César Pérez de Tudela, aquel que estuvo siempre más cerca del cielo

Esa es la verdad. Quizá porque César -75 años-, que se firmaba siempre César Augusto Pérez de Tudela, siempre estaba ahí arriba, en las más altas montañas, no solo de este pueblo nuestro, sino allí en las cumbres, donde nadie había conseguido llegar del todo, por encima de los cinco mil metros, en los ocho incluso.

Yo le conocí muy bien, y ahora después de un largo silencio, siquiera por las veces que me dio la oportunidad de ganar como periodista unas monedas que llevar a casa, cuando acaban de aparecer sus memoria, Al filo de la escalada, editadas preciosamente por Almuzara, de Manuel Pimentel, no he tenido más remedio, sentimental, profesional, que escribir esta página de todos los días para el resto del mundo.

libro

Así que desde aquí le digo a César que bienvenido a esta vitrina en la que solo relucen los que se lo merecen de una u otra forma. Porque además, aunque César pertenezca a otra generación inmediatamente anterior, lo cierto es que en su tiempo, que es el mío, se convirtió en una leyenda. Era un valiente periodista, valiente sobre todas las cosas, que conjugaba al mismo tiempo, allí donde se podían alcanzar las estrellas con las manos, la pasión con la razón, con la verdad por delante y jugándoselo todo a una carta.

César fue un compañero leal que se hizo más que famoso, popularísimo, que son dos virtudes distintas aunque parezcan la misma, hace veinte, treinta años, más o menos, llegando allí donde nadie llego, escalando, jugándose la vida, incluso perdiéndola, como alguna vez nos lo devolvieron desde la geografía de los sherpas, hasta Madrid, con el corazón hecho una esponja húmeda.

escalada

Tanto fue así que incluso, que ya es decir, en uno de estos asaltos a la verticalidad final, llegó a perder lo que más quería, su esposa Elena de Pablo, que se quedó arriba, donde las nubes se mueven bajo tus pies, allí donde solo habitaban los ángeles.

El alpinismo fue la gran pasión de su vida, y lo supo contar con precisión y sentimiento. Fue en el cincuenta cuando nos conocimos, reporteros los dos, montañero de entrada, y profesor y maestro de la Federación Española de Montaña. Esquiaba además de lujo, dibujaba en aquel blog de urgencia papeles a punta de lápiz, que merecerían una vitrina en un museo de deportes españoles, si es que ya no lo están, que debían estarlo sin duda.

Divulgó la naturaleza como pocos, llegando a ser, algo así por comparar, el Félix Rodríguez de la Fuente de la altura, y buena prueba de ello es que buscó al Yeti, el fascinante gigante de la nieve, y hasta hoy mismo, que en su libro lo quiere demostrar.

alpinismo

Aquel inmenso monstruo cubierto de pelo blanco que se le apareció entre la niebla. Todo lo contó bien, pero que muy bien, con rigor y amor al mismo tiempo, entregando a su audiencia, a sus lectores, en la prensa, la radio y la televisión, incluso el riesgo inmenso de su propia vida. Fue, es, doctor en Ciencias de la Información, y enseñó al Príncipe entonces, hoy Rey de España, que había un camino hasta lo más alto del Everest, sí, el Everest. Era para él como el zaguán de su casa, y no exagero, porque él subía y bajaba como quien va al parque a que jueguen los niños, frente a la casa.

Estuvo en Vietnam como enviado especial cuando la guerra, creo que en el setenta y cinco. Dice la contraportada del libro de Almuzara, con abundante material gráfico suyo, que en él se recogen sus memorias de toda una vida, y – copio literalmente- “que constituye un conmovedor documento de amor, a la naturaleza, en el que anécdotas dramáticas tiernas, cómicas, se funden en un hermoso crisol que seducirá a toda suerte de lectores”.

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Así es. Tanto, que lo empecé de noche, el otro día, y no lo dejé hasta que casi amanecía. 382 páginas, insuperables, que ya han merecido más de una crítica formidable. Luchador constante, con su casco, su gorrilla, su gorro de lana colgado sobre el abismo de las cuerdas milagrosas, trepando, siempre en su vida y en su oficio. Termina César su historia, hasta ahora mismo, que sigue aguantando, tan breve pero tan bravo, con estas hermosas palabras:

Seguiré enfrentándome a la hostilidad

Controlaré mi impulsividad.

Superaré el miedo.

Resistiré ante el cansancio.

Seguiré siendo explorador de mis emociones.

Y confesor de mis culpas

¡Hasta siempre!

Es un libro de viajes, una doctrina de la supervivencia. Te veo viejo amigo, Cesaraugustoperezdetudela, que se debía pronunciar todo junto, con tu barba crecida de ermitaño y de vagabundo, como si no hubiera pasado el tiempo. Gracias por tu libo, campeón, ¡Me hacía tanta falta un libro como el tuyo!

  • Gracias querido y muy admirado Tico… Has sido el mejor, el más ameno, el más culto, el que más noticias has conseguido dar en menos tiempo, me acuerdo mucho de aquellos 3.600 segundos de RNE, de nuestro programa “300 Millones”, de tus crónicas siempre tan oportunas, con buen estilo, con ingenio y con bondad… Que Dios -que esta ahí- como Jefe Supremo sabrá valorar tu grandeza y tu buena voluntad… Muchas gracias por tu recuerdo… Me ha alegrado mucho al leer esos valiosos párrafos que me dedicas… ¡¡ Qué Dios siga contigo !!

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