‘Confieso que he bebido’

Pablo Neruda tituló su libro de memorias Confieso que he vivido, y de ahí el título de mi post de hoy. Como cada día, desde hace algún tiempo, escribo, a excepción de los fines de semana que más por descansar yo, lo que hago es que los que tanto me ayudan en ¡HOLA! reposen, siquiera un par de días, porque mi memoria no cesa, ya que se ha establecido como una especie de relación mediática, astral, entre mis lectores y yo. Hay veces que en la calle o en el AVE, cuando vuelo, o en los mail esos que a veces me inundan, por carta incluso, que “a veces llegan cartas”, como en la canción de Raphael, y hasta vienen mensajes en el pico de las últimas palomas etc., etc., me preguntan.

Respondo a un par de preguntas que a lo largo de este contacto, ya tan querido y necesario para mí, tanto que sin él me extinguiría en el acto como una planta sin regar, las preguntas, que eran, son:

– Escribe usted mucho sobre lo que come, pero nunca nos dice si es que bebe, lo que bebe.

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Llevan razón. Beber es una forma de vivir, además del agua, que sobre todas las aguas que en el mundo son, y por eso prefiero las aguas de Granada, que en su día encauzaron los nazaríes desde las nieves de la Sierra hasta el corazón de la Alhambra, sus jardines y sus calles…

Y además es cierto lo que digo, porque estoy tan contento de ser copatrón de la fundación Emasagra de las Aguas de Granada, que tiene su sede en un carmen excepcional, arriba del Albaicín, en la placeta del Cristo de las Azucenas…

Me he criado cerca del sonido del agua, en la fuente que salta, en el arroyo que corre, en la lluvia de medio mundo… que no hay música más querida para mí que esa, tanto, que en un bonito hotel de Granada, del barrio de la Manigua Antigua, cuando llego, hacen que suene el agua que guarda esa fuente de mármol, excepcional, para que el “agua oculta que llora”, que dijo el poeta, me acompañé al viejo cronista de la ciudad y la provincia que soy, por poco tiempo que me quede.

Pero también he dado todos los pregones del mundo, en media España, por razones de las fiestas y ferias del vino en todas las geografías. Por ejemplo, el del vino de Montilla, respondiendo al dicho del sur que dice: “La elección es bien sencilla, o es Moriles o es Montilla”.

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He ofrecido al respetable en un día inolvidable, y perdonen que sin querer estoy escribiendo en verso, mal verso pero ripio al fin, el pregón del vino de Ribera del Duero, y he conocido en las viejas bodegas su indudable secreto.

Les podría contar de aquella noche en aquel lugar de La Rioja, donde hice también el canto a los sentidos de la uva. Y desde luego al blanco dorado de los vinos del descubrimiento, donde encontré el gran secreto histórico, de que el que dijo Tierra, desde lo alto de la nao de Cristóbal Colón, no era de Triana como se dice en la historia, sino de Lepe, de Huelva, vinos blancos del descubrimiento, inolvidables también.

Como los vinos, todos, de la tierra caliente de Canarias, aquellos hermosos y dulces de Lanzarote, donde cada viña es una obra de arte sin duda, aquellos campesinos que llevaban un pequeño gorro de paja, y que pintó Cesar Manrique donde un día, después de viajar por toda España, haciendo la misma pregunta, hasta llegar allí, a la isla de la Graciosa, otro lugar para quedarse, aquel marinero de la mirada azul que cosía redes para pescar “la vieja” riquísima, a ser posible con la papa arrugá, con acento en “a”, y el mojo picón…

Y me respondió, sin levantar los ojos de su trabajo diario, coronado de gaviotas:

– Me pregunta usted, amigo, si aquí se muere mucha gente, ¿no?

– En efecto.

– Pues no sé lo que pasará fuera, pero en esta isla nos morimos todos.

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Vino de las tabernas de Córdoba, que todos los años hacen una Señora de las Tabernas, porque son las cuatro esquinas de la charla, de la conversación, el congreso del barrio, el senado de la placeta,  porque “los vinos son para compartir”, y no el vino en soledad que cuento siempre, lo de aquel viejo gitano granadino que llegaba todos los días a la Plaza de los Lobos y pedía en la oscuridad de la bodega:

– Échame vino hasta que ocurra una desgracia.

O como cuando Mary Hemingway me declaró aquel día en la Feria de Abril de Sevilla, donde se bebe tanto, porque se vive tanto…:

– Toda la vida intentando ahogar mis penas en vino, sin saber que las penas saben nadar.

Cierto, tanto es así, que aquella niña rubia, que era nieta de don Ernesto, se quitó la vida en su casa frente al mar de California.

He bebido, claro, claro que sí, la cerveza rubia de los alemanes en sus grandes fiestas de la espuma, he conocido el secreto de las doce mil botellas que tenía en su bodega Julio Iglesias, uno de los más grandes conocedores del vino, del mundo aún hoy que se sepa, que tiene la ciática, que es uno de los dolores más fuertes del mundo, tengo un Cristo en mi colección de Cristos hecho de vides antiguas y retorcidas, he pisado lejanos vinos, he sabido tomar despacio de aquellas viejas tinajas de roble que aún quedaban de los tiempos de los piratas, en Cartagena de Indias, donde está la estatua al gran español Blas de Lezo, que era cojo, tuerto y manco de tanto luchar por España…

Podría escribir un libro sobre mis historias de lo que he bebido, a veces tan necesario, para entender la gente, para que con una copa de más, solo una, te cuenten viejas historias escondidas en el fondo de las botellas de ron…

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El vino de los señores, el de los esclavos, el vino que te levanta, el que acuesta, mi abuela nos dijo un día en el pueblo:

– Ya sabéis mis niños, que el vino en pequeñas cantidades es tónico, pero mucho, se convierte en tóxico.

Aquel vino del Olivo, que tanto gustaba al Rey Emérito, los vinos manchegos, El Quijote, libro de moda, cuánto que contar del portugués, o vino verde, espumoso y frío… Los vinos de las cuevas bodegas de Castilla y León, la sidra en Asturias, que es tan difícil de echar, pero tan fácil de beber… ¡Cuántas entrevistas, cuántas conversaciones ganadas y perdidas, también perdidas, si no había encima de la mesa, una botella de lo que fuera…!

Tanto es así que desde Cudillero, un día y desde la Ribera del Mar, en Corralejo, en la casa de la ballena, que fue mía hasta que un día de Santiago, el día de la marea que mata, estuvimos a punto de perder la vida mis dos hijos mayores y yo, desde allí, al día siguiente, aún envueltos en la arena de la que no se vuelve, echamos al mar, a la mar, aquella botella de  ron de barco, lejanísimo, con un mensaje escrito, de vida y de esperanza.

El papel en la botella. La botella en el papel. Desde hace años, muchos, más de diez, no bebo una sola gota de nada, por orden facultativa, no por borracho que haya sido, no, sino porque mi medicación lo impide, aunque aquí entre nosotros, solo me emborracha la palabra. Solo me embriagan las historias de los demás, por eso escribo tanto, por eso este blog diario, mi mensaje en la botella del viejo naufrago.

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