Aquel día en el Taj Mahal de la India

Porque soy de los que pueden decir que ha estado allí -y busco como siempre la foto desesperadamente, porque la he visto hace unos días por algún sitio que no recuerdo bien- y de los que han regresado de  “aquello” para contarlo.

El joven matrimonio de los herederos de la Corona Británica, han actualizado este lugar único, imposible de imitar sin duda, retratándose felices, en esa esquina de la India donde en su día se retrató la princesa Diana, de triste recuerdo, aquella a la que llamé en su día la Princesa de Males, porque fue tan conocida y hermosa, querida incluso, como desgraciada.

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Aquella foto de Diana, con la cúpula y los altos minaretes al fondo, en su momento despertó grandes titulares, porque como todo el mundo sabe, el Taj Mahal es un monumento al amor, excepcional, irrepetible, que hace que gentes de todo el mundo le visiten hoy, que no en vano ha sido declarado en su día no solo Patrimonio de la humanidad, que lo es, sino también algo tan bello como la novena maravilla del mundo. Yo, como granadino que soy y cronista oficial de Granada y sus pueblos, diré que La Alhambra ha sido, es y será también uno de los más mágicos,  inmensos, también irrepetibles, monumentos al amor del mundo entero. En su día se lo contaré, que hoy lo merece este sitio por su fresca actualidad y esta página de blog, más que nada de memorias contadas por un viejo nómada, ahora más o menos inmóvil por culpa de sus carencias y sus años.

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Les cuento. El Maharajá de Jaipur, entonces, hace muchos años, embajador de la India en España, al que tuve el gusto de conocer y entrevistar, así como a su linda esposa la Mahajarani, me invitó un día a la boda de uno de sus hijos, allá lejos, en Jaipur.

– Vendrán a vivir a mi casa que es la suya, al palacio de Jaipur, donde serán especialmente atendidos como invitados nuestros. Estarán allí como en el mejor hotel de la capital de mi lugar de origen.

Y así fue. Hay fotos mías encima de uno de los elefantes engalanados de la casa. Nos llevaron a ver cómo se caza el tigre, los últimos de Bengala, desde el lomo de un paquidermo asistimos a los bailes mágicos de la zona, lo pasamos de, como se dice habitualmente, “divinos de la muerte” y en su momento, tras una de las cenas fabulosas de celebración nupcial, el Maharajá, hombre culto además de rico, perdón, riquísimo, y sabio, elegante y grandísimo anfitrión, nos volvió a sorprender.

– Mañana, en uno de mis automóviles, van a ir ustedes -se refería a mi fotógrafo Verdugo y a mí-  a la ciudad de Agra, donde está el Taj Mahal, un lugar único que les asombrará sin duda.

Claro que sí, así fue. El coche era un Rolles dorado de los que ya no quedan, de la cuadra de los Maharajás de Jaipur, en cuya casa habíamos vivido, palacio también llamado Las ventanas del viento, puesto que según la tradición habitual y el reclamo turístico, había tantas ventanas como días tiene el año aparte de ser de color rosa intenso -¡365!-, y así fue como nos llevaron a ese lugar que visitaban al año millones de personas para tratar de entender el amor da aquel sultán de sangres mezcladas que levantó en homenaje a su amada esposa, que le había dado catorce hijos y que murió del último parto. Aquel palacio también llamado de la corona, que se levantó durante muchos años de trabajo y de amor al mismo tiempo, palacio de muy diferentes estilos, de mármol blanco, increíble, al que se puede entrar y ver, y en el que también se puede rezar si se quiere, si se es de religión musulmana, ya que es también mezquita aunque la religión oficial de la India sea la hindú.

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Al final del largo patio de los arrayanes, por donde en canalillos discurre un agua silenciosa, está el monumento que bajo el sol, luce y más que reluce, fulgura. Algo excepcional y, debo decir, nunca visto, a no ser en mi caso, insisto, en que como nazarí de sangre que soy, debo escribir el nombre sagrado de La Alhambra, a cuya sombra naranja, bien cerca, he nacido hace más de ochenta años. No todo el mundo puede decir lo mismo.

Cuando murió la bellísima Mumtaz, “la siempre gran preñada”, su esposo, desconsolado, decidió -era además de riquísimo, hombre muy poderoso- levantar en homenaje a la madre de sus hijos, ni más ni menos que como un homenaje en su memoria. Y levantó, por no hacer muy larga esta historia, lo que aquí estamos viendo, la cúpula, la gran cebolla arquitectónica que a mí me flipa, en lo que se trata de la arquitectura mongol, y los altos minaretes como lanzas levantadas al cielo, como suspiros del monarca inconsolable. Hay libros, postales, maravillosas historias en torno a este monumento único. Dice la tradición que el Maharajá ordenó cortar las manos y cegar los ojos de todos aquellos, que fueron miles, y que trabajaron en la obra inmortal, si bien últimamente con algunos problemas laterales, al que se mueva del suelo o esté siendo contaminado por alguna refinería de petróleo cercana.

Ya no están los macizos de rosas ni los narcisos que aquí florecían y cuidaban, expertos jardineros traídos de muy lejos. Sí se sabe que se llamaba Sah Janam; el que hizo el milagro y que hay cerca bien vigilada, una especie como de gorro, para la cúpula, que ya ja sido usada como armadura de protección en grandes  cataclismos, y guerras destructoras.

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Yo me traje de allí la foto con el chaleco y el paraíso al fondo, le hice otra a mi compañero y reportero gráfico Enrique, porque entonces no existían los selfies de hoy que se llevan tanto, y pudimos contemplar aquello que hoy está ya en todos los hogares del mundo siempre que tengan un vídeo a mano. Pero servidor estuvo allí a pie de milagro y lo contó en su día para sus lectores del diario Pueblo. Mi esposa, con la que llevo casado ya cerca de sesenta años, me mostró el otro día, en un momento de nostalgia, aquella postal que le envié desde la India hace tantos, tantísimos años.

Una historia de amor excepcional la del Taj Mahal. Es indudable, como la de aquella malagueña guapa que se llamó Anita Delgado y de la que se han escrito tantas historias. El Maharajá se enamoró de ella “perdidamente” y con ella se casó en su reino de la India. Yo casi llegue a conocerla, a entrevistarla. Vino a España al final de su vida con las últimas joyas de la corona de su esposo. La vida es la más grande novela, sin duda. Anita vivió en la calle Marqués de Urquijo de Madrid, frente a la casa donde estaba la Embajada India, precisamente donde yo conocí al inolvidable Maharajá de Jaipur, que me llevó un día a su palacio de las innumerables ventanas rosas, para que asistiera a la boda de uno de sus hijos y gracias a él pude conocer el palacio con forma de flor de loto, que un hombre ordenó levantar para la madre de sus catorce hijos.

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