Zsa Zsa Gabor, a punto de cumplir el siglo

No tengo más remedio que escribir de ella porque acaba de cumplir noventa y nueve años hace unos días. Es la última superviviente de aquel Hollywood de las colinas doradas del que yo escribí tantas veces, en tantos sitios. De cuando Hollywood era de verdad la ciudad de los milagros.

El reportero caminaba entre aquellas casas increíbles como si fuera su barrio. Ahora no, ahora ya te suben a un autobús y te llevan contándote quién vivió en esta o en aquella mansión, las cosas como son. En algunas de ellas solo crece la leyenda, los gatos han hecho manada y solo crecen la hiedra sobre la piedra al mismo tiempo. Te dan incluso un mapa, que es como el de las estrellas del cielo. Hubo tiempo– te dice el contador, generalmente hispano- que había más estrellas en el suelo que en el cielo.

Es una frase feliz, nostálgica, que yo he usado como mía y que ahora la confieso. Estoy en eso que se llama “mi hora de la memoria”.

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Ahora que tanto se lleva la memoria histórica, aunque esta sería más la memoria histérica, sin duda. Pero se trata de eso, de la memoria. Y a la misma me remito, ya les he dicho que es de las pocas cosas que me van quedando.

Y la verdad es que a las Gabor, a todas, siempre la madre cerca y la mayoría de las veces en la misma casa, las he entrevistado varias veces, sin llegar a muchas. Pero he hablado con estas últimas divas del cine de otros tiempos, y ya, la última, hace años, quizá veinte, a Zsa Zsa, que hace unos días cumplió noventa y nueve, y que ya vive atada a un respirador artificial en una habitación clínica, con una pierna amputada hace poco, sin conocer a nadie. Si acaso, los recuerdos, que dentro de ella seguirán tiritando cada día.

Pobre Zsa, que se casó nueve veces, quizá diez, aunque una de aquellas bodas fue como de teatro. En un barco en alta mar, dentro de la inmensidad oceánica y de la mano de un patrón marinero que no tenía ni título de navegación siquiera. Sin embargo, hace ya tiempo leí sus historias por ella misma contadas, maravillosas.

Era, perdón, es, húngara y pertenece a la galería de las húngaras preciosas de inmensos ojos esmeralda. La Guerra Mundial, ya la segunda, la encontró. Actriz espectacular, capaz de casarse con quien le diera la gana, incluso con uno de los personajes más sorprendentes que yo conocí y entrevisté en mi vida, aquel Porfirio Rubirosa, tan espectacular, macho alfa como se dice ahora y que se llegó a casar con una hija del dictador Trujillo.

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Iba siempre bien vestido y cuando nadie lo hacía aún, alardeaba de una corbata de nudo gordo, excepcional, y de los coches más brillantes y deportivos del mundo, sobre todo los descapotables a lo James Dean. Un día cuando yo preguntaba, implacable, le pregunté que cómo hacía para no despeinarse cuando casi volaba. Me respondió, en un español de diario, aunque era dominicano:

-La mujer que me acompaña siempre me presta ese pañuelo que lleva a la cabeza, o su sombrero….

-¿Y a ella, qué?

A veces me atrevía a repreguntar, ahí radicaba mi fuerza.

-A ella, siempre a las mujeres, les encanta llevar el pelo suelto o revuelto. Es cuando están más bellas

Bueno, pues se casó con gran algarabía de personal, con la Gabor, que se decía de ella que había sido desde amante del padre de la patria turca hasta de aquel millonario dedicado al tráfico de pieles de orca marina.

Una historia prodigiosa. Bueno, lo cierto es que llevó al altar, ella era la que siempre los llevaba, a un hijo de Hilton, el rey de los hoteles, y también al final, no vamos a hacer un recuento casi exhaustivo y doloroso sobre los hombres a los que amó, sí, a los que llevo hasta el altar.

Muchos, por ejemplo, aquel ser que era un señor verdadero y que se llamaba George Sanders. Yo le conocí, era un galán de otra época. Estaba por lo visto muy enamorada de él, pero cuando se murió, quizá por su propia voluntad al caerse de un alto balcón de un hotel de la Costa Brava donde rodaba una película, se conoció que por lo visto con quien estaba casado era con la hermana de Zsa.

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Yo tuve la enorme fortuna, ahora puedo decirlo, de entrevistar a las tres hermanas Gabor para ¡HOLA! en distintas ocasiones y por diferentes causas. En la misma casa en la que vivía la “dinastía” Gabor, porque el último matrimonio legal, por ahora de Zsa, fue con un príncipe, dicen que arruinado, que le dio su título para que fuera llamada “princesa” y tratada por el servicio como “alteza”.

Ha hecho de todo en su vida, y aunque no ha tenido ni el Óscar de la constancia, y haya hecho alguna película noticiable, incluso en España, aquella de Sangre y arena, creo, de toros, donde estaba aquel feo topo Bogart, fue actor que se llamaba José Guardiola. Temblaba uno siempre que la recuerda cerca, sobre todo, porque dicen que fue ella la que pronunció aquella frase memorable que a lo decía casi todo:

-En Hollywood es peligroso tumbarse.

Aunque esa frase también dicen que lo dijo en su momento la Astor, y también Gloria Swanson. La de El crepúsculo de los dioses, o de otra manera, Susan Bulevard, que fue un suceso formidable en el día de su estreno.

Yo conocí a Gloria en un programa de televisión. Era una dama ya muy mayor, pero muy inteligente y después de acercarla al Hilton, donde vivía aquellos días, invitada por la tele, me preguntó llegando en el coche “haiga” puesto a su disposición, por la Casa:

– Oiga joven, ¿y no sabe dónde puedo encontrar un sitio donde pueda mover el esqueleto? España tiene fama en todo el mundo de que  es muy bailadora, ¿no?

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Pero no estaba yo muy puesto en el tema, créanme. Gloria estaba en un momento, nunca mejor dicho, crepuscular, pero intenso. La llevó alguno de la casa. No dispongo de información sobre lo que fue de ella aquella noche, si bien yo me sentí orgulloso de haberla conocido. Era una actriz con Óscar.

¡Tanto que contar…!

O sea Zsa Zsa, al final de su capitulaje. ¡Que le quiten lo vivido! Se ha escrito de ella todo o casi todo. Incluso perdió una hija que tuvo en su largo “sí quiero”.

Por lo que leo en lo que dicen de ella, tiene un Globo de Oro, pero más que por actriz, por negociadora de todo, la mujer que colgaba del cielo de su alcoba las estrellas. Ha sobrevivido a docenas de accidentes, tiene las caderas rotas, ha escrito, contado, cantado, mal, cobrado… Es princesa, y entre sus numerosas frases brillantes, que han merecido incluso un libro de mucha venta, hay una que les he guardado como un no diría yo epitafio, aunque se ha muerto, varias veces, hace poco las últimas palabras, aún brillantes, dignas de abrir cualquier libro de memorias importante:

– La verdad es que nunca odié lo suficiente a un hombre como para devolverle sus diamantes.

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