Así que no he querido titular, Los martes milagro como aquella película de entonces. Sé que lo quieren hacer Santo, cosa que merece, y sé que sobre todas las cosas, su inmensa obra, lo que soñó, y por lo que peleó tanto, ha merecido la pena.

Alberto Oliveras, aquel excepcional periodista que buscó por el mundo a los españoles más grandes vivos, fue uno de sus contadores. Yo le conocía a través de aquel libro que hizo de su vida y su aventura. Después le conocí en un paisaje distinto del suyo habitual. ¡Me habría gustado tanto visitarle en su lugar de lucha y de esperanza!

Créanme, a mí lo que más me gusta es dar buenas noticias. Por eso hoy, después del terremoto de ayer en Ecuador, que continúa sangrando, les hablo, les escribo, de este hombre que fue otro terremoto, pero desde la solidaridad. Lo dio todo por los demás, y solo comió carne, carne de cordero claro, aquel día bajo el sol de Castilla, carne, pero poca, lo hacía como quien peca, como quien hace lo que no debe hacer, pidiendo perdón, como quien dice.

Otra cosa que no he podido hacer es ir a verle a su pueblo, con sus casas buenas, sus retretes limpios, su agua saltando en las manos de los niños que le dicen Santo y que le esperan. Pero hay un hijo del padre Ferrer que se llama Moncho y esta la periodista inglesa que terminó viviendo a su lado. Podríamos decir que fue nuestra madre Teresa de Calcuta, antes que la madre Teresa de Calcuta. Y ustedes perdonen la comparación.

Si entonces hace años, cuando le dieron el premio la concordia, Príncipe de Asturias en Oviedo del año 1998, pedí para él el Premio Nobel de la Paz, uno más en la lista de más de 25.000 personas en todo el mundo que firmaron lo mismo. Hoy lo vuelvo a pedir para su Fundación. Lo merece, porque como dice el bolero, es la historia de un amor, como no hubo otro igual…

Que es verdad. Anantapur de Ferrer es la prueba. El amor por los demás. Que no es poco en el tiempo que vivimos.

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer