Puerto Rico, aquel día del adiós a Juan Ramón Jiménez

Mayo del cincuenta y ocho, y parece que fue ayer, como casi siempre escribo. La visita de los Reyes de España, hoy, estos días, a una de las más hermosas islas de planeta Tierra, y una de las más españolas también, junto a Cuba, junto a Santo Domingo, actualiza en mi recuerdo aquel día de hace tantos años, en la que por fin conocí, llegué a ver en persona, al español aquel de “rostro nazareno y blanca barba” que fue, que era, que es, Juan Ramón Jiménez, el andaluz universal, que vivía, o mejor dicho, porque era la verdad más cruel, moría en San Juan de Puerto Rico.

El escritor inmenso que había merecido el premio Nobel, entre otras historias, por su libro, breve, pero inmenso, gigante, que fue Platero y yo. ¿Recuerdan? “Platero era pequeño peludo y suave…”

Yo había ido ya, casi de muchacho, a ver aquella que fue su casa de Moguer, aquel pueblo que azuleaba de blanco que era, al final de España, en Huelva, aquella casa andaluza con patio y pozo, aquella casa llena de Juan Ramón. Incluso era de los pocos, los algunos, que habíamos escuchado su voz en la cinta histórica. Aquella voz severa, solemne,como de monje, cuando decía:

– No la toquéis ya más, que así es la rosa.

juanramon1

Después me aficioné a saber más de Zenobia, la mujer que más amó al premio Nobel, y que además escribía muy bien. Luego había leído todo lo que en mis manos caía de él, cuando era casi chiquillo, y recuerdo la placa que había en las cercanías del Palacio Gaudí de Madrid, donde está la Sociedad de Autores y donde el escritor vivió algunos años, y donde, cuando escribía, J.R.J. detenía la pluma con la que trazaba el verso en el aire de su estudio hasta que pasaba el tranvía con su ruido primero y maquinal. Después continuaba…

Pongo en pie los flecos de mi memoria, cuando compruebo que en Puerto Rico -¡cuánto te echo de menos viejo San Juan, alta cumbre del yunque, viejas casas todavía tan españolas, tantas cosas juntas!- están los Reyes de España, Felipe y Letizia, visitando la isla y presidiendo ese Congreso de la lengua nuestra, nuestro viejo idioma, que ya es hoy hablado por ese hermoso número triple, de 559 millones de almas repartidas por el mundo.

Y es por eso que en este día, a la puerta de la primavera, con las fotos y los testimonios de las relevantes figuras de la lengua nuestra, me veo subiendo aquellas escaleras de la Clínica de Rio Piedras, la gran universidad, en San Juan, acompañados -o nosotros con él- del Cónsul de España en Puerto Rico, cónsul con el rango de un embajador.

reyespuertorico

– Me temo, Medina, que si quiere usted ver o hablar con Juan Ramón, no le va a ser posible hacerlo en su totalidad. Verlo, en persona, quizá sí, pero tenga en cuenta que está prácticamente agonizando. Se nos va en la clínica, pero he pedido permiso sabiendo que venía usted desde tan lejos solo para poder hablar con él. Se está muriendo. No sabemos si llegará a mañana.

Pero yo tenía que verlo, aunque fuera expirando. ¡Lo he contado tantas veces, forma parte de uno de mis momentos más emocionantes!

Y allí estaba a través del cristal, aquel de la barba nazarena, el fraile de códice mirando con los ojos muy abiertos, vivos, vivísimos, en aquella habitación cerrada en esa penumbra de las dos esquinas, el instante largo y pálido, entre la vida y la muerte.

Rodeaban al hombre ya de la barba blanca máquinas, bombas de oxígeno, esa araña de los hilos de plástico que permiten aún respirar al que las usa y, sobre todo, aquella mirada profunda, hundida del ser humano que todo lo ve en la frontera misma en la que ya no se ve nada. Las largas manos tendidas a ambos lados del cuerpo, en aquel fanal frío estremecedor.

Me arrancaron de aquel cuadro in-ol-vi-da-ble. En pocos días murió. Pero yo lo había visto. Lo había sentido. Y por eso hoy me viene a la memoria llenándome todo, apagando todo lo demás, el retrato último, el daguerrotipo de uno de los españoles más universales. Uno de los más grandes poetas españoles de todos los tiempos. Más que un premio Nobel, para mí. El escritor de mis años primeros de niño que quería escribir si no como él, parecido a él, mi paisano maravilloso.

juanramonjimenez1

Luego, años más tarde, pude llevar una rosa, fresca, de verdad, a la tumba en Moguer de Juan Ramón, después de que nos lo devolvieran a España. Hoy actualizo aquel momento de tristeza y a la par de vida. Lo conté alguna vez. Porque además, aquel mismo día, venía el periodista de contar los misterios del Triángulo de las Bermudas a bordo de un avión neptune americano, de los que llevaban en lugar de paracaídas salvavidas, de lo bajo que volaban.

Aquel mismo día y con las horas contadas, también vi a uno de los grandes españoles de todos los tiempos: el maestro catalán de El pesebre. Su viuda, muy joven, muy bella, me aseguró bajando la voz, cuando acudí a su cita en aquel chalecito de la ciudad de San Juan, cerca del fuerte donde las monjas españoles de aquel convento ondeaban nuestra bandera cuando desde su clausura veían un barco nuestro llegar:

– El maestro duerme a esta hora la siesta y no quiero despertarle. Le puedo dejar, por ser quién es y de dónde viene, y a quién representa, que le vea… pero me van a perdonar si no interrumpo su sueño.

Abrazado a su chelo, como si intentara abarcar la cintura de una dama, el gran español, catalán, dormía, reposaba. Me quedé con las ganas de charlar con él, pero le vi en carne y hueso. Titulé aquella crónica doble, creo que fue en el periódico Pueblo: Aquella tarde a través de la puerta entreabierta. O algo así, imagínense…

La música y la palabra, dos españoles universales irrepetibles. Hoy, cuando el Rey de España, dicen que dijo aprovechando el centenario de Cervantes, el otro día, que aquella lengua de hace tantos años se ha convertido en el idioma más universal para ir por el mundo

Atravieso el túnel del tiempo y recuerdo para ustedes mis lectores queridos, lo que forma parte de mis momentos más insuperables. Hace más de cincuenta años, pero insisto, para mí parece que fue ayer…

  • Hola Tico, muy bonitas palabras. Te recomiendo, no sé si la conoce, leer los libros de Emilia Cortes Ibáñez, sobre la vida y obra de Juan Ramón pero sobre todo sobre de una gran desconocida para muchos, su esposa: Zenobia Camprubí. Saludos,

  • Es una gozada leer todos tus posts
    Escribe usted muy bonito.
    Es todo un privilegio poder disfrutar de todas esas experiencias que usted relata.

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer