Tiempo de carnaval

Llegan noticias coloridas, tecnicolores, brillantes, plumas, carrozas, músicas, bailes, danzas, ombligos, pies descalzos, trompetas, etc., etc., de todo el mundo. Incluso hoy, Carlos Herrera está haciendo su programa desde Tenerife, desde Santa Cruz, en Canarias donde el carnaval es más que habitual, una referencia, eso que se llama, inolvidable.

¡Ay el carnaval de la vida del que uno ha escrito tanto! Porque en el fondo, y hasta en la forma, la vida es un carnaval, la máscara puesta encima de la otra máscara, la del rostro. Una vez, en alguno de los pregones que sobre el carnaval he gritado por esos pueblos de Dios, aunque estos sean en sí los días del gran traidor, llegué a decir algo que en principio me sorprendió pero que después comprendí que era cierto: “Uno se viste de carnaval, de la manera y de la forma que quisiera ir por la vida”.

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Y es verdad que más se sabe por viejo que por sabio, carnavales del mundo, fiestas del disfraz, que parezca que no me reconozcan del todo, aunque sepan de verdad que soy yo, quién soy. Conozco los carnavales del mundo entero, desde aquellos de la casa de uno de niño, cuando no había carnavales en la calle, pero sí alrededor de la mesa de camilla a la que en alguna ocasión yo disfrazando la palabra, floreándola, quizá escondiéndola, llame “la camilla Sixtina”. Todo ocurría en torno de ella, allí donde vivías en los años difíciles.

Carnavales de Río, claro, que ahora mismo recuerdo. Para contarlos, jamás para vivirlos, porque es mío aquel pensamiento que comparto: “Más de dos son multitud”. Carnaval en el Sambodromo, de la ciudad encendida, olor a perfume del cuerpo y de la costumbre. Maracas, caderas, caderas perpetuas, tres generaciones, quizá cuatro, tal vez cinco, aquel carnaval con Pelé, el Dios de ébano del futbol, aquel con el que jugué un día, una larga mañana, sobre la arena de Copacabana con una pelota de trapo, tan lejos del balón de reglamento.

Cuando éramos los más pobres y al mismo tiempo más ricos del mundo, en el mismo día las dos cosas, mi casa estaba ahí arriba en las favelas, pero era el sitio solo para dormir, para vivir, para soñar, aquí abajo, de día en la playa jugando al fútbol, de noche, en los días de carnaval, los más felices de la tierra…

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Cierto. A veces sangré sobre el asfalto. Cuando las orquestas vuelan y todo el pueblo canta y baila, y hay millones de personas que han olvidado lo peor, para vivir, convivir, con lo mejor, su alegría que la llevan en la sangre, la música en su ADN. Van disfrazados de felicidad, día y noche, rostros los relojes, carnaval, carnaval, carnaval…

O el de Tenerife, con el que abríamos. Muchos años he estado en ese hotel que ayer recordaba Carlos, el Mencey, con los cuadros de Néstor en las paredes, el patio más hermoso y verde de la tierra, y la calle hasta arriba, junto al mar, que cantaban, que bailaban, heredado el disfraz tal vez, los trans encima de los andamios de su antifaz.

Desde el cielo los pilotos que volaban tan alto, yendo o viniendo a las Américas, “veían como abajo había un pecho encendido, como un volcán en llamas”. Era el pueblo que ardía en su carnaval. También viví, el elegante carnaval, lo viví para contarlo, de Venecia, cuando escribía las memorias de Ira von Fürstenberg, en aquel palacio que fue suyo y que ahora es uno de los más elegantes, románticos, lujosos hoteles del mundo. Es curioso. Ya si puedo contarlo.

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Ira vivía en el palacio de al lado y había una puerta que daba paso al hotel de las mil historias y el carnaval en las calles del agua, de las máscaras más bellas del mundo, de cerámica blanca, el diablo en la porcelana magnifica, los comparsas, vestidos de Visconti, reflejados en las aguas… Aquel café carísimo donde Hemingway se sentaba a ver pasar la vida, para después contarla…

O los carnavales de los pueblos de España. O de las altas aldeas de América. Algunos más conocidos que otros, pero todos carnavales de la mancha, procesiones laicas, como dicen algunos, los cuadros de solana, los de Goya, España en el carnaval, bueno, todo el mundo es un carnaval y no siempre en el tiempo de febrero, no, sino todos los días del año.

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O por lo menos yo siempre he creído, he pensado, he llegado a la conclusión, carnavales de África, de que siempre es carnaval, porque siempre llevamos la máscara puesta, o si no entera, el antifaz.

Crees que no es fácil que sepan quién eres, pero todo el mundo lo sabe. Y lo mejor, es que todo el mundo te comprende. La historia de aquel general austriaco que en los días de la gran mentira se vestía de soldado, pero le delataban sus grandes bigotes, como los del emperador. Siempre hay algo, que nos descubre.palabra.

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