Cristiano Ronaldo, el único

Hay un dicho que dice: “Si en el mundo del fútbol Messi es Dios, Ronaldo es su profeta”.

Vale. A mí, la verdad, el fútbol me gusta lo justo. O sea, veo sin falta, acompañando a mi sufrida esposa, los partidos del Real Madrid contra “no sé quién”. El entrecomillado responde a la verdad absoluta. Lo hago porque en casa, todos, incluido el canario que pía cuando marca el blanco, son forofos del Real Madrid desde siempre. Y uno debe estar cerca de los suyos, incluso en los peores momentos, como parece ser que ocurre ahora, que estamos, están, perdiendo todas las copas, aunque eso sí, falta la Champions, que la necesitan como el comer, como dice el refrán.

Dicho lo cual, acudo al personaje del día, que es sin género de dudas es Cristiano Ronaldo, el futbolista más grande según dicen los que en esto saben. Ronaldo, al que lo que de verdad le gusta es que le llamen Cristiano, que es su primer apellido, y además nacido en Funchal, bella capital de las islas Madeira, donde servidor ha estado en varias ocasiones, eso sí, para contar las hermosas historias de los últimos balleneros que por océano son, y que de ahí son los mejores del mundo.

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Y algo de ballenero tiene este guapo dios, de paisano, en el redondo mundo del futbol. Mide uno ochenta y cinco y acaba de cumplir, creo, treinta y dos años. Es sin género de dudas, un fuera de serie en lo suyo, y ya tiene avión propio, película sobre su vida y más todavía, libros que solo hablan de él, y pocos saben que tiene además un verdadero corazón solidario, una joya, mucho más allá, mucho mejor, que las no sé cuántas botas de oro que colecciona por refrendo popular, sin contar la que viene este año, que igual se la lleva.

Tira a gol, que es su fuerza, no sé cuántos a su haber, y no me atrevo a decir la cantidad, porque nos tiene muy bien acostumbrados a los que le seguimos aunque sea como consortes, que yo, de ser de alguno, debo serlo, por más disgustos que me dé, del Granada Club de Fútbol, del que además soy socio de honor y tengo una camiseta con el número diez. La heredará alguno de mis nietos cuando corresponda, son dos de los cuatro que me llenan la vida, pero los dos son del Madrid y en el campo buenos futbolistas.

Servidor, que tuvo la suerte de jugar a la pelota con el mismísimo Pelé, con acento en la segunda “e”, eso sí, en la playa de Río de Janeiro en la que él aprendió a jugar siendo un niño -lo hicimos para la televisión en su día- y hay fotos del momento, y que ha conocido personalmente no solo a ese gigante del fútbol que fue su presidente don Santiago Bernabéu, uno de los más grandes personajes, manchego total en este tiempo del Quijote, con el que además acompañé a pescar en Santa Pola, mientras doña María, su popular esposa, le vigilaba cosiendo en la mesa de camilla de aquel salón con vistas al mar, en el que pasaban los veranos.

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Además, entrevisté en su tiempo a Di Stéfano, del que fui amigo y bueno, incluso en el crepúsculo, y Gento, que le acompañé a correr un día, en silencio, al amanecer, haciendo footing, eso sí, alrededor del campo donde se hizo uno de los mas históricos extremos, que se recuerdan y que fue llamado “la galerna del cantábrico”. También a Puskas, a César… y hasta no sé si se lo he contado ya en alguna otra ocasión, me ha marcado un gol, aquel Zarra inolvidable, internacional, en el estadio del Real Madrid, para hacer una historia.

Tengo mucho que contar sobre el futbol, sí, pero más fuera del campo que dentro. Y he visto, claro, jugar a Cristiano, estilo “hoja seca”, que muy pocos saben lo que es, y que se trata de levantar el balón sobre todo en un tiro franco o en penalti, con un cierto efecto que parece milagroso, y que es muy del otoño, o sea, como cae una hoja del árbol, suavemente, haciendo una elipse, como quien aterriza en un parque…

Se llama de segundo apellido Dos Santos, y tiene sobre todas las cosas, un hijo de seis años del que no se conoce el nombre de la madre, ya que él dice que lo hizo para que fuera solo suyo. Una novela quizá de amor y de renuncia. Lo cierto es que su niño, cuando está en el palco blindado con su abuela, la madre del jugador, y siempre alguien más cerca “por si acaso”, salta alborozado cuando su padre marca un gol, que inmediatamente después, se lo dedica con los dos brazos en dirección al palco.

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Siempre hay un nombre de mujer cerca, de todo tipo y condición, pero todo obedece al peso de la leyenda. La última dama reconocida es una modelo preciosa, rusa, de ojos claros, que ya se ganó a pulso la portada de, incluso alguna vez, nuestra revista. Como todo el mundo sabe, Cristiano vive en una fabulosa mansión de las afueras de Madrid, en una casa blanca, lineal, preciosa y precisa, carísima, donde le gusta cuidar mucho su forma física.

Es un atleta perfecto que se machaca, como se dice ahora, en su gimnasio, se cuida mucho, oye música, y sobre todo, y en eso es también grande, tiene un corazón solidario, a tope. No es la primera vez que de su bolsillo lleno, eso sí, vacía fuertes cantidades de dinero, tanto para las ONG’s, como para refugiados o niños lejanos que lo necesitan. De mucho de ello no nos enteramos, pero es verdad. Gaza o Siria, o aquí cerca.

Recibe a niños con problemas que quieren verlo, en silencio y sin que nadie lo sepa, y hace publicidad como modelo, perfecto, para marcas de ropa y relojes, para aquello que necesite de él, como ejemplo mediático. Lleva un brillante, creo que verdadero en la oreja izquierda, y gusta mucho escaparse al norte de África donde tiene algún buen amigo siempre a la espera.

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Su padre murió, según él mismo cuenta siempre, por razón del mal alcohol. Y fue él quien le puso Ronaldo de nombre, porque admiraba mucho a Reagan, del que por cierto escribíamos hace un par de días con motivo de la muerte de su viuda, Nancy.

Invierte parte de lo que gana, que es mucho, en negocios de turismo, hoteles, spas, complejos, sobre todo en su país, Portugal, al que hace honor muchas veces de forma exterior, no solo hablando en castellano, pero eso sí, con el aroma del fado y cubriéndose la cabeza cuando hace frío, con una de esas grandes boina bufanda de los heroicos cazadores de cetáceos de las Madeira, donde a mí, por ejemplo, no me importaría quedarme para siempre, eso sí, mirando al océano desde ese balcón de piedra y de hiedra que es su isla, como un barco en la mitad del atlántico.

Llora de emoción, y con frecuencia, y si está apesadumbrado o feliz se le nota enseguida, cuando yerra o cuando marca. Zidane, que siempre va de negro con los zapatos marrones, como es la moda, incluso en el campo, ha dicho hace unos días después de los cuatro goles del último partido:

– Cristiano es único.

Y yo, que no estoy en esto pero sé lo que es una leyenda, digo lo mismo. A ver si algún día me hago un selfie con él. Aunque sea a ritmo de fado, que además me gusta tanto, bebiendo un vaso de cristal azul a la sombra de una chimenea manuelina y escuchando a Amalia Rodrigues, la grande a la que tuve el gusto de conocer en su casa de Lisboa. Eso sí, me gusta el bacalao a la portuguesa, y creo que uno de los más grandes de la literatura ha sido Eca de Queirós, que aprovecho para recomendárselo.

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