Aitana, ¡a escena!

Sánchez-Gijón, de apellido compuesto. El primero. Italiana de nacimiento, y más concretamente romana, o sea de Roma, que marca cantidad, tatúa una personalidad definida, hija de intelectuales, de raíz matemática. Tiene -lo digo porque es una gloria su aniversario-, nacida en noviembre del sesenta y ocho, los años precisos para ser ya una de las grandes. Y más con este premio último -por ahora- que es el Valle Inclán, y ya van diez años con ello, que el diario El Mundo patrocina.

Una diosa de la escena, que por eso he titulado así la historia que hoy les cuento, aunque no tengo el gusto de conocer personalmente a la protagonista de la que por otro lado tengo las mejores referencias, de dentro y de fuera del teatro. De ahí, que titulemos así la crónica de hoy, con el grito, el suspiro, la advertencia, de quien toca a la puerta del camerino y dice:

– ¡A escena!

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Y se dan incluso aun tres avisos, como en los toros. Respetando las diferencias. Es especie de llamada clásica que uno ha escuchado antes, cuando era joven, mientras entrevistaba a los grandes de la escena de su época. ¡Tantas noches, tantas tardes, en el camerino de los grandes, y también los pequeños, del teatro, hablando con ellos en sus camerinos, entre flores, no siempre, y  espejos y bombillas, porque eran noticia…!

Por ejemplo, en el caso de Nuria Espert, tan inmensa, que con sus ochenta años de nada sigue ahí, sobre las tablas, donde se escucha la respiración del espectador.

Nuria, que llama a esta Aitana, unos lo escriben con “y” griega otros con la “i” latina, “la Sánchez-Gijón es como si fuera mi hija del teatro, sin duda”.

Que es como para ponérselo en las tarjetas de visita. Y se ha vuelto a ver que era cierto el dicho, el martes por la noche pasado, en el Teatro Real cuando se hizo la entrega del premio, que es de Víctor Ochoa, el escultor. Reunió El Mundo, y su sección cultural, a lo mejor y lo más granado de esa historia hermosa que es el teatro, ya en la décima edición del premio. En casi todos los aspectos. Y de ello el gran diario de la mañana llenó varias páginas en color, presididas eso sí por el titular que dio Aitana, que dicho sea de paso, está más bella que nunca. Aunque tenga ya una hija, que igual empieza ahí arriba ya mismo como el apellido, también italiano, de su padre.

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Yo puedo decirles de primera mano, que la Sánchez-Gijón se llama de nombre Aitana porque es el de la hija del poeta y pintor Rafael Alberti, al que yo entrevisté varias veces, una de ellas en Roma, cuando vivía en el exilio. También les puedo contar que una noche fui invitado a una cena, aquí cerca de casa en Chamberí, en la que estaba presente una dama de la que he escrito mucho que se llamaba María Teresa León, una de las mujeres de más clara inteligencia reconocida que he conocido en mi ya larga vida. También les cuento que a su hija le puso de nombre Aitana, y de ahí que los padres de nuestra actriz, en Roma, le pusieran ese nombre atípico a su hija, de la que hoy celebramos su premio.

Por cierto, que ese día, esa noche, en casa de Fina de Calderón, estaba también ni más ni menos que la infanta de España. Hermana del rey emérito don Juan Carlos, duquesa de Soria.

Les cuento más. Aitana empezó en esto del teatro, del cine, de la interpretación en general, con una serie para la televisión que a los quince años puso en el aire Pedro Masó, aquel director de cine, buen amigo mío, con el que además pusimos en órbita una película que se debía llamar El ángel de la sonrisa, que no salió de eso, solo una buena idea, creo.

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También les puedo contar que entonces, hace más de veinte años, fue y me dijo Pedro, una tarde en una cafetería que había cerca de la calle Princesa, en unos soportales de la vía. Textual:

– Tico, tú que eres un buen detector de metales, no te pierdas esa chica que se llama Aitana, y que ha nacido en Roma.

– Entonces será italiana, Pedrito, hijo.

– Pues no, porque es españolísima, y además en Roma solo hizo que nacer.

– Que no es poco, Pedrito Masó…

Con acento en la “o”. A mí me cae bien, está donde debe estar y no está donde no debe estar. Ha hecho mucho cine, nuevo y clásico, con talento. Las últimas fotos que había por ahí de ella, su esposo y sus dos hijas, se las han hecho en una playa poco habitada de Menorca, lo que indica que le gusta pasar desapercibida. Hizo teatro, con el mismísimo Vargas Llosa, en su día y con una obra del Nobel, que también él protagonizo. Me parece que se llamaba Los cuentos de la peste. Aitana es garantía de éxito seguro, y más ahora con este gran premio del teatro, que viene a ser como el Oscar de la escena.

Tiene un cuerpo lindo, aunque en Medea lo ocultara con sus grandes túnicas. Medea, pieza clásica, que cuenta con desgarro y siempre de actualidad, lo que pueden hacer el amor y el desamor al mismo tiempo. Dios nos libre de esa maldición tan frecuente por lo humana. Fue presidenta de la Academia del Cine español, y en la historia de nuestro celuloide, porque era celuloide, está su interpretación en aquella película divertida y modernísima, titulada Bajarse al moro, donde causó sensación, a mí, a mis hijos y a mis nietos, a tres generaciones seguidas, que saben quién es esta actriz, que no rechaza papeles ni en el cine, ni en el teatro, ni en la televisión, por ejemplo, ese que hace en Velvet, que está gustando tanto.

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Cinco veces estuvo a la puerta del premio Valle Inclán como finalista, hasta que lo consiguió. Ha dicho en una gran entrevista en El Mundo, que “su verdadera casa es el teatro”. Su hogar, la escena, y lo demás, eso lo digo yo por añadido.

Se va en unos días a Vietnam para hacer una película de mensaje. Se encuentra mejor que en ningún lado, ahí, en la escena en contacto directo con el espectador. Un día, hace también algún tiempo, me llevaron a ver “a una chica muy joven, que es hija de un matemático y que hace de ciega y de funámbula al mismo tiempo”.

Era ella. Un papel difícil, como todo lo que ella hace, ya sea para reír como para llorar. Es culta sin llegar a cursi, eso nunca, y ya vaya con sandalia romana plana o con tacón de aguja de diez centímetros, donde aparece, su tímida sonrisa, lleve clámide o pantalón turco, causa sensación. Estaba haciendo, o está, La rosa tatuada, aquella pieza dramática que llevó al cine Ana Magnani, el único personaje que me haya dicho Lola Flores, a la que le gustaría parecerse un día. Tanto es así que alguna historia que de la Flores escribí en una crónica de urgencia se llamó La Lola tatuada, jugando siempre a lo mío, que son las palabras.

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Me gustaría mucho que un día de estos, ya, aunque sea antes de la hora de comer, por los horarios del teatro, se acercara hasta el parque de Madrid, donde está la estatua simpática de don Ramón María del Valle Inclán, el gallego manco único, que escribió tan bien como Góngora o Sófocles, por dar dos nombres tan solo. No sé si la esculturita seguirá en su sitio, en el Retiro creo, o la habrán cambiado de sitio, con esta manía de cambiar las cosas de ahora, don Ramón. “Este que veis aquí de rostro quevedesco y larga barba soy yo, don Ramón María del Valle Inclán…”, escribió de sí mismo el maestro de las gafas redondas.

Un día acompañé a Paco Umbral a que le llevara una bufanda de verdad, como se había hecho ya tradición a la costumbre. Les contaré ahora, aceptando su condena, el que fui poco después a ver si la bufanda seguía allí, la nueva digo, porque la otra la de piedra seguía estando en la escultura.

Y no estaba ya. Alguien se la había llevado a casa. Diría yo que aquello fue un sacrilegio. Sería preciso, y precioso, querida Aitana, que tú en agradecimiento le llevaras una de tus niñas, que ya estamos en primavera. Dime si vas y te mando un fotógrafo, bueno, de los de ¡HOLA!. Enhorabuena, señora.

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