Se me ha muerto mi canario

Y no hay noticia mayor, ni más triste, para mí al menos, que esa con la que título mi blog de hoy. El pasado domingo de Ramos apareció muerto, el pobre, amarillo, más pálido que nunca, en el fondo de la jaula, en la cocina de casa. No era el primero, pero sí, de-fi-ni-ti-va-men-te, está claro que es el último.

Y encima era el día del pájaro en todo el mundo. Que aunque el elegido sea el gorrión, un sentimiento de mi niñez, este es el mío, y tal vez, cuando se apagaban las luces de todo el mundo, quizá entonces, se apagó la luz dorada de mi canario. Me falta algo más que algo. Por eso en el titular y por dos veces he suspirado lo mismo. No tengo consuelo. Incluso, aquella misma mañana, he soltado una lágrima. Sí. ¡Y hacía tanto tiempo que no lloraba así! Incluso escribiendo, si me dolía por dentro, lo traía a la cuartilla sobre la que contaba mis cosas. En el titulo escribo: Se me ha muerto mi canario.

Bastaría con haber dicho, solamente, se ha muerto mi canario. Pero al decir, “se me” semánticamente lo reivindico, incluso para mí solo, aunque fuera de todos.

Era amarillo. Mi puñadito de pluma. El día anterior, me atreví a decirle a mi esposa: “tiene ojeras”. Palabra que se las noté, aunque era un montoncillo de vida. Un día pregunté, o hace mucho, a un ornitólogo cómo sería el corazón de un canario.

Me respondió asombrado:

-Creo que del tamaño de una lenteja.

canario

¿Por qué preguntaría eso? El pasado Lunes Santo, con las procesiones de la Semana Santa en todas las calles devotas del mundo, descolgamos su jaula azul, tan vacía, tan vacío también todo el límite de mi casa, de mis libros, de mis cerámicas, mis cuadros…

– La he quitado de la vista de todos. Habrá que ir diciéndoselo a los chicos cuando vuelvan de la nieve o del sol.

– Sí, ahora no, hasta que vuelvan, y poco a poco.

Tenía su historia. Nos lo había regalado nuestro hijo Nacho -Ignacio Medina, el que hizo Frank de la jungla-.

– Para que no estéis tan solos…

Lo había traído de Murcia, donde un buen amigo nos regalaba melones, tomates, naranjas… de la huerta, junto al mar. Cantó nada más llegar y aquello fue el primer milagro. Porque lo hizo a su hora, en su momento, en su tiempo. Le pusimos de nombre, Limón, porque era su color, aunque cuando cantaba, el zumo que salía de su pico era dulce como un mango de aquellos que tenía en su huerto de Cali en Colombia, la Negra Grande, cuando abría su boca de guayaba.

Siempre cantaba. Aprendí a quererlo, que no era fácil, aunque siempre estuviera yo, como siempre, volando. Como él, pero de otra forma, entraba por la cocina para verlo antes, y se llegó a consumar la buena nueva de que cuando entraba a desayunar por la mañana, Limón cantaba de diversas maneras: primero, suavemente, después a todo pulmón, en cantares muy limpios, hermosos, de cristal y plata, cantaba oro, como el color de su plumaje.

Alguna vez le llevamos a un experto. Nos recomendó un alpiste nuevo, que le sentó muy bien, por cierto. Cantaba en invierno y va y se nos cae del palito de su jaula recién comprada, justo el mismo día que se anunciaba oficialmente la primavera. ¡Maldita sea la primavera, que además de aumentarme el dolor neuropático, siempre, desde hace diez años, va y se lleva a mi canario! Yo le había puesto un apellido, le llamaba Pineda, porque me recordaba a Marianita, la heroína granadina, aquella que llevó al cine, a la tele, a Marisol, y que mientras esperaba en la cárcel, bordaba la bandera de la libertad.

periquito

Mi canario me la recordaba mucho, cantar, incluso presa. Algún día pensé en soltarlo, cuando más sol había y la persiana estaba echada. Que escapara de una vez. Pero pensé que fuera, Limón tenía más peligro que dentro. Nos ocupábamos de él, sabíamos si estaba enamorado de una canaria inmediata, incluso, servidor, en el verano, lo traía a su cuarto de trabajo y lo colocaba encima de los libros, los barros, las medallas.

Era muy agradecido, quizá porque veía, no el azulejo de la cocina, sino el escaso verde del jardín que tenía yo en el alfeizar de la ventana, de mi ventana, al jardín seco, un limonero que me había traído de Granada, del huerto de un palacete nazarí donde se guarda la obra de un académico granadino, histórico.

Recordaba yo, aquel canario que tenía en su casa de la Gran Vía, doña Concha Piquer, y al que le puso de nombre Pontífice, porque era blanco, muy blanco, como van vestidos los papas últimos de la historia de la Iglesia, que antes iban de rojo seda o de armadura, eso sí, de plata, si es que defendían la Iglesia de los ataques exteriores e interiores.

– Mejor que no lo sueltes, abuelo- me dijo uno de mis nietos porque hay más peligros que dentro.  Piensa que más que en una torre de Juego de Tronos, lo tienes en una clínica de descanso.

Un día nos lo llevamos, como quien dice, de veraneo. Cumplió también con su misión, fue un gran amigo. Nos acompañó en los últimos creo cuatro, cinco años. También recordaba yo, en mis historias de pájaros noticia, pájaros leyenda, a mí la verdad llamar pájaros a los pájaros no me gusta mucho, porque hemos llamado muchas veces, a los hombres, a los seres humanos, pájaros, como si fuera algo que no queremos. Mallándolos. Si me permiten el palabro.

Había una hermosa historia en una leprosería del Mediterráneo donde encontré a un andaluz, enfermo del mal terrible, que no se quería ir de allí, aunque estuviera a punto de estar sano del todo, porque en una jaula de espejos de cara a un jardín caliente había un canario, que era único, cantaba de campeonato, era el mejor entre los mejores. Tenía la voz de Plácido Domingo. Era un artista y a la vez un santo. El único que no sabía que Rafael no estaba leproso. No sé qué habrá sido de él, que se quedó de jardinero, a pesar de la libertad, por eso, por no abandonar su canario.

Hoy no hay otros pájaros para mí, ni personal siquiera por grande que sea, de los de a diario, sí, ha terminado la Semana Santa, aquí, entre nosotros, las palmas amarillas tienen el color de mi canario. De lo que sí estoy seguro es que no volveré a tener canario. La lechuga nuestra de cada día, está triste, mustia, incluso seca. El bizcocho que mi esposa que hace de vez en cuando, de su propia mano, y que compartíamos con Limón, que cuando llegaba siempre me piaba, tal vez porque se alegraba de verme, jamás pensé que fuera porque le daba de comer lo que quería, el pan amarillo y dulce a la vez.

Un día Brigitte Bardot, lo he contado ya muchas veces, incluso aquí, me preguntó en París, donde la visité para ¡HOLA!, si yo no creía que debía haber un cielo para pájaros como lo habría para los seres humanos.

Hoy, querida BB, le diría que sí tiene que haber un cielo, aunque sea también en algún sitio sin jaula, un cielo para canarios. Limón se lo había ganado… sin cantar incluso, simplemente estando. Puñadito de plumas, San Rafael pequeño, compañero de mis soledades, te envolvimos en un papel abierto de los del chocolate de mis nietos…

Adiós Limón…

  • Don Tico, Siento muchisimo la muerte de su querido Limon. Esos animalitos se hacen querer muchisimo. Seguramente alguno de sus nietos le regalaran otro cuando ya haya superado esta pena. Siempre leo con mucho interes sus fantasticas cronicas. Un saludo

  • Hola, me llamo Ruth y hace dos días falleció mi segunda cotorra argentina y creo que será la ultima que tenga porque realmente me mata por dentro el no tener su presencia y lo extraño, mucho. Siento lo de tu Canario y linda historia, allá donde esté te seguirá amando, seguro.

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