Te recuerdo, Laura Valenzuela, en tu cumpleaños

Como en la canción inolvidable, aquella de Parra que yo escuchaba en la peña de Santiago de Chile tomando un pisco sour: te recuerdo Amanda, la calle mojada…

Así que te recuerdo, sobre todo, con un inmenso cariño, amiga mía desde hace más de cincuenta años, y te traigo a este rincón del viento en el que escribo lo que quiero y lo que siento.

Y por eso hoy debía empezar de otra forma porque cuando yo llegué a la televisión, primaria, aquella de la avenida de La Habana, ya estabas tú presentando. Y ya la cámara te quería. Te quiso desde el primer día que hiciste aquella primera prueba, ¿recuerdas? Dicen que fue en el cincuenta y tantos, cuando aún la gente de la calle creía que una antena de televisión en Madrid era un pararrayos. Fuiste la primera presentadora de la tele. ¡Cuánto tiempo, Laura Valenzuela!

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Que no te llamabas Laura, sino Rocío, y venías de Sevilla con tu acento macareno en el paladar. Alta, delgada, siempre bella, hermosa Laura, que acabas de cumplir y lo has dicho, ochenta y cinco años de vida. Y no una vida fácil, sobre todo en los últimos años, desde que se fue tu marido José Luis Dibildos, el hombre que tanto sabía de cine y que un día te llevó al altar.

Pertenece Laura a la enciclopedia de los grandes comunicadores. Le gustaba mucho al personal y no solo de la calle, por poco que fuera cuando decían en blanco y negro:

– ¡Ya está aquí la Valenzuela!

La primera, en la ventana mágica del cuarto de estar cuando se abría la tele primera, bajo la santa cena de plata falsa del comedor. ¡Qué tiempos aquellos!

Laura siempre de cine, siempre mirando a cámara, sabiendo hacerlo, intuitivamente, artista nata de verdad, que cuando llegó a la tele ya ha hecho incluso alguna película de las de entonces. Tenía el cuerpo de una modelo de las mejores, cuando se decía maniquíes, y no necesitaba ni guion, aunque lo había por si la censura.

¡Aquel programa con Joaquín Prat que se llamó Galas del sábado! Yo trabajé con ella arrimando personajes del cine, del teatro, del deporte, al Paseo de la Habana, al pie de aquella antena gigantesca, cuando el único estudio que teníamos era un gran garaje donde siempre olía a tortilla de patata. Y Laura mandaba en la escena cuando el ojo rojo de la cámara se encendía. Aquellas cámaras como una caja de zapatos, que un día nos lo dijo Sir Laurence Olivier al marcharse junto al Rolls-Royce del embajador inglés. Nos abrazó para decirnos, admirado, aquello de: “Enhorabuena señores, ¡enhorabuena!”

Y nosotros, Yale y yo, le respondimos, con modestia fingida:

– Es lo que sabemos hacer y, además, con un personaje como usted…

– No, no lo digo por eso -nos tradujo el embajador de su graciosa majestad-. Se lo digo porque hacen ustedes televisión en un garaje y con una caja de zapatos como cámara…

A veces siento ganas, muchas ganas, de escribir eso que se podría llamar Lo que el vídeo se llevó, a ver si me decido, pero mientras tanto, escribo de Laura Valenzuela que incluso fue nuestra presentadora en tantas noches de Eurovisión…

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Bueno, pues acaba de aparecer después de mucho tiempo de silencio. Igual estaba al sol del sur, en Guadalmina donde tenía casa, muy linda, cerca de la de Arturo Fernández. Pero Laura es que no quiere aparecer por ningún sitio, ni falta que le hace. Ahora sí, fugazmente para recibir la felicitación pública. Nació en febrero del treinta, pero sonríe como una chiquilla. A veces nos vemos, por ejemplo, aquel día que entregamos los premios de la Jubilo, a los mayores, ¿te acuerdas?

¡Qué aplauso de la sala puesta en pie recibiéndola! ¡Qué bien lo recuerdo! Elegantísima Laura ya con nietos, todos la llaman Nona. También su hija, Lara Dibildos, que se casó con un baloncestista famoso y que tuvo que ir a Houston para ser operada de cáncer. No me gusta escribir el nombre maldito, como decía Lola, Lola Flores, pero hay que decirlo. Y lo que es la vida, no hay película más grande que la vida misma. Acompañó a su hija a Houston, Laura, la hoy abuela, la madre entonces, para estar junto a ella en el momento difícil. Años después era la hija, Laura Dibildos, la que iba llevando del brazo a su madre al mismo combate. Hoy Laura, madre sobre todo, se hizo defensora a tope de las mujeres que luchan contra el mal infame que nada respeta. Siempre que había un festival, una reunión, un sitio donde demostrar que se sobrevive a lo terrible, ahí estaba Laura ayudando con su presencia, con su consejo, con su figura siempre impactante, elegante, “como si nada”.

Ay, ese primer rostro que apareció en los cuartos de estar de toda España. Y luego muchos programas más, y yo cerca de su resplandor de entonces, que aún sigue ahora según veo en las últimas fotografías. Me gusta mucho traer a este cuaderno, a veces de la nostalgia, aquellas horas inolvidables que estuvimos juntos en Murcia, también para dialogar sobre lo mismo. Una ayuda sobre cómo pelear con esperanza delante de un público que te quería, que más que te recordaba te necesitaba.

Laura Valenzuela, otra vez ahí, ahora ya como una referencia, como parte de la historia misma de España. Nos alegraba verla. Ahora tiene incluso dos nietos y les puedo decir que igual se debe instituir, inmediatamente, señor presidente de la televisión de España, un premio, que lleve el nombre de Laura Valenzuela. Ella los tiene todos y merecidos. 85 años, no se cumplen todos los días, ya está instalada en el cumpleaños de diamante. Claro. Ha cantado, ha bailado y sobre todo, sobre todo, ha sido el rostro más bello de una España, las cosas como son, difícil, pero inolvidable, la nuestra. ¡Ay aquellas Españolas en París…! La película rompedora. Enhorabuena.

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Cuando en Murcia, aquella noche caminando por la Plaza del Cardenal, junto al río bajo una luna, insoportable. De todas formas, quiero que sepas que me gusta mucho verte, que estás ahí envuelta en tu abrigo de piel, rubia, dorada aún, como cuando se encendían todas las luces del estudio aquel, con Forges en el plató, con acento en la o, y Pilar Miró, con acento en la o también de regidora, y Lombardia, y Pepe, arriba, en los informativos, Matías por allí, con sus gafas negras, y Jesús Álvarez que acababa de colgar su uniforme de joven capitán del Ejército español, para dar las noticias, y Beatriz Cervantes, y…

Yo era aquel que siempre te veía pasar, tan cerca pero tan lejos, y que hoy, como millares de españoles, qué digo millares, millones de paisanos, te felicitan en tu cumpleaños. Siempre mágica Laura, pero siempre de carne y hueso, siempre tan cerca.

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