San Valentín y su leyenda

La verdad es que prefiero escribir anticipando, es un decir, que epilogando, palabra horrorosa que no volveré a escribir jamás. Por eso hoy viernes, día ya de lo que para los cristianos, entre los que me encuentro desde el mismo día que me bautizaron -por no decir que desde el vientre de mi madre- del tiempo de cuaresma, aquí me tienen, que les voy a decir lo que sé, que no es mucho, sobre este santo del amor, del domingo que viene, al que de una u otra forma yo he recordado muchos años de mi vida, tal día como pasado mañana día catorce de febrero.

Sí. ¡Cuántas veces me habré retratado junto al sol que hay en la iglesia de Almería, en aquella pared, para darle forma gráfica a lo que es algo de aquella historia, por otro lado maravillosa, del mártir allí enterrado, si bien no identificados del todo, que todo hay que decirlo, sus restos!

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Porque la historia de San Valentín, santo patrón del amor desde el siglo tercero después de Cristo, o sea, pronto hará dos mil años más o menos, es que esté allá lejos, instalado en lo que se llama la niebla a veces difícil, de la leyenda.

Les cuen.

Valentín era un sacerdote romano -copio descaradamente de la Wikipedia, que también a veces se equivoca- que se ocupaba de predicar entre los soldados del emperador Claudio. Lo hacía desde el amor más profundo y peligroso, porque casaba a las parejas que así lo deseaban, si bien casi a escondidas, como quien dice, ya que el emperador era ni más ni menos que contrario a los casados. Había muchas guerras, que no hay más que consultar la historia, y él prefería a los militares que no tenían compromisos con familia alguna, ya que andaban más bien temerosos y solo pendientes de los correos, que eran a caballo, imagínense lo que tardaba una carta, y mejor que los guerreros no tuvieran atadura alguna de tipo sentimental. Les termino.

Cuando supo que un tal Valentín se dedicaba a casar en la iglesia de Cristo, con vínculos entonces irrompibles, a parejas a escondidas y que estaban mermando la fuerza de su ejército, ¿qué fue lo que hizo? encarcelar al valiente llamado Valentín, que tal obstrucción había a la multiplicidad de su imperio. Así que lo mandó encarcelar en la más oscura mazmorra romana, y con orden implacable de que de una u otra forma debía ser ajusticiado en fecha inmediata.

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Pero Valentín hizo un milagro. Sí, un milagro dice la tradición. Y curó a la hija de unos generales romanos que se ocupaban de su prisión. A una hija ciega que tenía el soldado del César le devolvió la vista. Eso sí, asegura la leyenda que tras mucho rogar arriba. Bueno, pues a pesar de todo, san Valentín, entonces no santo todavía, fue ajusticiado junto a otros cristianos, aunque Claudio el Grande estuvo a punto de convertirse.

Fue enterrado Valentín junto a otros devotos de su tiempo en una fosa profunda que con los años fue descubierta. Un montón de huesos de donde se pudo extraer, casi intacto y cubierto de una rara como cera transparente, el de aquel que se llamó Valentín, y que tanto había sembrado el amor, atado y bien atado, durante toda su vida hasta encontrar la muerte.

Pasaron los años, a mí me han contado la historia más de una vez llegado el invierno, aunque nunca es invierno en Almería dado el que siempre son antes y mejores sus frutos, por un lado investigadores del milagro, como aquel canónigo archivero, que perdonen que haya olvidado su nombre, o también casi siempre mi buen amigo ya desaparecido Manuel del Águila, poeta estupendo al que yo leía mucho, eso sí, mientras sonaba la guitarra de aquel extraordinario artista de la guitarra que fue Richoli, el inolvidable gitano que un día me cantó aquello de “si tienes los ojos verdes, ¿por qué ves todo tan negro?”.

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Bueno, pues en resumidas cuentas, como decía mi madre, que en paz descanse, aquellos restos no del todo identificados, ahora sería otra cosa dada la eficacia y la actualidad del carbono catorce, aparte de este internet que sabe de todo o de casi todo, que en Almería y en su catedral que es una hermosura, se quedaron para siempre. Y como es una hermosa historia aquella de que alguien por amor, aunque sea por el amor de los demás, dé su vida, ya es fabuloso, pues ahí está san Valentín, nombrado además en todo el mundo no solo patrón del amor sino del amor y la amistad en general y también de la flora y la fruta, puesto que cuenta la leyenda, que donde enterrados fueron los mártires de aquellos días, se plantó un almendro que dio lugar a un bosque de la misma sangre, que aún permanece cerca de la Puerta Valentina de Roma, que aún permanece tanto para la historia como para la devoción.

Y hasta el día de hoy, así que nada de nada de que sea un  invento en su tiempo, hace unos cincuenta años de aquel Pepín Fernández, al que yo conocí y que era, además de asturiano trabajador que había hecho las Américas, ni más ni menos que fundador de aquellas Galerías Preciados, etc., etc…

El, don José hizo crecer su negocio sobre el mito y el hito de san Valentín, patrón de los enamorados, y sobre el amor, pues, buscándole su día, engrandeció su imperio que hasta hoy fue la cuna de El Corte Inglés, del que no hace falta dar referencia pero que hay que recordar sin duda.

Y así fue que san Valentín se hizo presente al menos un día al año de la memoria, sentimental de los enamorados. Eso sí, insisto, que no solo se trata de un regalo que hacer por pequeño que sea, que así debe ser, sino que además, se puede hacer en todas las direcciones posibles, quiero decir:

Amor entre personas.

Entre personas humanas y otros seres inhumanos incluso, aunque a veces sean mejor que los nuestro, que ya conocen el dicho de que “el perro es el mejor amigo del hombre”, demostrado está, pero que el hombre sea el mejor amigo del perro hay que demostrarlo.

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Dicho lo cual, agradezco, no saben cuánto, la alegría de asomarme a la historia que no viví, aunque de ella me mantengo. La prueba está en las miles de historias de amor que he contado a lo largo de mi ya larga vida, de la misma manera que las del desamor, que siempre digo que es una forma del amor, de otra manera contada. Y además, gracias a ello, presiento que mi esposa ha ido esta mañana a El Corte Inglés de Serrano a comprar algo. Me temo, y me alegro, de que se trata de aquella colonia del siete de Loewe, la que anunciaba Cayetano el torero y que yo usaba ya desde hace mucho tiempo, incluso antes mucho antes, de que toreara Cayetano.

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