Liza Minnelli, leyenda viva

– Yo tengo todo doble, en todos los aspectos. Dos enes y dos elles, como mi padre y como mi madre. Porque yo soy famosa desde antes de venir al mundo. Aparte de nacer en Hollywood, que no todo el mundo puede decir lo mismo, que sepa, desde el vientre de mi madre, que además fui única, ya sabe Judy Garland, que no hubo nadie cantando como ella lo hacía, ya me esperaba el mundo. Fui leyenda como usted dice, desde el mismo momento que mi madre me parió…

Me lo dijo más o menos de esa manera, yo diría que campechana, directa, aquel día, doce de agosto del dos mil siete, cuando vino a cantar en el patio del viejo cuartel de Conde Duque, cerca de donde yo había hecho la mili, en Farmacia Militar, en la calle Serrano Jover número cuatro.

Liza había venido a España de nuevo después de largos años de ausencia para cantar en las fiestas de verano de Madrid. Siempre arropada por el éxito, seguida y perseguida por sus propias sombras, siempre de clínica en clínica, operada de los huesos por dos veces, una de cadera, otra de rodilla, superviviente siempre de sí misma, que no era poco, cayéndose, levantándose de sus feroces adiciones, resucitándose, cada vez con una voz más hecha, más poderosa, gigante. Esta mujer, aquella, que tenía frente a mí, vestida de oscuro, de los pies a la cabeza, incluso en sus ojos negros también como los de su madre y la falda muy corta.

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-¿Cree usted que gustará que a mi edad enseñe mis piernas? Dicen que aún las tengo hermosas… ¿Está de acuerdo? ¿Cómo ha dicho que se llama?

Pequeña, en la línea casi de la Édith Piaf, de la que escribiré, estoy deseando hacerlo, algún día. Liza, provocadora, escoltada de su propio ejército de contradicciones.

-No me importa decirlo, pero acabo de salir de una clínica de desintoxicación donde no es la primera vez que acudo. Todo el mundo lo sabe. No me importa, es mi destino, a veces porque el alcohol es primero como mi amigo, después mi enemigo, esto viene con uno en los genes, yo lo heredé de mi madre, y otras veces por culpa de los medicamentos…

¡Pobre niña rica! Con sus ojos tan abiertos, mirándote fijamente, bebiendo agua de una botella cercana.

– Ya no tomo sustancias, al menos durante esta larga cura, y es una pena venir a España, donde me dicen que el vino es tan bueno, y no poder brindar con ustedes.

Éramos unos pocos en aquel hotel donde nos recibió. Movía las manos como si fueran aspas de molino al viento. Se levantaba, se sentaba, se dejaba retratar, no quería posar, y los pocos que estábamos, todos del oficio, sabíamos que aquella mujer era más que genial, también por parte de su padre, Vincente Minnelli, director de cine, de infinito talento.

Cantó, claro que sí. Cabaret que sonó, al menos para mí, a gloria bendita y eso que no soy de por sí cabaretero. Pero ella era la dueña de esa pieza excepcional de la música de todos los tiempos. Pensaba, el viejo andaluz que soy, “ya puedo morir tranquilo, porque puedo decir que he visto a Liza cantando cabaret en persona, bajo el cielo de verano de Madrid, casi como quien dice en Chamberí, bajo un cielo de golondrinas”.

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¡Qué bueno poder recordar hoy a esta mujer fascinante, que el sábado cumplió setenta años! El icono vivo, ¡y tan vivo!, que además nos regaló de propina ni más ni menos que ese New York New York, que uno también vivió en persona desde la garganta de aquel personaje del peluquín, a la que tanto amo, Ava Gardner.

Y recordaba, el cronista, que también lo escuchó más de una vez en aquella casa cerca de la fuente de los delfines, al final, o al comienzo de Velázquez, cuando en la madrugada Ava volvía de Manolo Manzanilla, y ponía a toda pastilla los discos, entre ellos, claro, esta canción mundial, para que nos enteráramos de que seguía amando al hombre lejano, feo, pero total, del que seguía enamorada…

Liza, que ha dicho ayer mismo en su celebración, si es que se celebran los setenta años, sobre todo en el cuarto de estar de una diva como ella:

-No me preocupa, sé que el mundo entero lo celebrará el día que cumpla los setenta y cinco.

Películas, teatro por el mundo, variedades, que mejor se dice en su idioma natural, varietés, con acento en la e, coleccionista de depresiones, ¡hasta un Oscar!, todos los premios de la música y la interpretación, cuatro veces matrimoniada… Creo que estaba aquel día en el estudio de Arwold en Nueva York, la mujer sin cejas, como les cuento, que se las tiene que pintar a mano, aquella que según la leyenda usa una cinta en la frente solo para que el sudor no se le derrame sobre el pecho, según los libros, que hablan de ella.

Sobrevuela todo, está por encima de lo que se diga, cruza las piernas como aquella Stone de la película. Tiene una sola hija, creo, pero es adoptada. A veces cuando está su público muy cerca, se sienta al piano y toca, si no como Liberace, que también tocó para ella, pues parecido.

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Bailarina, a veces, saca incluso una silla de tijera que lleva en el equipaje con sus doce músicos, y se sienta en la mitad de la escena bajo el chorro de luz, y dice en la cámara oscura:

– A ver, pidan por es boca, que aquí estoy para cantarles lo que quieran.

Más o menos así, y si hay que bailar, pues baila. Todo el mundo se convierte en un inmenso cabaret cuando ella está ahí arriba, porque es lo que ella dice y lleva razón, toda la razón del mundo:

– ¿Saben por qué gusta tanto esta historia? Pues… por eso, porque lo cierto es que el mundo es eso, un grande, íntimo, verdadero cabaret

Y buena amante de la noche, la mujer que tiene una estrella en la avenida esa de los Ángeles, grabada en el suelo, delante del teatro Chino. Salió a la calle a vivir su día, a vivir su noche, seguida de una escolta espontánea de seres de la noche, que la aclamaban como una Reina, como una Diosa.

Como si acabara de abrirse la puerta hermética de la luz y de la sombra, cuando Chamberí, Argüelles, hasta el Matadero, se convirtieran en un gigantesco Studio 54.

¡Qué pena no poder contársela a ustedes en la conmemoración de su 70 cumpleaños!

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