Naty, nuestra Naty

Podíamos haberle añadido al título de hoy otra ene más, pero ya con tres enes creo que es suficiente. Porque en este momento de tan alucinante actualidad como tiene esa mujer, siempre de perfil, viva moneda que nunca se volverá a repetir, como decía el verso de Federico, mi poeta de cámara, le iría muy bien, porque es cierto, Naty, también Nefertiti.

Porque no hay más que repasar los medios. Ahí está esa bellísima mujer, de enorme mito, que es la que fue la más grande faraona de todos los tiempos de la leyenda de las dinastías egipcias.

Bueno, pues eso. Hace unos días, cuando presentábamos el gran libro de Mamen ,”nuestra Mamen”, también podemos decir con legítimo orgullo, La flor y nata, que ya está en las listas de los más vendidos, poco a poco subiendo, según he podido saber en dos o tres lugares de libros de urgencia, por ejemplo avepuertos

De pronto, va y aparece, pasillo adelante, entre la multitud de rostros conocidos y apellidos brillantes, aquella mujer, aquella dama, alta, esbelta, flaquísima, que su trabajo le cuesta según su dieta, y que siempre parece de perfil, aunque venga de frente.

-¡Es Naty, que llega Naty!

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Sé que hay más Natys en el planeta de la gloria española por efímera que sea, pero debo decir, que ningún como la nuestra. La conozco, poco, aunque he viajado con ella por el mundo. Recuerdo un viaje a Grecia, otro a París, quizá, no sé si en algún sitio de América o en Nueva York, donde yo he asistido al espectáculo de acompañarla por la Quinta Avenida, y que la gente a su paso volvía la cabeza, precisamente cuando la Quinta Avenida es el único sitio del planeta Tierra donde nadie tiene tiempo de volver el perfil, pase quien pase, ¡aunque sea Onassis con siete perros con siete cadenas de plata!

Bueno pues por donde vaya Naty, solo caminando, solo estando, o aunque sea inmóvil, eso sí con su móvil al oído, conectando con el mundo que se le ha quedado pequeño desde que se cayó de la cuna en Sevilla, se para la circulación. Porque es en lo suyo la mejor, sin género de dudas, del mundo.

Y además de que lo es porque con eso la parió su madre, lo cierto es que se lo gana cada día y a cada hora. Una vez volando en algún avión por ahí, no sé dónde ahora mismo exactamente, creó que me dijo respondiendo a mi pregunta:

– Mira Tico, la verdad es que soy una curranta vestida de princesa.

Mejora lo que se ponga. No hace mucho, una de las más grandes revistas americanas, la publicó en su casa de aquí, cerca de la mía, lo digo para darme una cierta importancia, también casi al lado de ¡HOLA!, en la calle Almagro, y la verdad es que responde a lo que se puede decir: Dime cómo estás y te diré cómo eres.

Claro que sí. Personalidad, sacrificio, sí, mucho sacrificio, no saben ustedes cuánto y, sobre todo, lo primero: el pasaporte listo para viajar inmediatamente por el mundo. No hay gran fiesta de la moda ni encuentro de la elegancia personal, del estilo, de eso que se llamaba antes charme, sin que esté presente esta mujer, que no importa la edad que cumpla, pronto vamos a saberlo, a mí no me hace falta, porque ella mejora como los mejores vinos de la Borgoña. Y no es una verdad gratuita.

No, responde a un hecho cierto. Naty, con sus sombras y sus luces -porque cuantas más luces te luzcan, más sombras te acompañan- es una trabajadora nata, dotada de un toque especial. Casi espacial. Es una divina, quizá como un día me confesó el viejo Cordobés, mi compadre, siempre, mi amigo:

– Te digo una cosa, ¿sabes? Muchos son distintos a otros solo porque Dios les tocó con un dedo un día. Bueno, pues a mí me ha tenido en brazos.

Es una de definición impecable de gran calado. Buena hija, buena hermana, y gemela de su hermana Ana, que tanto se parece, el otro día atravesó el paseíllo del AVE en marcha, a la altura de Córdoba, y a poco se produce un aplauso. A cada cual lo suyo, porque todo se pega, mis amigos. Y además se lleva en la masa de la sangre, y se hereda, como se puede ver en el caso Naty, a la que el otro día en lo del Ritz lo único que se me ocurrió decirle entre tanta gente, mientras me ponía las dos mejillas y respiré el aroma único de las mujeres únicas, fue:

– ¡Vaya par de hijos que tiene!

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Y es que es verdad. Se le iluminaron las luces de farol chino que lleva en el fondo de sus ojazos. Me gusta verla porque solo la veo, que no es poco, allí donde solo pastan las estrellas.

Mujer con los romances justos, que ha sufrido mucho, en su vida sentimental, amueblada con lo mejor de los aguantes y los silencios. Ha llorado, claro, que hace como me dijo aquel día Liz Taylor, que también la admiraba y mucho, “las lágrimas hermosean la mirada”. La limpian. Hacen más claro el paisaje. Es marquesa y duquesa, consorte de su matrimonio con Medina. Vive al lado, justo al lado, de una de las casas más hermosas del mundo, la de Pilatos de Sevilla.

Tiene, por tener, no sé cuántos títulos de la elegancia mundial, pero el hecho es que cada día del año, cada día de cada mes del año, ya está a bordo del yate de Armani, uno de sus grandes admiradores -al que todo el mundo admira- o en la Plaza de España de Roma, posando, donde esté y donde se encuentre cada día, insisto, antes de mirar por la ventana dice lo mismo que decía Frida Khalo, a la que yo sin conocer en mis años de México, visitaba tanto en su casa de las afueras. ¿Saben ustedes lo que decía aquella mujer única que no dejó de sufrir un solo día de su dolorosa vida, dentro de una armadura de hierro, que no la dejaba de hacer daño, mientras pintaba, escribía y cosía con la boca?

– Adelante, por encima de tantos, por encima de todo, adelante. La vida no es fácil para nadie.

Y menos para ella. Un día hace ya muchos años, cuando fue noticia, porque había hecho un papelito importante en aquella película de guerrilleros, en el que ella hacía de mujer de la montaña… el gran director,  me dijo:

– Es distinta. Y además de una de las mujeres con más clase del mundo, es… yo diría que divertida, obediente… única.

Yo la conocí, cuando muchos de ustedes ni habían nacido siquiera. Fue en el sesenta y cuatro y en la Feria Mundial de Nueva York, en la que España tuvo un gran éxito. Ya causó sensación en la pasarela pasando ropa del extraordinario modisto cordobés, Elio Berhayer, que la había llevado a Nueva York y fue un gran descubrimiento. Óscar de la Renta me habló un día en su casa dominicana, la última, la que tenía junto a Iglesias en punta Cana, y me aseguró:

– Forma parte de mi tesoro, no hay quién sea como ella es y no solo en la pasarela, sino en la vida misma, poniendo en pie cada mañana su propio personaje.

Veo que ha escrito ya, o ha ayudado a escribir dos libros, pero nos falta el suyo. Manda cuando aconseja. Convierte un trapito en un Coco Chanel sin señalar. Algún día hablaré de la Coco Chanel que conocí, excepcional, en el Jorge Quinto de París, cuando tenga que hacerlo. ¡Cuánto ha vivido y cuánto ha sobrevivido también!

Es imposible para ella el pasar desapercibida. Aunque se vista de vagabunda o de hermana de San Sulpicio. Es curioso su apellido, el de su casa natal, es Romero de Toro, creo, a punto de ser Romero de Torres, que la habría pintado seguro de haberla conocido. Impecable hasta recién levantada. Como María Félix, a la que en su día y también para ¡HOLA!, hice sus memorias en París, Cuernavaca, o el barrio Rosa de México, es capaz de aguantar sus espejos.

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Están con ella para la nariz o para de cuerpo entero- en la magnífica revista, hija de ¡HOLA!, H!Fashion, tiene sus cinco sentidos en esa doble página que lleva su nombre. Impecable sí, pero también impecable para echarse a la calle en una vitrina cada día, para ser observada con el microscopio con que son estudiados, vigilados, los más amados y los más odiados al mismo tiempo.

Fueron doce hermanos en casa, en su casa sevillana. Lleva a su tierra en el alma. Y ejerce de andaluza, lo que le estoy muy agradecido. ¡Ese sí que sería un libro de memorias, o de recuerdos, o de lo que ella quiera, Naty Abascal, mi referencia!

– Ah, o sea que usted es andaluz, como Naty Abascal ¿no?

Sí, claro que sí, pero menos. Si hasta Woody Allen, que quiso que fuera actriz de cine, me lo dijo aquel día:

– Una personalidad gigantesca, convertía la metralleta de la guerrillera en el cetro de una reina.

Dicho queda, princesa. Cuando quieras nos vemos, y nos tomamos unas copas. En Sevilla o en Madrid, o donde te dé la gana. ¡Qué sabe nadie, señora! Y cuando quieras que se sepa, me llamas, estoy dispuesto a firmar ese libro contigo. A partir de mañana, y ahora que ya estamos en la semana de la Pascua de la Resurrección.

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