Hermano lobo

A Félix Rodríguez de la Fuente, que ayer justo se cumplieron 36 años desde que nos dejó.

A veces hay que escribir de los animales, no por otra razón, sino porque son noticias, y además es lo que estos días atrás decía, escribía, gritaba en una página de pago -sobre todo en los periódicos de España- sobre los galgos, que según BB, y parece ser que es tristemente cierto, aparecen ahorcados por las geografías de este viejo pueblo nuestro que se llama España.

Por ejemplo, ahora, estos días también se pone en pie de nuevo, hay cosas por las que no pasa el tiempo, la leyenda verdadera en la que se defienden dos posturas claras, en lo que se llama “el tema del lobo”.

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Es curioso e interesante, creo, el que lo que fue en su tiempo, sobre todo estando vivo Félix Rodríguez de la Fuente, cuya muerte en el hielo, al norte del mundo estamos ya llorando, recordando, porque fue un catorce de marzo hace ya no sé cuántos años.

La vida está llena de casualidades, a veces causalidades que siendo casi la misma palabra representan dos posiciones distintas. Hace medio siglo, cuando la televisión empezaba, hacíamos mi compadre Yale, padre de Julia Navarro, y servidor, el telenoticias de la Televisión Española, todos los días, en aquel como estudio garaje de la avenida de La Habana, justo en la casa de al lado, donde se ha ido vivir, Ana Boyer, en ese ático envidiado, ma-ra-vi-llo-so, que ha sido portada exclusiva de ¡HOLA!, nuestra madre periodística.

A lo que voy.

– Que me han dicho que hay un doctor dentista madrileño que tiene la consulta en el barrio de Chamberí y que quiere hacer una expedición a Groenlandia, a la búsqueda del halcón blanco peregrino de las nieves, quizá interese la historia…

– ¡Pues claro que interés! A ver si lo podéis traer cualquier mediodía de estos y que se traiga algunas fotografías, si es que la tiene… del pájaro que va buscando.

– No es un pájaro, como si fuera un gorrión, director, es más bien un ave exótica y lejana…

– Lo traéis al estudio, que tenéis que hacer méritos por los cuarenta duros que os lleváis sin dar un palo al agua todos los días…

Como les cuento. Encontré al  héroe, que ya lo era, y que se llamaba, se sigue llamando, Félix Rodríguez de la Fuente, que en paz no descansa el pobre, porque no lo dejamos en paz a pesar de los años vividos desde que se nos fue aquel día…

El halcón blanco, mítico, fue su aparición en la tele, la única en blanco y negro de entonces. Una entrevista a medio día. Fue suficiente. Su enorme personalidad, el valor con que contaba sus historias, su voz poderosa, su pasión, al convertir a los seres animales en historias brillantes, y sobre todo cercanas… hicieron que, primero, acudiera a nuestro programa todas las semanas para contar “lo que le diera la gana”.

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Entonces no había audiencias escritas, sino rumores, las cuatro esquinas. Y luego tuvo su programa, y de ahí, día tras día, a la leyenda viva, a convertir este pueblo nuestro tan despegado de sus compañeros más cercanos en una historia de amor, cotidiana para con ellos.

Y el programa aquel del Hermano Lobo. Había una publicación de humor entonces con ese nombre que nos abrió un horizonte maravilloso al enseñarnos, como si fuera el padre de todos los lobos del mundo, cómo era de verdad aquel viejo enemigo con el que incluso nos asustaban de niños

– Duérmete, chiquillo, ¡que viene el loboooooooo!

Les cuento. Félix subió merecidamente como la espuma. Era directo, brillante, culto, guapo y además, ponía todo el corazón en lo que decía. Yo ya había subido, como jefe de reporteros de ABC, a la alta sierra zamorana de la Penagueira para contar la historia de aquella vieja loba, tuerta, de pelo blanco, que bajaba hasta los pueblos de piedra y pizarra para buscar comida. Ya se habían desayunado casi todas las ovejas de la zona. Los habitantes de la Sierra escondían a sus caballos y sus hijos, en cuanto caían las primeras sombras heladoras de la noche.

La historia del hombre lobo no era una mítica narración de los vampiros de dos patas que asustaban en la noche del norte. No. Eran de verdad, y las series de los habitantes de las sombras  campaban a sus anchas en las altas breñas del norte de España.

Yo había entrevistado al tío Lobera, que vivía en una cueva de lobos en Sierra Morena, del que había una vieja fotografía encontrada en el pueblo bello de Cazorla, en Jaén, que recuerdo tanto. Para trofeo, la revista de caza en la que llevo escribiendo casi cuarenta años sin haber cazado nunca, más que historias que contar a ustedes, busqué todos los reportajes lobunos que había en España entera. Me regalaron incluso una calavera de lobo, que aún luce, ahí la veo, entre mis libros, con los colmillos de un viejo lobo abatido en Asturias, en aquella braña de la que me hicieron en su día vaqueiro de honor. Teno el escultor, me construyó un collar maravilloso que algún día habré de encontrar, si es que me lo robaron aquellos ladrones que entraron en casa mientras yo estaba en Pontevedra viendo a Ortega Cano, después de la muerte de Rocío la Grande.

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Con una vieja trampa para lobos, me hicieron una lámpara de mesa bajo cuya luz he escrito no sé cuánto tiempo. Y mientras Félix seguía a su aire, creando su propio mito, sobre todo y en principio defendiendo al lobo, yo, a veces contra mi propio deseo, hube de adoptar una postura distinta.

De pronto, de la noche a la mañana, me hice no defensor del lobo, sino al contrario, me puse de parte de los pastores que defendían que al lobo había que extinguirlo, porque acababa con la tranquilidad de sus aldeas, y sobre todo, sobre todo, con la vida de los animales de los que vivían: las ovejas, las vacas, los terneros, los caballos, los burros y hasta había personas que habían sido atacadas en las propias plazas de los pueblos donde vivían.

Sin necesidad, eso sí, de decir, de gritar, de invitar a la cruzada contra el lobo, desde ABC, donde era jefe de reporteros, y el lobo además, vende mucho en general -tiene su mito y su rito-. Publiqué grandes historias de las que aún queda el eco de su paso por los semanales, en color. Los pastores de Barrios de Luna, en las montañas de León, bajo la advocación de la Virgen del Camino, un día me hicieron entrega de zurrón de cuero con mi nombre en oro falso, un bastón que ya les he contado alguna vez, con una frase trabajada, pergamino y bailes y bendiciones a toda emoción.

Ya les he contado, porque solo tengo una vida, la mía, que contar, que por otro lado y desde una noche tenebrosa en el terremoto de Agadir, en el norte de África, en el que pude contemplar la catástrofe de cientos de ovejas muertas, devoradas por las ratas… no podía probar la carne del cordero, tan rica, de la que además éramos asiduos en casa desde que vine al mundo.

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Bueno, pues me dieron cordero de nueve o diez maneras diferentes, por mi lucha contra no el hermano lobo, sino el enemigo hermanastro lobo de la montaña, que hacía más endebles a los niños, y más temerosos y pobres a los habitantes de aquella geografía. Así que me dieron cordero, a tope, pero al viejo estilo de los emperadores romanos, no tuve más remedio que devolverlo a la tierra de donde vino…

Aprendí a querer al lobo, a buscarlo en las huellas de la nieve del sur, en Sierra Morena. Lo he visto, o mejor lo he sentido respirar en mi propio cogote, en mi nuca, más de una vez, desde tan cerca que conozco su olor como brillan en la noche sus ojos color ambar…

O sea, he aprendido a quererlo. Ahora me dicen que ya bajan hasta casi el Retiro de Madrid, buscando comida, porque ya no la hay ni en los estercoleros que rodean la gran ciudad. Cada día hay menos en España. O de otra forma, con dos piernas, en lo que es la historia diaria de esta parte del mundo.

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Por lo que cuentan, se trata de “buena gente a la que no hay que exterminar”. Vale. Miro a su cráneo, junto a la de aquel oso, cerca de la mandíbula de tiburón, de perro negro de México, a la vera de las cabezas de tortuga, que son como pequeña esculturas, todos aquí frente a mí, aunque no sean mis trofeos, sino más bien mis recuerdos…, y pienso que debemos hacer lo que nos sea posible, no por acabar con el hermano lobo, no, -sirva esta página de hoy en recuerdo de Félix, que terminó siendo un gran amigo mío- sino por hacer lo humanamente posible porque vuelva a lo que es su mundo, su forma de vida, su normal habitabilidad. Y me apunto a su permanencia, a su normalidad, a su futuro.

Que así sea, y que lo de hermano lobo se haga realidad. Cada uno en su sitio, y a su aire. Todos tenemos derecho a estar, a convivir. Porque es nuestra la culpa de que el lobo baje hasta nosotros. Está harto de encontrar en los basureros, en los contenedores, lo que el hombre le está negando en la alta sierra. Y eso que sabemos que de seguir como vamos, en todos los aspectos, el hombre será el lobo del lobo. Ya aúllan y muerden sueltos, los que llaman los lobos solitarios del terrorismo. Yo, rindo mi vieja máquina de escribir, mi única arma de combate, y de defensa, ante ellos.  Y escribo hermano lobo, sabiendo de lo que escribo.

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