El Palacio de Dueñas sin ella, sin Cayetana

El otro día viajando a Sevilla desde Madrid, como siempre en el AVE, por lo menos una vez a la semana para hacer televisión en el Canal Sur con Juan y Medio en su programa Aquí y ahora, y así desde hace más de seis años, tuve la enorme suerte de que el Duque de Alba, Carlos, hijo de Cayetana, la Duquesa, me dejara sentarme a su vera, cara a cara, frente a frente.

Los dos cuando vamos al sur, lo hacemos cada uno en su asiento y mirando hacia adelante. Coincidimos a veces los viernes, que yo voy a lo mío, a mi curro, y él va a lo suyo, a ver sus cosas, y sobre todo, a Dueñas, el palacio sevillano donde tantas veces por razones profesionales ha estado este viejo cuerpo sureño, ¡tantas y tantas veces!.

-Bueno, ya sabes Tico, que yo te conozco desde aquel día que fuiste a entrevistar a mi padre en su despacho de Liria, que ahora es el mío. Yo tenía trece años…

Me cuenta el duque Carlos que ya está abierto el Palacio de Dueñas, de Sevilla, para que lo visite y lo disfrute también quien lo desee. Desde que se fue su madre, Dueñas está preparándose para abrir sus puertas a todo el mundo. Total, ocho euros de nada, que son necesarios además para mantenerlo, no solo en pie, sino vivo. Vivo sí, pero sin la duquesa Cayetana, que tantas veces me abrió las puertas de sus casas. Desde hace tantos años. ¡Cuántas horas nunca perdidas, sino siempre ganadas, en su compañía, en alguno de sus hermosos patios!

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Yo, que tengo el alma mudéjar, no en vano mi apellido, ni mi sangre nazarí, ni mi nacimiento. Las sangres mezcladas. Con Cayetana, aquí en Dueñas, ya gozado por el pueblo llano, por ejemplo, hablamos más de una vez después de haber publicado sus memorias hace tantos años aquí. La visité más de una vez también con su marido, el que tanto sabía de música, y con la gana que me quedé de visitarla, cuando Alfonso Díaz era el dueño de su corazón de muchacha. Y fue aquí en Dueñas donde me regaló dos cosas:

Una, aquella foto que le hizo el fotógrafo americano inmortal, ella bailando vestida de blanco, moviendo “las manos como solo saben hacer las gitanas”, y aquí también, en el salón que se llama de la Gitana precisamente, me dijo solemnemente:

-Tico, te regalo este caballo que he pintado en mi casa del Carpio, en Córdoba, donde sabes que tengo mi estudio y algunos de mis caballos…

En Dueñas, ella se sentía feliz, en su casa, en su ambiente, en su cortijo, dentro de Sevilla. Sus patios, sus jardines, sus fuentes, sus palmeras, y sobre todo, ese mosaico a la entrada donde dejó escrito don Antonio Machado, el enorme poeta que aquí nació:

Mi infancia son los recuerdos

De un patio de Sevilla

Y  un huerto claro donde madura el limonero

Cierto. ¡Cuántas veces me habré retratado con Cayetana al pie de esa dedicatoria mundialmente contada!

Y el rumor del agua, la que cae, la que corre, que son dos sonidos diferentes. Y las columnas y los tapices, el mármol, la cerámica los mosaicos de la cartuja, los cuadros únicos, un museo dentro de otro museo, zócalos, Luca, lo gótico, que ella sonreía cuando le decía al paso:

– Me gusta mucho, claro, ya sabes que yo soy gótica, Medina.

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Bargueños, cornucopias, atauriques, ¡tantas cosas contadas! ¡Tantas calladas también! El salón de la gitana, las personas que lo vivieron, que lo contaron, ¡Ese patio del aceite que huele a almazara, a viejo molino campero! Luca Giordano, quise decir, cuadros, vitrinas, la capilla donde se casaron Eugenia, la niña Eugenia, a la que tuve en brazos, ¡lo he contado tantas veces! Eugenia con Fran Rivera, el torero. A Cayetana le gustó mucho su abuelo, don Antonio Ordoñez. Ese traje de luces de mi compadre Curro Romero, una joya chispeante en una vitrina, abanicos, trajes, cuadros tapices, porcelanas, la historia, la tradición…

Y ella, que sin estar es como si estuviera. Quinientos años de vida, la memoria.

-Quiero decirte, que me gusta mucho vivir aquí, aunque sea madrileña. De lo que me siento tan orgullosa, pero no sé, prefiero Dueñas a Liria, ¡te lo he dicho tantas veces!

Lo mejor de Dueñas, hoy, el Duque, que sigue teniendo su sitio para cuando viene, y las flores, los bojes, que tanto le gustaban a la Duquesa. Dicen que ahora han puesto una tiendita donde se puede adquirir cosas que estuvieron incluso cerca de ella. Hace unos días, en el Ritz, vi a Genoveva, que aquí también se casó con Cayetano. A ver si encuentro esas macetas vacías con el escudo de la casa azul y oro de la Duquesa, y le sembraré pilastras, de las que tanto gustaban a mi madre. ¡A ver si llego a tiempo, y aunque sean copias, claro!

Sí, volveré a Dueñas aunque no esté ella. Dueñas sin su dueña. Pero permanecerá su resplandor valiente, artista, por todos los rincones. Y la veré bailar de nuevo, en su estudio, como cuando Enrique “El cojo”, el gran gitano, el cojo divino, le daba clases, y te decía, que lo he contado muchas veces ya, soy un paliza de lo que me gusta:

– Oye niño, esas manos no se mueven así, como ella lo hace, eso no se aprende. Eso nace con uno, ¿sabes? Eso se lleva al venir al mundo en la masa de la sangre, en el cordón del ombligo. Eso se llama, ¿Sabes cómo se llama, tú, quiyo? Eso se llama duende.

Su duende, seguirá allí, estoy seguro, la llave de dueñas, sin el que Sevilla no sería Sevilla.

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