Aquella tarde de mayo con Nancy Reagan en Madrid: ‘¡HOLA! es un festival’

Mayo del  1985. Y parece que fue ayer. El presidente de los Estados Unidos de América visitaba España, venía a nuestra casa en su primera visita oficial. Y con él, además, un numerosísimo séquito, sobre todo de guardaespaldas, pero también su esposa, Nancy, a su lado siempre en la Casa Blanca, o de viaje, desde que se casaron hace tantos años. “Un matrimonio por amor que duró toda la vida”, han escrito estos días en América.

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Y era verdad. Porque el suyo, los dos aún actores, él en primera fila, ella más de segunda, pero “bien linda”, duró más de cincuenta años. Fue eso un matrimonio ejemplar, de cine. Nunca mejor dicho, porque Ronald era un actor guapo, alto, de fuerte arquitectura, ya hiciera de marino de guerra, de aviador de combate, de “llanero solidario”, siempre cumplió con su deber frente a la cámara. Bien parecido, muy americano, elegante.

Pero para elegante esta mujer, Primera Dama del país más poderoso del mundo que aquel día nos recibió en uno de los salones del palacio donde viviera Franco cuando era Jefe del Estado español. El palacio, dentro de eso que se llamaba “un paisaje velazqueño”, se había convertido en el sitio de invitados oficiales que nos visitaban. Y allí Nancy recibió al equipo de ¡HOLA!, que bien sabía que a Nancy le encantaba recibir nuestra revista todas las semanas, y si era posible, cuanto antes, por valija diplomática incluso.

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Estábamos allí aquella tarde, primavera de mayo, de hace veinticinco años, representando a nuestra revista, José Antonio Olivar, Juan Chaves, que en unos días presenta su hermoso libro con toda una vida dentro, y servidor de ustedes. Nancy acudió a la cita elegante, muy elegante, parecía que vestida por Coco Chanel, aunque sí que sabíamos que uno de sus admirados modistos de entonces era el nuestrísimo Oscar de la Renta. Quizá para un titular único nos valdría aquella admiración suya haciendo chispear sus ojos muy brillantes, vivísimos.

– ¡Oh, ¡HOLA!! ¡¡HOLA! es un fes-ti-val!

Era suficiente. No obstante, hablamos con ella un rato. Más de lo previsto. Incluso al edecán que atravesó la puerta con rotundidad levantando las pesadas cortinas de palacio, que sin hablar le mostró el reloj con cierta  seguridad como diciendo “ya es la hora”, sin necesidad de decirlo. Nancy quiso continuar, hablando con nosotros en inglés, desde luego.

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Sabíamos que teníamos frente a nosotros, o quizá mejor dicho con nosotros, a una dama, la primera del mundo sin duda, que no solo era la esposa del más fuerte del emperador del planeta, sino que era aquella persona que más influía en su carácter. Le decían en voz baja “Lady Dragon”; pero lo cierto es que tenía una gran fuerza sobre su esposo. Le ayudaba, le aconsejaba, y sobre todo, y después del atentado que Ronald Reagan sufrió, y que estuvo a punto de costarle la vida, Nancy fue su consejera privada más cercana, su ministra en silencio, aunque todo el mundo lo sabía, la mujer sobre cuyo hombro reposaba la cabeza del César, y su más cercana enfermera.

“La salvación del mundo está en la familia”. Recojo este titular, con permiso de mis compañeros de aquel día, ciertamente inolvidable. Porque sabíamos que aquella mujer no solo había cambiado la decoración interior de la Casa Blanca, contra viento y marea, y había sustituido la vajilla por una nueva, eso sí, con donaciones particulares, aquella primera dama que había instalado en el aire nostálgico de la Casa Blanca, más que nada un aire entre Hollywood y el Nueva York, en el que había nacido aquella mujer, era una protagonista única de la historia de la humanidad.

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Cuando dejaron, después de ocho años de mandato, la primera casa de los Estados Unidos, aparte de los otros largos meses en los que como gobernador de California, su marido y ella en Los Ángeles instituyeron una forma de ser y de estar distinta, se escondieron en aquella casa preparada para el retiro durante tanto tiempo en las colinas de California, a la que llamaron El rancho del cielo. Cuentan que ahí, ya al final, en el epílogo de la vida de aquel hombre que había sido el más fuerte del mundo, ella le repasaba, por si podían recuperar algo de su memoria, -tenía Alzheimer- los álbumes de fotos que ya guardaba la Fundación que llevaba el nombre de Reagan. Y aquel que fue el más poderoso, preguntaba con un gesto de chiquillo, señalando con un dedo tembloroso, aquellas hojas del pasado.

– Nancy, ¿y este hombre que parece mandar tanto, rodeado de tanta gente, quién es?

Y ella amorosamente, como en el final de una película le decía:

– Ron… ese eres tú, no eras tú, no, eres tú, Ronald Reagan…

Escribieron mucho de ellos y sobre ellos. Y vivieron hasta el final de sus días juntos, su epílogo histórico. Se nos fue aquella mujer que siendo la más poderosa del planeta, fue capaz de hacer con vehemencia quizá una de las frases publicitarias más hermosas, de nuestra casa. Así que hoy, cuando ya habrá sido devuelta al pasado definitivamente, aquí está el recuerdo imborrable de quien nos recibió una tarde cuando la primavera llenaba de flores la Rosaleda de Madrid.

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