Ya sabéis, 016

A veces uno debe apartarse, salirse, escaparse, de este postureo de la gloria, de la fama, del resplandor de la hoguera de las vanidades, que diría Tom Wolf, para asomarse, siquiera fugazmente aunque duela mucho, a “lo que no se debe olvidar, lo que te permite no estar mirando siempre el otro lado de la vida”, la cruz de la moneda de la cotidianidad. Lo que a nuestro alrededor ocurre a diario, sí, desgraciadamente, cada día, y cada día con más frecuencia.

Por eso ese titular de hoy, porque la noticia de lo que se ha dado en llamar, “la violencia doméstica”, el machismo, incluso, en este tiempo en el que por otro lado, hay tantos terroristas habituales del terror, de tantas cosas.

En muy pocos días la cinta amarilla del no trespassing de los telediarios está siendo protagonista. Han muerto muchas mujeres, y no me atrevo ni a dar el número, por si acaso mañana aumenta, a manos de los hombres que estando tan cerca de ellas, los tenían tan lejos. El mal amor, ya saben. La mala noticia diaria. Excesiva.

Por eso me viene al recuerdo, que a veces es imposible de oxidar, olvidar es otra cosa, aquel día que les cuento.

Hace ya muchos años. Nieve en la madrugada, en la alta sierra de Cazorla, en las tierras del aceite de Jaén. Mi esposa y yo habíamos pasado unos días en el parador Nacional, en el corazón de la sierra azul donde habitaba el corzo, el jabalí movía la tierra y la cuerna de los ciervos de San Humberto, a veces movían el paisaje verde.

Volvíamos a Madrid en aquel viejo coche negro de sangre italiana. El Fiat Miletrecento. Con sumo cuidado, incluso había una curva antes de llegar a la Hiruela con su castillo bandolero de los siete niños de Écija, que tenía un nombre terrible.

Se llamaba “La petaca pa’ mi hermano”, y decía así porque parece ser que según la tradición, en aquella curva había perdido la vida un campesino que acompañaba en un camión a un nativo que no tuvo en cuenta que había helado. Y parece ser que esas fueron las últimas palabras de aquel labrador que quiso hacer en una última instancia, su testamento oral, por si se dejaba la piel en la aventura.

Hacía un frio tremendo. Íbamos despacio, a veces pudiendo ver los amarillos ojos del lobo serrano que a veces bajaba hasta las últimas casas del pueblo.

De pronto, en la cuneta, caminando al hilo de la carretera, escondida bajo la nieve, un bulto oscuro, como un ser humano, bajo una ropa negra con algo a la espalda. Detuvimos el coche, como debe hacerse en estos casos, la primeras casas estaban aún lejos.

Una mujer, joven todavía, surgió de la sombra y entró en el coche. Tiritaba. Le preguntamos que dónde iba.

– Donde sea, siempre que haya una lumbre donde arroparse y un cristiano que me escuche.

– Pero está usted llorando señora y además lleva usted un cardenal en la frente.

Y nos contó, mientras la llevábamos hasta allí donde habitaba el ser humano, su historia. Se había casado hacía poco tiempo, era de un pueblo que se llamaba Peal de Becerro, más abajo de Cazorla, y su marío -con acento en la “i” que sonaba más fuerte, mucho más fuerte que marido- le pegaba.

Suspiró fuerte.

– Creí que era un hombre bueno, pero no lo era, bebía mucho, y a veces no llegaba a la casa donde vivíamos. Anoche me jarté -con acento en la “e” y una hache aspirada como una navaja convertida en jota- y me fui del Chambao donde vivíamos. Bueno, es un decir, donde sobrevivíamos. Llevo además una criatura dentro, estoy preñada, de tres o cuatro faltas, y me voy de donde estaba, donde sea, porque además, ¿saben ustedes lo peor? Pues lo que me hacía sufrir este hombre, siempre, siempre… lo peor, eso que le llaman “la bofetada sin mano”. La constante, la que sin hacerte señal, ni sangre, me estaba dando…

La palabra que mata. El sufrimiento eterno con el niño dentro. Lo que se convierte en cotidiano. Lo que deja la cicatriz más profunda y más dolorosa, la de la piel del alma, la que sin verse se siente dentro.

La dejamos en aquella plaza bajo la nieve donde decía que podían “atenderla”. Había una iglesia cerrada y una taberna abierta. La dejamos entrando en el bar a media luz donde había gente que hablaba. Seguimos, porque no teníamos más remedio, Madrid aún estaba lejos y había que pasar, por ejemplo, Despeñaperros, donde Andalucía se separa del resto del mundo.

Siempre, siempre que aparece la noticia oscura del sacrificio de una mujer a manos de una bestia que siempre le había dicho aquello de “te mato porque te quiero”, recuerdo aquella mujer de negro que escapaba del dolor, harta de llorar a escondidas bajo los negros pájaros llamados quebrantahuesos. Ella sí que tenía roto el esqueleto de su convivencia. ¿Qué habrá sido de ella? ¿Qué del hijo que llevaba dentro? Entonces ni teléfono había, de los colgados de la pared, de aquellos que hoy en el Congreso mundial del móvil de Barcelona son noticia planetaria…

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Termino. A la primera, dama mía, si perteneces a la familia de las víctimas, las que viven, conviven, o mejor sobreviven al amor urgente, robado, de la alcoba, ya lo sabes lo que dicen los anuncios de la solidaridad de cada día: marca el número 016, que además de gratis, no deja huella.

Y si no, sal a la calle, a la plena calle, y grita tu miedo y tu dolor al mismo tiempo. Todos tenemos el compromiso de ayudarte. De cualquier forma, de cualquier manera. Deja de comprobar que tu alcoba se transforma cada día, cada noche, en una celda de muerte y de castigo.

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