Cervantes y yo

No voy a tener otra oportunidad de ponerme a su altura, imposible de los imposibles, como decía mi madre siempre que había algo que no se pudiera alcanzar. Pero hoy, por si es la primera y la última, el blog me da la oportunidad de hacerlo.

Porque ahora que tan de moda, sí, de moda, está el hablar de Cervantes,  yo puedo decir que don Miguel de Cervantes y Saavedra formó parte de mi vida desde hace muchos, muchísimos años. Mi vida está en las hemerotecas, en las videotecas en las sonotecas no hay más que tener un poco de tiempo y podrán comprobarlo.

Yo siempre quise, amé, a don Miguel. Me gustó tanto su vida, tuve muy buenos maestros de todo tipo a lo largo de mi larga vida que me enseñaron a quererlo. Fue un aventurero de la pluma, un  maestro de la vida, un excepcional contador de historias. Como por ejemplo, y es un buen ejemplo, el mejor sin duda, la vida del caballeo hidalgo don Quijote de la Mancha, que ahora, a todos los niveles, celebramos.

cervantes

Su vida fue un dechado de circunstancias adversas. Siempre fue un perdedor, quizá por eso siempre digo que amo más a los perdedores que a los ganadores. Como él. Perdonen pero voy a escribir su ÉL con mayúsculas. Al menos hoy, desde su nacimiento en esa hermosa ciudad, por unos días capital de la cultura, que es Alcalá de Henares, hasta su muerte que como todo el mundo sabe fue en Madrid y en el llamado barrio de Las Letras donde durante mucho tiempo yo ejercí de joven e intrépido reportero en el diario Pueblo.

Ahora se ha sabido por que se fue a morir don Miguel, y a querer ser enterrado en el llamado barrio de Las Letras. No es porque allí vivieran los más ilustres y reconocidos escritores de la época, no, sino porque Vivian ahí, porque era el lugar más pobre, el barrio de los desheredados, el barrio en el que escribían los mejores pero por que eran eso, casi mendigos, y sobrevivían con las ventanas -si es que tenían ventanas- de sus casas cerradas, por que el mal olor, de las aguas estancadas era insoportable y nadie quería vivir ahí.

A cada cual lo suyo. Si quería yo a don Miguel que siempre le llamé por su nombre, don Miguel, que me gustaba mucho, como el de Miguel Hernández, por ejemplo, y, quizá por llevar también la contraria -siempre fui un joven rebelde, ¡qué tiempos tan hermosos aquellos de cuando uno cada día hacia su revolución!- hace más o menos medio siglo, servidor se encargó de defender sin que nadie me lo ordenara que don Miguel donde había nacido era en Alcázar de San Juan, que si miran al mapa podrán comprobar que se hizo acreedor a su apellido, “El corazón de la Mancha”. Y lo defendí hasta el final, tanto que merecí ser elegido ni más ni menos que académico de Argamasilla de Alba, lugar también cervantino cien por cien, y presidente de la Orden de los Escuderos llamados Sanchos, tanto es así que tuve mi propio molino, con el nombre de Panza, y  mi rostro fue copiado como el escudero fiel en la escultura que de los dos, aquel dúo dinámico de entonces dicho con todos respeto, adorna desde hace tiempo la hermosa Plaza Mayor de Alcázar.

quijote

En fin, que a pesar de todo lo que más me gustaba era la atribulada vida de don Miguel, que como Gabriel García Márquez decía, que me lo dijo un día el premio Nobel colombiano:

– Que sepas, querido compa, que no he tenido que inventarme nada de nada, lo he vivido todo, no te olvides que fui periodista cronista de sucesos en el periódico de Barranquilla…

Y don Miguel lo vivió todo. De todo. Perdió un brazo, menos mal que fue el izquierdo, y con él escribió el Ingenioso Hidalgo, ¡que si llega a tener los dos, ya me dirán ustedes…! Y además lo perdió, de movilidad al menos, en una batalla como la de Lepanto, que cambio la historia de España, y estuvo preso en la cárcel-cueva de Argel durante mucho tiempo, y además…

Pero no les  voy a recordar lo que ya saben, porque eso se aprende en las clases de literatura, por lo menos al empezar nuestras vidas. Hombre grande este caballero, verdadero Quijote,  que además el pobre tuvo que ser recaudador de  contribuciones que no es poco, con lo poco que había entonces, etc., etc…

Y se nos murió ya saben cuando. Las cifras son grandes, aunque a veces no correspondan a la verdad, siglo más siglo menos. Lo que sí me alegra es saber que aquel viaje en Vespa por toda la ruta cervantina, hace tanto tiempo, aparte de que la milenaria, legendaria, Vespa cumple estos días creo que setenta años -siempre estamos de aniversario-, nos permitía que “viéramos bien todo lo que había por ver, y parar en todas las ventas del camino, que presumían de ser aquel lugar donde el escritor Cervantes detuvo su caminar un día para tomar unos duelos y quebrantos”…

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En fin, que respiro y suspiro al mismo tiempo. Que he elegido el tema tan nuestro porque así lo he querido. He leído el Quijote una vez hace muchos años, el de verdad de verdad y hasta he aportado al Museo Cervantino de México, ni más ni menos que un cuadro precioso de don Quijote moribundo, cuando vivía Eulalio Ferrer, aquel que amó a don Quijote con sus museos, más que a nadie en el mundo, y que me regaló un molino de maqueta que me traje pagando el precio que se pagaba por traer exceso de equipaje…

Y además actualiza el tema del que bebo hoy, aunque sea como en bota de vino manchego, que es buenísimo por cierto, con ese brillantísimo último acto del sábado en el que se le ha entregado el Premio Cervantes, el nobel de las letras españolas, ni más ni menos que a Fernando Paso, periodista mexicano, valiente y brillante que vino en su silla de ruedas acompañado de toda su familia hasta Alcalá de Henares y donde nuestra Reina, que tanto conoce México, de haberlo vivido y peleado, doña Letizia, apareció más bella que nunca, con su traje azul de chaqueta, sin necesidad de renovar su armario sino de segunda, y donde no llevaba otro collar de perlas que el de su espléndida sonrisa. Hacerlo bien se hace mejor dos veces. Es seguro que a “don Qui”, le habría enamorado su reina de hoy, sin género de dudas.

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Habría sido una hermosa Dulcinea para su historia. Yo voy a ver si poquito a poco vuelvo a leer ese hermoso libro que escribió uno de los hombres más grandes de nuestra historia. Autor también de otros muchos  grandes tratados de lo español. Mucho mejor escritor, en todos los aspectos, más universal que el propio Shakespeare, que aunque coinciden las fechas vitales con las de don Miguel, yo, que he estado en Stanford hace muchos años donde nació don Williams, les puedo asegurar que sin tener que comprar o recibir, porque fue de regalo, una careta con la cara del escritor, España se va enterando de lo que tiene, pero que lo que hay que saber es quién era y quien fue el que escribió el gran libro. Aquel del que solo sabemos dónde están sus huesos, que están siendo muy discutidos.

A mí, por lo pronto, se me apareció, don Quijote digo, sentado en la silla bajera de mi cuarto de dormir, que es el suyo. Y no fue una alucinación, no. Fue de verdad, y lo hizo para decirme que Prince, el príncipe púrpura, el de las tres pes, fue un grande, pero que ya estaba en su tiempo, en los campos de Montiel, como levantador de historias  con zampoña  de los romances de ciego…

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