Amancio Ortega, ochenta años y cuatro días

Lo cierto es que el hombre más rico del mundo, o el segundo, que lo mismo da, acaba de pasar la barrera, implacable, de los ochenta años. Es una fecha digna de tener en cuenta al menos para los demás, y se lo digo con conocimiento de causa, ya que servidor los ha cumplido ya, de lo que me di cuenta en su momento.

Los ochenta pertenecen eso que se llama “una cifra especial”. Claro, con cinco años más que los setenta y cinco, que es curioso, se conmemora como la edad del brillante, del diamante. Y a partir de esa fecha, a los ochenta, viene el silencio. ¿Para qué dar lustre a la memoria como se hace con la vieja plata, a no ser que se le dé con bicarbonato?

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Entonces, a los ochenta se acude a un dato virtual. “Cómo mantenerse a los ochenta, como si tuvieras cincuenta”, cosa que generalmente no es verdad. Menos en el caso de las comparaciones. Al mismo tiempo, el mismo día han cumplido los ochenta, Mario Vargas Llosa, marqués de Vargas Llosa, que ha sido protagonista de muchos y muy diversos homenajes, sobre todo intelectuales. Don Mario ha dicho en alta voz:

– Quiero que se sepa, que una de las razones por las que me conservo de esta forma, como ustedes dicen, es porque quiero a esta mujer, a Isabel Preysler. Ella es, naturalmente, el milagro de mi vida. Y de mi obra. A ella debo mi momento actual, vital en todos los aspectos.

Más o menos eso ha dicho el Premio Nobel, cada día más nobel. Es cierto, el amor rejuvenece, la flor de la vida está bien regada.

Don Amancio Ortega, que cae bien desde el primer momento, a los ochenta, aunque intenta por todos los medios mantenerse a la sombra, cosa que no consigue, escapa de cualquier estudio o comparación. Tiene ochenta años y cuatro días ya, y está mejor que nunca para los que le conocen.

Por lo visto le importa poco que en el Forbes ese, en el que no estaremos nunca, le señalen como el hombre más rico del mundo, o como sumo, el segundo. Tiene una fortuna inmensa, pero la ha ganado toda con su trabajo y con su valor, o con las dos cosas juntas.

Como todo el mundo sabe, porque está en la historia financiera de este tiempo, empezó con un negocio casero, basado en Galicia, en las batas de casa, La boitiné, con acento en la “e”, si es que está bien escrito. Un éxito. Con su primera esposa cerca, al lado. Y así hasta hoy que no quiero hacer una crónica de cifras. Ni mucho menos, que los números me marean, pero no los hechos.

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Es humilde en su inmensidad, odia la corbata, lo que demuestra su talento, es una pesadez, y nadie sabe lo que hace cada día y cada hora de cada día. Puede viajar por el mundo entero en su propio avión, que parece que tiene uno pero lo alquila de vez en cuando, y hoy aseguran los periódicos que a veces se acerca a una de sus fábricas textiles, la primera, la madre de todo su inmenso negocio, y se pone en la cola de sus obreros, que son muchísimos, con su bandeja en la mano como uno más.

Hay un libro por ahí que me han dicho que es muy bueno y que cuenta su vida. Se lo tengo que pedir a Ymelda Navajo, la que manda en la Esfera, y que es muy buena amiga -me ha ayudado mucho- y sé que le encanta el aceite de oliva, a ser posible virgen.

Vale.

Amancio Ortega es un hombre cordial que gusta del mar y también de la tierra. Es el Zar de Zara, que tiene tiendas fascinantes por todo el mundo repartidas, da trabajo a no sé cuántos cientos de miles de personas. No quiere ser nada, aunque la verdad es que es todo.

-¿Lo que más me gusta en el mundo?- dice siempre- Pues, pasar desapercibido. Sin que nadie se dé cuenta no solo quién soy, sino que estoy.

A veces dicen que le ven en un yate que tiene, -tenía que tenerlo, pero no por los mares del sur, sino en las Rías Baixas de su tierra-. A veces hace una donación formidable para alguna humanidad que lo necesite. Por ejemplo, todo el mundo ha conocido ya su ayuda fabulosa para la lucha contra el cáncer en su tierra gallega. Lo hace como quien dice a escondidas, pero se entera todo el mundo.

Es sabio, cordial, buena gente y buen marido. Solo tiene un chaleco, que no es antibalas, sino antibabas, y es que adora a su nieto. Su hija Marta que será, es, la heredera de su fortuna, forma parte siempre de su paisaje, cercano, como su esposa, su segunda esposa, Flora, de la que tan poco se sabe, fiel a la filosofía de la casa. ¡Pero ojo! A cada cual lo suyo.

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No es gallego sino leonés, y de la montaña pura y dura. Su pueblo se llama Busdongo de Arbas, y allí vino al mundo en el treinta y seis. Con respeto y admiración, lo traemos hoy a nuestra ventana mediática, sobre todo sabiendo como sabemos que no le importa nada la vanidad de los faraones. Es un obrero, o así quiere ser de su obra inmensa, envidiable, ejemplar. Ya no es el presidente de su Inditex, pero es su dueño y su resplandor.

De vez en cuando, un retrato suyo, como espiado, robado. Le gusta mucho que a su hija Marta, heredera universal, le gusten los caballos mucho. En todo el mundo está su firma colosal, que es como si la hubiera escrito con un bolígrafo. Sé que tiene el acento de los del norte, donde está la braña, y lleva ropa casi de obrero, eso sí, de Zara.

Igual un día le puedo dar la mano y se me pega algo de él. Que no tiene que ser forzosamente de su dinero. Sino su especial forma de ser, de estar, de luchar, no solo de por sí, sino por su propio ejército mundial de trabajadores. Sus ochenta hacen a España más joven y más fuerte, y a él, más grande y más nuestro.

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